Viaje

Ana era una mujer vieja, sabia y silenciosa, tal vez con poca educación, pero con muchas cosas para enseñar, cosas que son realmente valiosas para la vida; de esas personas que enseñan más desde el silencio; bondadosa, con muchas anecdotas, muchos seres queridos y muchas situaciones que recordar y disfrutar; una mujer con millones de sueños dispuesta a sacrificarse para lograr algo de bienestar para toda familia; Ana era la abuela.

Ricardo era un joven de esos que abundan, con la cabeza hirviendo en ideas y poca acción, con tantas ideas y sueños que termina paralizado al tratar de hacer algo, con toda la vida por vivir y mucho por aprender, con ganas de sacrificar poco y disfrutar mucho, con la idea que vivir es disfrutar y pasarla bien; Ricardo era el nieto.

Ambos compartieron cientos de momentos, millones de instantes, de todo tipo, alegres, tristes, tensos, momentos de rabia, de ira, de felicidad y paz, de desasosiego e indiferencia, es lo que se tiene cuando se cuenta con una familia, es lo que se vive cuando decidimos compartir la vida con otras personas.

Como la vida es inevitable, la muerte también y Ana enfermo, gravemente, todos sabían que iba a morir, pero ella tal como era, sabia y bondadosa pacto una tregua con la muerte.

Ana ya es hora.

– Ya lo se, debo irme.


– Y entonces ¿por qué te resistes?

– Porque necesito despedirme de todos aquellos que me acompañaron alguna vez en este viaje, o por lo menos de aquellos que más tiempo  recorrieron el camino junto a mi. Por eso quiero hacer un trato, tu me dejas despedirme de todos los que quiero y luego dócilmente me iré contigo.

– Ana, pero eso puede tomar mucho tiempo.

– Ya lo se, pero es un trato justo, para ti y para mi.

– Esta bien, así lo haremos, dame la lista de todas esas personas. Yo les avisaré a todos ellos.

– Perfecto.

 Sentenció Ana esbozando una sonrisa de plena tranquilidad.

Uno a uno todos los familiares fueron acudiendo a Ana para despedirse, y luego de conversar con ella unos minutos, todos quedaban tranquilos, en paz con Ana y sobre todo consigo mismos. Sólo faltaba alguien, Ricardo.

A él lo tomó por sorpresa.

– Ricardo.

– Si, ¿qué pasa?, ¿quién eres y qué quieres?

– Soy la muerte, Ana va a morir y necesita hablar contigo, sólo faltas tu, necesita hablar contigo para que pueda morir en paz.

El silencio fue tan largo y denso que parecía que podía tocarse con las manos, el nudo en la garganta del muchacho no le permitía casi respirar.

– No se, yo no quisiera despedirme de ella, quiero que siga viviendo.

– Pero tarde o temprano vas a tener que hablar con ella, de todas formas ella ya decidió morir después de eso. De una u otra forma todo se llevará a cabo.

Otro largo silencio y luego con los ojos inundados, la voz quebrada, la mente y el alma en otro sitio pronunció:

– Está bien, mañana iré a despedirme.

Luego rompió en llanto, ese llanto de los niños sin consuelo, ese llanto de los hombres rotos, de las mujeres tristes, el llanto de las almas solas y destrozadas.

Ana estaba en su cama, se veía radiante, a pesar de que estaba enferma, estaba tranquila, solo esperaba al joven con paciencia, esa paciencia propia de los viejos, esa paciencia que sirve para construir imperios y deshacer odios, esa paciencia que crea vida y esquiva a la muerte.

Ricardo estaba desaliñado, había llorado mucho, pero ya estaba más tranquilo.

– Hola mijo.

– Hola Abuelita.

– Sumerce está acabado, ¿si ha comido bien?.

– Si señora. Estoy bien.

Luego sólo se miraron, durante mucho tiempo, como muchas otras veces, en silencio, sin hablar sabían muchas cosas uno del otro, en silencio sentían, se enseñaban y aprendían.

Ricardo hablo, pero le costo una vida, todo lo que había vivido y aprendido para reunir la poca valentía que tuvo para empezar un susurro.

– Abuelita ¿Por qué quieres morir?

 

– No mijito, no quiero morir

 

– ¿Y entonces?

– No me quiero morir, pero tengo que hacerlo, todos debemos hacerlo, en algún momento.

– ¿Es qué no eres feliz viviendo?

– Si, siempre lo fui, por eso es hermoso este viaje llamado vida, porque podemos ser felices.

 

 – No entiendo.

 

– Ya lo entenderás mijo, en algún instante.

La vida es un ratico, es un viaje, hay que disfrutarlo. Siempre disfrute este viaje, pero es la hora de terminarlo y de comenzar otro.

No se cuanto duré el otro, cuando termine, pero llegará ese momento, también tu terminarás éste viaje y seguirás con el siguiente y hasta de pronto nos encontremos otra vez en el próximo.

Es algo nuevo y me siento feliz y ansiosa por sentir y estar en el otro viaje, a pesar de que en este disfrute y disfruto mucho, a pesar de que tengo y dejo muchos amigos.

Por largo tiempo ambos callaron, ambos se miraban en silencio, miraban todo alrededor, como si siempre hubieran estado así, ambos estaban tranquilos, en paz, ya podían descansar, se comprendían y sabían que ambos se amaban.

– Abuelita, de todo lo que viviste en esta vida, ¿que fue lo que te hizo más feliz?

 

– Mijito, muchas cosas me hicieron feliz, mis hijas y mis hijos, mis nietos, sumerce, muchas cosas, verlos felices y tranquilos a todos me hacía muy feliz.

– Pero de todo eso, ¿qué fue lo que te hizo más feliz?

– Mijo, esto.

– ¿Que cosa?

– La posibilidad de elegir, de decidir, como ahora. Eso fue lo que me hizo más feliz, a veces me causó tristeza, pero siempre fui feliz por eso.

Poder decidir que hacer cada instante me hacía feliz, como ahora, poder elegir en que momento morir me hace feliz.

Eso es lo que permite la mayor felicidad de la vida, poder elegir.

Luego hubo silencio, largo, muy largo, pero tranquilo.

 

 

 

 

Ricardo tuvo que vivir y aprender y también se hizo viejo, ayudo a muchos y muchos le ayudaron; fue feliz y triste también, y tuvo que despedir a muchos amigos y amó a mucha gente y también odio a unos pocos, pero aquel breve momento quedo grabado en su memoria para siempre, de la misma manera que los ríos graban su historia en la piel del planeta.

Hasta la próxima.

Puertas

Un pasillo, puertas a cada lado, todas semejantes, sólo se pueden abrir desde el pasillo, sólo se puede entrar no sirven para salir; un caminante que debe decidir, alguien que elige, que camina, que recorre, que vive.

Cada puerta una decisión, un instante, luego un nuevo pasillo, más puertas, más decisiones, siempre avanzando sin posibilidad de retroceder, de regresar, cada decisión implica ir hacía adelante, sin retroceso.

Millones de pasillos, millones de puertas, de decisiones, instantes para vivir sin poder volver, siempre avanzando, sólo un sentido; millones de almas para recorrer dichos caminos.

Abrimos una puerta, la cruzamos y se cierra, ya no hay regreso, sólo aprendizaje, sólo recuerdos, cada puerta es un nuevo momento, posiblemente el pasillo anterior ya no lo recordaremos.

Prohibido estancarse, prohibido quedarse, siempre caminando, siempre moviéndonos, siempre eligiendo; condenados a decidir, esa es nuestra libertad; avanzando, riendo, llorando, sufriendo, aprendiendo, viviendo.

La vida: una única entrada y millones de salidas.

Hasta la próxima.

Todo cambia

La noche era clara pero fría, tan fría que parecía que el piso se lamentaba y que al aire se había largado a buscar calor en otro sitio.

Él caminaba tranquilo, mirando a lo lejos, caminaba por una de esas calles que conocía tan bien a causa de recorrerla todo el tiempo para llegar a casa.

Sentía frío, estaba tranquilo, cansado pero tranquilo, como siempre la cabeza le bullía en ideas, dudas, apuntes, chistes, recuerdos, situaciones y conversaciones; no sabía si era solo cosa de él, a veces creía que era el único al que le sucedía esto, pero luego se daba cuenta mirando la calle inmensa con algunas pocas almas apresuradas por llegar a casa, por salvarse del frío, que a muchos les pasaba y que era igual a los millones de almas que pueblan éste planeta, se daba cuenta que era insignificante pero con todo el potencial, igual a millones de personas.

Y recordó o imaginó, no lo supo asegurar, una conversación.

….

– ¿Qué nada es eterno?

– No, todo cambia, siempre, de una u otra forma, todo cambia.

– ¿Por qué?

– Porque así es el universo, así son todas las cosas, lo que hacemos hoy, en algún momento concluirá, acabaremos; los que nos acompañan hoy, en algún momento nos dejarán, tomaran otro camino, e irán sin nosotros y nosotros haremos lo mismo.

– ¿Y entonces?

– Sólo eso, que todo cambia, que todos cambiamos, que siempre en el camino cambiará nuestra compañía, que cada cambio será un fin, pero no sólo eso, también será un nuevo comienzo y que con cada cambio tendremos que aprender nuevas cosas o recordar muchas otras.

– ¿y la felicidad y el bienestar?

– Allí estarán o mejor con el cambio los encontraremos.

– Pero si todo cambia, ¿cómo van a estar? ¿dónde van a estar?

– Tenemos la idea falsa que la felicidad y el bienestar son eternos y no, esto no pasa, la felicidad y el bienestar son una consecuencia del aprendizaje, son consecuencia del cambio.
La felicidad no es eterna, porque no está hecha para todos por igual, cada uno se la debe fabricar, la debe moldear, la debe diseñar de acuerdo a lo que quiere y necesita.
La felicidad radica en saber asumir el cambio, en buscar paz y bienestar cuando todo cambia y también cuando todo se derrumba.
La felicidad  se encuentra en aprender, enseñar y compartir, en estar preparados para el fin y sobre todo en estar preparados para comenzar de nuevo, desde cero cuando toca, desde nada cuando es necesario.
La felicidad es poder mantenerse en píe cuando la vida quiere y se empeña en postrarte, es mantener la cabeza erguida a pesar de millones de golpes.

Había llegado, tras dejar la calle fría y casi vacía tras de sí, introducía la llave en la cerradura, una puerta, el fin de un camino, el comienzo de otro; otra vez el cambio.

Hasta la próxima.