Me repito

El desespero y la desazón es extraña, a veces llegan con el aire como la neblina en las madrugadas, suavemente hasta que te cala los huesos y se asienta y parece una cobija muy gruesa que sólo se va hasta que sale el sol y el calor la desvanece.

 

Y el par de sensaciones son tan raras; pareciera que me estanqué, que soy como una maldita piedrita en el camino esperando alguna patada de un chico jugando o un viejo rabioso, o que alguien me mueva sin razón aparente.

 

Me siento como una maldita película de bajo presupuesto y guión fracasado, de esas malas películas que repiten en la televisión cada vez que pueden.

 

Y me repito, y me repito, y me repito, y me repito; me siento dando vueltas alrededor de un punto, como si quisiera salir disparado debido a la velocidad lineal, pero la maldita aceleración centrípeta me tuviera tan bien agarrado y se ensañara conmigo de tal forma, que le causa placer verme luchar y sudar.

 

Es como si estuviera metido dentro de un platón de fondo semiesférico gigantesco, donde corro de un lado a otro trepando, cansado y angustiado tratando de salir de allí; pero la implacable gravedad, cuando estoy cerca al borde, se hace mas intensa y me hace caer al fondo y me deja allí agotado y sin consuelo y le soy indiferente.

 

Y me repito, y sigo chocando contra los mismos muros, sigo cayendo en las mismas trampas aún cuando tengo claro cuales son y como evitarlas; ¡maldita sea!. ¿Por qué los humanos somos tan tercos? es como si con nuestra tozudez fuéramos a cambiar el sentido el giro de la tierra, como si con la terquedad pudiéramos apagar el sol. Tercos y autoengañados.

 

 

 

 

 

Hasta la próxima.

¡Ahhhhhhh!

— ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh!

 

Y el grito se fue apagando, ¿a donde fue? no lo sabemos; sabemos que mientras se ahogaba en la noche, en el ruido de la oscuridad; quien gritaba sentía algo, dolor, felicidad, euforia, tristeza, vértigo; no sabemos, pero gritó y se hizo escuchar, durante unos instantes.

 

El grito rompió la tranquilidad, la monotonía, rasgo el silencio y el negro de una noche lluviosa, y pinto con su sonido una franja amarilla con bellos bordes anaranjados, que el negro fue devorando poco a poco a medida que el sonido se apagaba.

 

Gritó y luego calló, y no supimos porqué; todo luego continuó como si aquella anécdota fuera un mito más en la historia de los días, en la vida rectilínea de los segundos; la vida siguió como si no existieran sobresaltos, como si paseara en tren sobre unos rieles muy lisos y parejos.

 

Y luego un día alguien recuerda o pregunta, y otro le contesta y le cuenta, es como una linda narración de hechos lejanos y mágicos y que parecen irreales al ser contados.

 

Porque tendemos a olvidar la importancia de las cosas, lo que pasa llega a ser irrelevante, puede ser pasajero; como una brisa tranquila que trae de derribar un pino, los hechos se minimizan,  como una mosca tratando de derribar un elefante; una cosa insignificante.

 

Y la historia y la vida están llenas de gritos, de alaridos, que rasgan las noches y los días, y llenan de colores y de vida los cielos; pero no son eternos y por eso pueden ser olvidados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hasta la próxima.