Insignificantes

Oscura la calle, apenas iluminada por las débiles lámparas del alumbrado público, algunos destellos se reflejaban en el piso húmedo por el rocío de la noche.

El tipo joven era un triunfador, lo que había querido lo había conseguido siempre, pero aquella noche, aquella noche las cosas habían cambiado, curiosamente ya no tenía nada de nada, ni dinero, ni posesiones, ni reconocimiento, ni nada, sólo se tenía si mismo.

Caminaba, sin mucho sentido y mientras lo hacía, maldecía, su suerte, lo que le pasaba; exigía a la vida todo lo que tenía antes y más, creía tener un derecho divino sobre lo que había perdido.

El viejo vagabundo se aproximaba, él no se daba cuenta; el viejo, al igual que el joven no tenía nada, sólo a sí mismo, se acercaba sin hacer ruido y reía para si mientras escuchaba al joven.

– ¿Por qué me pasa esto? Si yo soy un triunfador, nací para tener éxito, para estar bien, para dominar el mundo, para que me obedezcan. Soy un triunfador.

– A veces las cosas pasan sin explicación.

– ¿Y tu quién eres viejo? ¿No sabes quién soy yo? Soy dueño de medio mundo, la gente me obedece, me reconoce y me respeta. Soy exitoso, yo soy…

– ¡Ni se, ni me interesa saberlo! Al parecer no tienes nada, de lo contrario no estarías exigiendo cosas, maldiciendo y caminando sin sentido a medianoche.

– Eso es momentáneo, pronto regresaré a la cima. Y tu seguirás igual.

 

– ¡JA! ¿Y cómo lo sabes?

 

– Porque es mi derecho, nací para estar mandando, para gobernar, para vivir bien.

 

– ¡NO! ¡Eso es mentira! Nunca nadie tiene nada garantizado, cada persona nace a este mundo y tiene que empezar a pelear, a luchar por cada cosa y sobre todo por mantenerla por algún tiempo, si puede.


Sabes, aquí donde estoy viejo, pobre y harapiento; alguna vez estuve en una situación similar, tenía el mundo a mis píes y de repente perdí todo, todo, me quede sin nada, ni dinero, ni casa, ni inversiones, ni títulos, ni reconocimiento; y lo que más duele y hace falta, ni amigos, ni familia, ni nada, nada.

Me costo mucho tiempo, muchas maldiciones y sobre todo muchas lágrimas aprender eso. También hice lo mismo, me limité a caminar y a pedir, a quedarme quieto y a exigir lo que creía que era mio por derecho.

 

Perdí mucho tiempo y mucho esfuerzo, energía que empleé mal, me hice viejo y acá estoy, sin muchas posibilidades de retornar, pero también sin muchas ganas de hacerlo, he aprendido a tener lo necesario y a gobernar otras cosas, mi interior, mis deseos, mi ego, a vivir seriamente por dentro para poder vivir sencillamente por fuera, ya no quiero regresar a la cima, ahora sólo quiero ser feliz.

 

Pero sólo quiero decirte que puedes triunfar, que puedes poseer el mundo, puedes ser un rey, gobernar a millones de personas. Hacer que te obedezcan, que estén a tus píes, vivir tranquilo sin hacer nada, rodeado de suntuosidad. ¡Pero todo eso no es para siempre! nada es para siempre, nadie tiene garantizado nada.

 

A pesar de que cada persona puede ser inmensa, puede llegar a donde quiera, puede gobernar el universo si así lo desea, sigue siendo un grano de polvo entre la arena de la playa, sigue siendo insignificante y debe luchar cada instante para lograr llegar y mantener el sitio que desee.

Y sin más el viejo siguió caminando hacía la parte más oscura de la calle hasta que se hizo uno con la oscuridad; el joven permanecía callado en medio de la nada, con las palabras rebotando en su cabeza, paralizado, mirando hacia donde había desaparecido el viejo.

Algo en su interior cambio para siempre.

Hasta la próxima.

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