Buscando otro Libro (I)

Imaginarse al señor sentado en Cuba o en África o en París o en Idaho, es fácil; sobre todo imaginárselo escribiendo en algún café con el endemoniado humo de cigarrillo flotando por todo lado y un café humeante al lado mientras se devanaba los sesos para escribir algo. Y si no era café, era un vino o whisky, o algún otro trago y a veces con alguna comida mientras escribía.
Ahora, que de cierta manera conozco la vida de Papa Hem, van quedando pocos huecos para la imaginación; sólo puedo empezar a imaginar lo que sentía al escribir, lo que pensaba y la intensidad con que lo hacía, cosa difícil. O imaginar lo que hacía mientras se mataba para encontrar un par de buenas frases y dibujarlas en un papel o pasarlas directamente a máquina de escribir, mientras andaba las calles de París o de Pamplona o de algunas de las ciudades Europeas en las que de una u otra forma se fue forjando poco a poco para escribir las cosas sencillas pero profundas que son capaces de horadar tantas almas.
Ahora, los sitios como Le Closier des Lilas o el café Iruña son cosas escasas en el altiplano que culmina Bogotá, ahora más que nunca, donde el papel y el lápiz son casi un objeto obsceno para escribir; yo en este momento escribo en un computador con la inmejorable posibilidad de corregir sobre la marcha, de buscar sinónimos y de adornar frases y párrafos; en un momento de la historia donde todo es digital y parece que todo es mejor cuando viene en un empaque de aluminio, con una pantalla que desborda nuestras manos y con la que es posible hablar, tomar fotos y recordar cada evento o situación de la vida, escribir con lápiz y papel parece un despropósito una idiotez; pero yo creo que de cierta forma permite plasmar mejor un instante, que lo que se siente y se escribe no se esfume como se nos escapan a veces los días entre las manos, y que ese instante sea eterno.
Las grandes metrópolis de hoy en día son lugares para la moda, para la música del momento, música de un día para otro, lugares para una comida que debe ser fotografiada porque su calidad no permite que  sea recordada de ninguna otra forma; ciudades donde ya no hay un pensamiento crítico, de ese pensamiento que genera una crisis interna en cada persona, sino ciudades que están atestadas de lugares muy bien adornados, llenos de luces, de sonidos placenteros, de personas sonrientes y de instantes fugaces, lugares para una cultura superficial que mañana ya no recordaremos, lugares donde la felicidad dura lo que dura una cerilla encendida, lugares donde las risas son forzadas y al salir y regresar a casa no hay paz, ni hay tranquilidad, ni reflexión, sólo instantes que se consumen solos y que luego ya no tendremos y no nos importarán nada.
No se que tan fácil sería escribir para mi amigo Hemingway en una situación así, tal vez sería mucho mejor escritor de lo que es, o tal vez odiaría la situación y ni siquiera escribiría, son meras especulaciones.
Bogotá es una ciudad curiosa y parece que ha ido creciendo a los totazos, casi siempre con ensayo y error, y supongo que hace unos 30 años o quizás más los cafés o los sitios para sentarse a leer, a escribir  y sobre todo a pensar, cosa cada vez más escasa en tiempos donde todo debe ser instantáneo como el internet y no queremos hacer ningún esfuerzo, debían abundar y muy seguramente eran sitios para los bohemios o adinerados donde desperdiciaban sus horas por el gusto de hacerlo.
Leer es una cosa complicada, muy complicada, parece que se aprende a leer más por accidente que por una mera conciencia de hacerlo, yo llegue a la lectura más por carambola que por un deseo pleno de leer, y llegue a Hemingway porque se me atravesó en el camino, con un título llamativo Adiós a las Armas, pensé que era un libro sobre la guerra, pura guerra, nada más, pero equivocarme con el fue una buena sorpresa. Luego Muerte en la Tarde que es un tratado casi científico sobre el toreo y luego Los Asesinos el librito de cuentos que se lee solo, luego la obsesión por conocer el resto de la obra de este señor que podía apasionarse por narrar una pelea de boxeo o un instante de conversación con una mujer que le gustará, en fin, así llegaron otros escritos: Por Quien doblan las Campanas, Fiesta, Aguas Primaverales, Paris era una Fiesta, en fin, la gran mayoría.
Leer es difícil; pero escribir es mucho más difícil, es una cosa muy compleja, muy enredada, es raro saber porque quiere uno escribir, sobre todo cuando no es algo para lo cual uno esté maravillosamente capacitado, es decir, cuando cuesta un mundo sacar unas cuantas buenas frases y sobre todo cuando para hacer un par de páginas se requieren montones de ideas, de recovecos, de martillazos insistir y de llenarse de valor y de terquedad para escribirlas. Y es más difícil cuando sin tener un especial talento para escribir, quiere usted hacerlo de manera visceral, cuando el deseo le nace desde el estómago, es como querer volar con desespero y saber que usted no tiene alas.
A veces olvidó a Hemingway por un rato, días o meses, pero se vuelve como un amigo que vive en la cabeza de uno, y siempre retorna, y surge otra vez ese deseo de leerlo, de ver que se me escapo la ocasión anterior, no me pasa sólo a mi, nos pasa a todos, lógicamente no sólo con escritores o libros, con muchas cosas: música, deportes, ciencia, arte, mujeres, personas, en fin, con todo, cada quien tiene sus pequeñas obsesiones que le abollan las ideas y le mortifican gratamente la existencia.
Y entonces he vuelto a releerlo, para ver si encuentro nuevas frases entre las frases ya recorridas, o si por algún fantástico virar de las circunstancias algún nuevo libro o nueva novela o quizás una decena de páginas nuevas que nunca habían sido encontradas hasta hoy, son descubiertas, para el placer de millones y pueda leer para satisfacción propia.
Mientras voy releyendo voy entendiendo cosas que pase por alto, y voy uniendo lo que escribe con otros escritores, con otros libros, con otras artes, con otras personas y con mi vida misma.
Y mientras voy leyendo y tratando de enderezar caminos torcidos o situaciones que he estropeado, siempre surge la idea de escribir, de leer, escuchar y escribir; no es sencillo, sigo haciendo el ejercicio de manera casi atropellada, porque no se me da tan fácil, sobre todo cuando las ideas parece que están en un corral y al tratar de ponerlas aquí parecen seres sedientos luchando por una gota de agua y se atoran tratando de salir para saciar su sed.
Sigo buscando ordenar esas ideas y que fluyan aquí como puede fluir cada respiro que doy mientras tecleo torpemente las teclas del computador. La curiosidad por encontrar nuevo material de Hemingway o de otro par de personajes, de entender el actuar y el sentir de algunas personas, de encontrar momentos mágicos en el fútbol o de llenarme de música, siguen haciendo que escriba de vez en cuando de manera forzada o fluida, no lo se, el hecho es que lo sigo haciendo, porque lo siento de manera vehemente, y algún extraño impulso me mueve a escribir y desahogar un montón de ideas que se atiborran y no dejan pensar con claridad.
— La cagada es que no tengo una buena idea. Y además si escribo las ideas que más se me ocurren, pues posiblemente me tachen de terrorista, sicópata o loco o algún otro adjetivo denigrante. En el mejor de los casos de tener autoestima baja y querer llamar la atención.
— Pero tiene que escribir. Así se desahoga un poco; para desahogarse necesita dejar salir cosas, y sólo ha encontrado dos cosas que le permite sacar toda esa mierda: el fútbol y lo poco que escribe.
 
— Si, pero parece ser que necesito estar muy vacío o muy satisfecho para escribir. De otro modo lo que escribo me parece torpe y superfluo.
 
— Casi siempre se necesita estar jodido para escribir algo bueno; en general parece que se necesita estar vuelto mierda para hacer algo magnífico en la vida. Así son las cosas, para un momento sublime parece que necesitamos años de monotonía y porquería, y de repente hacemos una cosa tan buena, una cosa tan hermosa que siempre la vamos a recordar, aunque el momento en que la hicimos sea muy muy corto.
— Ya veremos que puedo escribir en estos días.
 
— Los libros pueden servir. Hemingway puede ser una buena excusa.
 
— De pronto. Vamos a ver que sucede.
Hasta la Próxima

Melancolia por cuatro años

Para todos aquellos que les gusta el fútbol, acabado el mundial, empieza esa sensación de que algo bueno se acabo, y a pesar de tener la certeza de que es algo que no va a cambiar nuestras vidas y que se volverá a repetir, la melancolía se asienta en nosotros, durante los próximos 4 años, hasta que vuelva el próximo mundial.

No fue un mundial bueno, la verdad por momentos bastante aburridor, sin sorpresa, casi sin fútbol, con mas especulación, golpes y miedo a perder, que con el gusto de jugar y ganar, el gusto propio de un juego, lo que realmente es.

Me queda cierta tristeza, sobre todo la eliminación de Ghana contra Uruguay, no pude ver todo el partido, solo la prorroga y los penaltis, pero esos 40 minutos de juego fueron los mas vibrantes del campeonato para mi, sobre todo por todo lo que hubiera significado pasar a semifinales para un equipo africano, yo quería que pasara Ghana, le hice toda la fuerza del mundo y cuando Luis Suarez metió la mano debajo del arco, respire aliviado creyendo que ya estaba, que ya Ghana seria el primer africano en meterse en unas semifinales de un mundial, pero no.

Ni todos los sufrimientos, ni las humillaciones sufridas durante años a manos de otros, ni la esclavitud, ni el apartheid, ni su humildad, ni todo su talento natural para la musica, ni su alegría, ni su tristeza, ni todas las almas del estadio y de África haciendo fuerza, rogando para que ese balón entrara en el ultimo minuto de la prorroga, pudieron hacer que Ghana anotara ese gol, el fútbol y la pelota son caprichosos, esta vez no fue.

Al final gano España, me alegro por ellos, fue uno de los pocos equipos que siempre quiso jugar y ganar, siempre fue limpio, no pego, no engaño demasiado y dejo jugar, es lo mas justo en un mundial bastante peculiar, el ambiente muy bonito, pero el fútbol quedo debiendo mucho, sobre todo varias estrellas y equipos “fuertes”, esperemos a Brasil 2014, ojala Colombia vaya, para poder sentir un poco de alegría propia y no solo vivir de las ajenas.

Me quedo con la imagen de Nelson Mandela al comienzo del partido final, en ese carrito, a pesar de los años y de su golpeada salud, logro salir y sonreír y transmitir ese paz, ese entusiasmo y convencimiento de que las cosas se pueden hace bien y mejor, de que solo con confianza, amor y perdón puede prosperar un pueblo, un país, un continente, ese hombre que logro inspirar a un grupo de hombres para que ganaran el campeonato mundial de Rugby y que insistió para que se realizara este año el mundial en Sudáfrica, sigue dándole cosas a la humanidad.

Habrá que enmascarar la melancolía mientras desaparece, en unos días o semanas por mucho, ya no estará, por lo pronto la podemos aguantar u ocultar con otras cosas, libros, música, o mas fútbol.

Hasta la próxima.