Un hilo delgadito

Forcejeo.

Lucho, Peleo.

Sigo forcejeando, es como estar nadando donde el agua está repleta de algas, de mugre, de cosas que se enredan en los brazos y las piernas y dificultan el avance.

Así, ese forcejeo llevo a cabo constantemente, es una pelea muy muy pareja contra las ideas.

¿Y contra cuáles ideas? Pues contra todas las ideas, a veces no las soporto, y a veces sólo deseo mantener la mente en blanco, cosa bien bien difícil, pero a veces son la única cosa que nos mantiene a flote, son el único salvavidas del que podemos sujetarnos.

Pero bueno, las ideas son como como el agua de la lluvia que deambula por las calles hacía los sifones, nunca sabes el recorrido exacto, pero arrastran muchas cosas hacia allí.

¿Y entonces? Entonces surge una idea extraña, una pregunta: ¿qué une a las personas?, es decir, ¿qué cosas hace que las personas permanezcan juntas, que se aguanten, que se toleren?

¡Ja! es complicado, es enredado.

Un silencio se atora en la cabeza, trato de reunir datos, de pensar, de conseguir unir con coherencia y lógica algo, unas palabras, nada surge aún.

Por momentos parece que no existe una razón por la cuál las personas se mantienen unidas, no la veo, y a veces sí uno no ve las cosas entonces no las entiende, ¡Qué difícil!.

Silencio.

Sigo pensando.

Silencio.

Vacío.

¿Y entonces? Entonces me acerco un poco más, trato de ver mejor, más nítidamente, con mayor atención en los detalles.

Me esfuerzo, pero aún nada.

Silencio.

Y de repente allí entre toda la bruma y todos los minutos y las palabras y las ideas y las cosas que espesan nuestra existencia, me doy cuenta.

Un hilo delgadito, eso, un hilo, a veces muy muy muy delgadito, por eso pasa desapercibido, por eso no se ve así no más, es invisible desde lejos, es invisible a la prisa de los segundos que se consumen con vértigo, es invisible a toda la parafernalia que hemos construido, desde lejos nunca lo verás.

Un hilo delgadito, eso es lo que une a las personas y entonces me doy cuenta y siento un poco de tranquilidad, una alegría extraña, como contemplativa, como si supieras un secreto que todo el mundo ve, pero nadie reconoce.

Y ese hilito, esa fina cortada en el aire y la vida de las personas, ese hilo que puede ser tan extenso como se quiera y puede enredarse mucho, es tan fuerte o tan frágil como las personas que están en sus extremos quieran que sea.

¿Y de que está hecho el hilo? Siempre está hecho de cosas que no podemos ver, de cosas que no son tangibles, pero que pueden ser muy muy robustas, como una roca, como una montaña.

El hilo puede ser una idea, una opinión, una situación, puede ser la música, puede ser el cine, pueden ser los buenos libros, puede ser el fútbol, puede ser un momento, una situación, y a veces el hilo está hecho de la materia más más extraña que conocemos, de algo que muchos llaman amor y que yo aún no entiendo, por ejemplo los hilos que unen a padres e hijos, o los hilos que se extienden entre abuelos y nietos, o entre dos o tres hermanos, o entre un par de amigos.

Esos hilos casi no se ven, pero son fuertísimos, a veces nos dejan ver sus efectos, como cuando reímos en compañía de alguien más, o cuando hay un abrazo o un choque de manos, o una felicitación mutua, o cuando hay una conversación profunda y sincera.

En fin, ese hilo delgadito, o esos hilos porque pueden ser muchos, mantienen atada nuestra existencia.

Hasta la próxima.

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El amor

— ¿Y entonces?

 

— Dejar así, es lo mejor.

 

— ¿Cómo así?

 

— Si, yo no entiendo muchas cosas de eso que llaman amor, definirlo con palabras y tratados es fácil, pero conseguirlo y sentirlo es bastante más complicado.

 

— ¿Y las mujeres?

 

— Pues ese es el problema, que no las entiendo, y a veces yo las quiero, pero no tengo la seguridad de que alguna de ellas me quiera. El amor no es una cuestión de seguridad, es más de confianza, pero yo necesito de ambas.

 

— Complicado.

 

— Si, muy complicado.

 

— Pero igual, a alguna de de ellas ha querido más que a otras.

 

— Si, tal vez.

 

La verdad no se, creo que a todas las he amado por igual, las he amado mucho, muchísimo, pero yo no creo que ellas me hayan amado a mi.

 

Tal vez sólo me hago ilusiones fáciles y termino estrellado, no entiendo a las mujeres, no se bien que quieren, no entiendo como deben ser amadas o como desean ser amadas, y a veces siento que entre alguna de ellas y yo se rompe algo, desaparece la química, esas cosas que eran un vínculo se deshacen, se desvanecen y sólo quedamos dos personas que se conocen tal vez profundamente pero cuyos vínculos son algo externo a nosotros, como dos personas que son colegas en un trabajo o una empresa, posiblemente se conocen muy bien, pero no se aman. Y entonces ahí es cuando todo se va al carajo y me decepcionó y entonces creo que lo mejor es dejar así, quietas las cosas, sin romper más y sin herirnos más y quedar en paz ambos.

 

— No es muy sensato, lo mejor es decírselo a ellas.

 

— Yo se los he dicho, pero regresamos a lo mismo; es fácil poner todo esto en palabras, es bonito, suena bonito, encantador; pero sentirlo y vivirlo es más complicado, porque quedan cosas atoradas y a veces la única manera de decir las cosas es a gritos y con llanto y con impotencia, pero la impotencia no define nada y no ayuda en nada, porque la impotencia que yo siento es diferente a la que ellas sienten, no son comparables, nos se puede medir como medimos distancias y precios y minutos, no se puede medir, así que eso complica todo de nuevo.

 

— Entonces debe seguir buscando.

 

— Jajaja, en eso estoy, pero no es fácil.

 

Recuerda cuando jugábamos microfútbol en las noches allí cerca al humedal, que si nos estábamos un rato sentados los zancudos empezaban a rodearnos por montones y se daban un banquete con nosotros.

 

A veces cuando los sentía en las piernas o brazos pues me daba una palmada duro, y quedaba una manchita de sangre donde estaba el zancudo. Yo a veces empezaba a manotear tratando de matar algunos, pero entonces acercaba la mano y miraba y se escapaba el zancudo como si nada hubiera pasado y la mayoría de las veces no cogía ninguno.

 

Así me siento; la mayoría de las veces no entiendo a ninguna mujer, y cuando creo que voy entendiendo a alguna mujer y que tal vez la amo y ella me ama; luego de un rato parece que yo no apreté bien y ella termina yéndose y yo termino desistiendo por el bien de ambos.

 

— Jajaja, que difícil es eso.

 

— Si, el amor es una cosa difícil, parece que yo no encajo bien con él.

 

Es como que desde afuera lo puedo definir y entender y hablarlo y dar discursos y hacer libros y ganar un nobel. Pero desde adentro estoy perdido y confundido y me siento extraño, parece que no pertenezco allí y entonces terminó por frustrarme y luego por aburrirme y listo.

 

Y a veces la historia se repite, varias veces.

 

— Bueno, hace parte de la vida.

 

— Si, es cierto.

 

Pero a veces cuando lo pienso detenidamente, entonces creo que el amor es más un invento humano y que posiblemente no es fundamental, mejor dicho, hace parte de la vida, pero la vida puede seguir sin amor, es un accesorio.

 

Entonces el amor se aparece como una invención humana que crea unos vínculos invisibles pero tal vez innecesarios para todos, sólo como unos hilos que nos sujetan a otros para poder vivir en sociedad, y entonces parece que el amor no es tan necesario, porque para eso también existen otras cosas como las leyes de los hombres y la ética y la moral que también terminan siendo creaciones humanas, pero que al parecer generan muchas menos penas y frustración en las personas. Y parece que al contrarío del amor no tienen una contra parte dañina como es el odio; y entonces digo que podemos vivir perfectamente sin amor, pues resulta al final que este no es necesario.

 

No se, el amor es un cosa muy complicado, sea lo que sea.

 

— Si, es cierto.

 

— Yo creo que es lo que ha movido a la humanidad a través de la historia, sobre todo desde que nos volvimos seres racionales y sobrepusimos la razón a la biología.

 

— Posiblemente. Pero siga buscando.

 

— Jajaja, ya veremos.

 

 

 

Hasta la próxima

Un abrazo

Y esa noche a las 11:25, tuve la certeza de que podría salir corriendo, a buscarla.
Una cosa extraña, tenía la seguridad de que si salía en ese mismo instante y corría a buscarla, la íba a encontrar, y que podría darle un abrazo tan fuerte que nos dejaría a ambos extenuados y casi sin aliento.
¿Correr a donde? No lo sabía muy bien, sólo salir de la casa, hacia cualquier lugar, y luego en algún momento en alguna calle fría y con algunas pocas luces provenientes de casas donde la gente aún está despierta, estudiando, leyendo, viendo televisión o agotando sus minutos, la iba a ver allí parada, en medio de la calle y ella me estaría esperando, y me sonreiría, y yo le devolvería la sonrisa y correría a abrazarla, sólo eso.
Una cosa extraña, y mientras nos fundíamos en ese abrazo, en la noche fría el tiempo pararía, y las cosas serían buenas y no necesitaríamos palabras, sólo el abrazo, mirarnos, sonreír, otro abrazo, un par de besos en la mejilla y otro abrazo y sonreír como tontos a pesar de la noche y del frío y de la posible lluvia.
Y luego caminaríamos un largo rato, como hacia mucho tiempo no lo hacia, y sería como hace muchos años, caminar muchas horas, no importaba nada más, sólo caminar, porque siempre es bueno, las caminatas siempre serán buenas con ella, sin palabras, sólo un paso tras otro y a veces mirarnos y sonreír y de vez en cuando un par de preguntas, ¿está cansado?, ¿tiene hambre?, ¿cómo le ha ido?, preguntas de esas, y respuestas cortas y sonrisas de compresión y amor, y silencios largos y profundos y llenos de algo que no se explicar muy bien pero que siempre traen paz y sabiduría.
Y luego de muchas, muchas horas de caminar y caminar, de una gran paz, nos despediríamos en algún sitio y yo le diría que estaría esperando para la próxima caminata, y ella me sonreiría, me daría el último abrazo y un beso en la mejilla y me diría que me cuide, y luego yo regresaría corriendo, con la garganta encogida, los dientes apretados para no permitir que salieran las lágrimas, volvería a mirar atrás y ella estaría allí de pie, me diría adiós con la mano, yo también haría lo mismo y seguiría corriendo.
Esa noche volvía a recordar a mi abuela, y la certeza se desvanecía de golpe como casi todas las cosas buenas, se acaban en un pestañeo y dejando una rasgadura en el alma de cada ser;  porque me hace falta, y porque las cosas son distintas, y todo esto ya no es posible.
Hasta la próxima.

Frágil

El viento era fuerte, él lo notaba en el movimiento de las hojas de los árboles mientras el bus avanzaba en sentido contrario. Unas densas y grises nubes se apoderaban de Bogotá.

Ensimismado, como de costumbre, en estas circunstancias, tuvo otra de aquellas conversaciones, él con uno de sus hermanos, hablaban sobre su familia.

 

– ¿Y usted no tiene miedo?

 

– ¿Miedo de qué?

 

– De que cuando ellos dos falten todo se rompa.

 

– ¿Cómo así?

 

– Si, siempre hemos sido nosotros tres y ellos dos, somos los cinco. Pero en algún momento ellos van a faltar, eso es claro, es algo natural.

– ¿Y que se va a romper?

– Pues todo, todo esto, lo que hicieron con nosotros, lo que construyeron.

– ¿Y por qué ha de romperse?

– Porque al fin y al cabo ellos fueron los que lo hicieron, crearon todo esto, lo mantuvieron; a pesar de todo el tiempo y los sufrimientos, resistieron, nunca se dieron por vencidos, es más siguen ahí al pie del cañón, aguantando, luchando.

 

De algún modo ellos son el pegante, nos han mantenido unidos, gracias a ellos compartimos y vivimos, siempre nos dejaron pensar y actuar, y lo más importante, siempre estuvieron ahí para apoyarnos.

 

– Pero no creo que eso se rompa.

 

– Esperemos que no, ese es mi miedo ahora, que cuando ellos dos ya no estén, todo se rompa y dejemos de compartir, de ayudarnos.

Esperemos que cuando falten sigamos más o menos así.

– Yo creo que si.

El viento continuaba con su castigo en la calle, ya casi era el momento de bajar de allí, mientras regresaba del viaje de sus pensamientos notó que sus ojos estaban inundados, y la garganta era estrecha como un ojo de aguja.

Hasta la próxima.

Envidia

Vivimos agazapados, con rencores, con tristeza, añorando lo pasado y deseando algo mejor, siempre.

Se nos van los años y esta sensación continúa, más añoranzas, más deseos, más cadenas para nuestra libertad y felicidad.

Vivimos deseando lo que otros tienen, envidiando; y siempre nos damos látigo porque no tenemos lo mismo que otros tienen y perdemos minutos, semanas, años, pensando en lo que merecen o no merecen otros; vivimos cargados de envidia, amarrándonos a la culpa de no hacer o de no tener.

Siempre así, mal gastamos nuestras cortísimas vidas pensando en otros sin darnos cuenta que la vida nos pasa por encima y nosotros somos su tapete; que somos tan minúsculos en este infinito y denso universo como para estar comparándonos, compitiendo, tratando de obtener cosas y reconocimiento, cuando al fin y al cabo durará muy muy poco, todas esas cosas son efímeras; cuando terminemos este viaje esas cosas dejarán de importar.

Vivamos, aprendamos, amemos mucho y odiemos poco, toleremos más y lloremos menos, siempre es mejor no pensar tanto en lo que hacen los otros sino en lo que hago yo y como lo hago, en cuanto colabora a mi libertad y felicidad lo que hago a cada instante.

Sólo hay una persona a la que vale totalmente la pena derrotar, con la que siempre será un gusto y un desafío competir: con cada uno de nosotros mismos, somos nuestro rival número uno, nuestro mayor enemigo, cargamos nuestras frustraciones y nuestras fortalezas, cada acción o inacción será determinante al segundo siguiente.

Cada uno de nosotros es la única persona con la que es posible e importante compararnos, sólo así vemos cuanto hemos avanzado, cuanto hemos dejado pasar y cuanto hemos aprovechado los exiguos años que vivimos. Sólo así veremos si de verdad es correcto nuestro camino  para lograr felicidad. Sólo vale competir con nosotros mismos, con nuestros miedos y nuestros sueños.

Y para vencernos debemos estar dispuestos a emplear toda nuestra energía y empeño a dar nuestra vida por ser felices, a emplear toda la disciplina y el tiempo que tenemos para no quedarnos amarrados; para poder terminar el viaje bien, tal vez con muchas cicatrices en el alma y en el cuerpo, pero con una sonrisa eterna de satisfacción.

 

 

Hasta la próxima.

Sin tiempo

Y entonces aquel día lluvioso el despertó con una certeza, que ya no podría morir y se sintió confundido. Al principio ya no le preocupaba tener que hacer las cosas dentro de un horario o en un tiempo determinado, puesto que él ya no sufriría aquel afán, dicho afán sólo los sufrían los demás, el tuvo comienzo, pero no tendría final.

Con el pasar del tiempo se dio cuenta; no era muy reconfortante aquello, todo cambiaba, la naturaleza, las cosas, las ideas, las personas, su familia, la mujer a la que amaba y que le amaba, sus tres hijos, que eran su vida, todo cambiaba; pero él no, y empezó a preocuparse.

Ya no moriría, pero con la posibilidad de morir se fueron  otras cosas también, el compartir un destino, una meta, el de un cambio radical acompañado de otros, el fin de un viaje y el comienzo de otro, se sentía extraño, como si ya no fuera humano, se sentía solo por su estado, por ese extraño privilegio.

Cuando su esposa se hizo vieja y enfermó pudo soportarlo, cuando ella murió se sintió extraviado, por fortuna tuvo todo el apoyo de sus hijos y de algunos amigos, luego estos fueron muriendo uno a uno, y sentía que iba perdiendo su humanidad poco a poco, como una gran roca que se desmorona poco a poco a causa de la inclemencia del tiempo y del ambiente.

Luego vio crecer y hacerse adultos a sus nietos, y los amaba, y se sentía feliz por esa enorme posibilidad, pero por otro lado se sentía vacío e indiferente: sus hijos se hacían viejos y enfermaban, compartirían el mismo fin de su esposa. Y esto a él le parecía poco lógico, veía deshacerse la juventud de sus hijos y él seguía intacto, sintió rabia y odio hacía si mismo, hacía su condición.

Cuando el último de sus hijos murió, sintió que ya poco tenía sentido, tenía mucha familia, pero ya no compartía mucho con ellos y de igual manera los veía envejecer, enfermar y morir; con esto, cada vez se sentía menos identificado con todos sus descendientes, se sentía un extraño, como una cosa para exhibir, un bicho raro al que todos miran y admiran por curioso, pero no por humano.

Pasado un lustro luego de la muerte de su último hijo, no lo pudo soportar más, fue entonces que decidió apartarse, viajar y aprender todo lo que pudiera; como no iba a morir, no tenía afán, no había angustia, esta aventura tendría un comienzo, se iría y en algún momento regresaría, tal vez cuando las cosas hubieran cambiado tanto que no sabría muy bien que paso.

Un día lluvioso partió, solo; a su familia les había dicho algunos días antes, les dijo que se iría, pero no les dijo como ni cuando; ellos lo tomaron como una consulta, como si estuviera haciendo un plan lejano, así que la atención que le prestaron fue poca. El día que partió era claro, era una lluvia tenue pero muy fría.

Y mientras se alejaba entonces lo notó, hacía muchos años que no sentía aquella incertidumbre: la de desconocer lo que pasaría mañana; luego de que murió su esposa, aquella emoción de compartir, de vivir, de estar y ser, se habían esfumado con ella, sus días luego de eso se convirtieron en monotonía, en una rutina insospechable que le consumían, que le recordaban que no iba a morir, que no tenía tiempo, porque para él ya no era necesario, el tiempo era una cosa irrelevante para él, casi como el aire que respiran todos para existir y no se dan cuenta.

Aquel día bajo la lluvia se sintió realmente vivo y sonrío bajo las gotas que le escurrían cansadamente por la nariz y las cejas, decidió empezar a conocer el lugar donde nació el fútbol, una de las pasiones que hacía muchos años tenía, pero la cual se había ido apagando poco a poco, tal vez por saturación, por sentir hastío del mismo fútbol.

Llego y al poco tiempo empezó a sentir otra vez aquella corriente circular por su cuerpo, aquella emoción de ver rodar el balón y sus caprichos sobre el césped y las penurias de veintidós hombres en el campo y miles de almas alrededor; aprendió mucho, compartio con mucha gente, volvió a sentirse vivo, a aquellas personas nunca les mencionó su condición, así que se sentía como todos.

Volvió a enamorarse, no de la misma forma que de su esposa, pero amo mucho a aquella mujer y tuvieron un hijo, así que se estableció y fue feliz. Pero luego de una década todos empezaron a sospechar, él no envejecía siempre lucía igual, alrededor de la treintena, pero el tiempo era demasiado benévolo con él; muchos se sentían recelosos de él, de lo que hacía para estar así; allí sólo su nueva esposa sabía la verdad, nadie más, ella lo amaba, tal vez no entendía todo aquello, pero lo amaba así como era, hasta veía una ventaja en ello: podría acompañar a su hijo siempre y eso la tranquilizaba.

Se mudó de casa, lo suficientemente lejos para cambiar de vecinos, de amigos y para ver una actitud diferente en la gente, se mudó cuando empezó a sentirse acosado y aislado, eran pocos los que aún le hablaban, y siempre estaban prevenidos y casi iracundos, pero nunca le preguntaban.

Varias veces ocurrió lo mismo, y mientras se mudaba de un lugar a otro y corrían rumores, su hijo creció, su esposa envejeció y el volvía a sentirse extraño. Amaba y era amado, su hijo conocía ya la verdad y para este era motivo de orgullo, pero para él era otra vez regresar a lo de antes, a la soledad de una condición extraña y al aislamiento por no ser igual a los otros.

Su esposa murió y de nuevo se sintió devastado, su hijo estuvo con él, pero se sentía solo y casi muerto, nuevamente moría la emoción para él. Vivió con su hijo hasta que este se casó y tuvo un nieto, quizá unos diez años luego del nacimiento de su nieto, habló con su hijo y partió, lloraron, se alejaba y eso le rompía el alma, ambos sufrían, pero su hijo entendía, al fin y al cabo este ya tenñia una vida estable y quedaba mucho futuro, su padre ya no, porque para un hombre que no moriría el futuro es un mal chiste, no hay futuro, sólo presente y luego recuerdos.

Pero él prefería eso, alejarse y no saber más por mucho tiempo de su hijo a ver morir otra vez aquellos por los que daría su vida sin poder darla. Nuevamente partió bajo la lluvia pero esta vez la niebla espesa le pesaba más que el morral que iba escurriendo en su espalda. Aquel día sintió nostalgia, dejaba el fútbol otra vez, aprendiendo muchas cosas, pero sin saber o conocer millones de cosas más, pero sobre todo se sentía triste por se esposa y su hijo, los amó mucho y los seguiría amando siempre.

Decidió ir al lugar donde la meditación y el Kung Fu eran algo importante, aquellas dos cosas le habían enseñado mucho de la vida, de disciplina y de paciencia, así que otra vez la emoción surgió brevemente en él. Fue un largo viaje, pero aquello le emocionaba, otra vez a aprender, a vivir y a soñar, otra vez la incertidumbre le hacía satisfecho.

En aquel sitio nuevamente compartió, conoció gente, y nuevamente volvió a amar a una mujer, pero estaba vez él sentía que no debía, que luego sufriría mucho, que nuevamente la soledad y la indiferencia se apoderarían de él. Aún así amo mucho a la nueva mujer y ella le amaba incondicionalmente. Ella quedó embarazada y cuando su hijita nació fue entonces que le contó todo a su esposa, ella no supo que decir, le amaba mucho, pero creía que la confianza se había roto, ella le daba demasiada importancia y él demasiada poca. Duraron un par de años distanciados, pero luego vivieron juntos, aunque ella nunca le perdonó él no haberle contado aquello antes, se sentía engañada y extraña; él lo sabía, y sufría por esto, pero quería estar con ella mientras lo dejara.

Cuando su hija, a quien adoraba muchísimo puesto que era su primera hija, tuvo la mayoría de edad y pudo hacerse cargo de ambas, él decidió partir, pero esta vez no le dijo a nadie, creía que el sufrimiento que él tendría era mucho más grande que el que él causaba largándose así sin más ni más.

Cuando su esposa se dio cuenta se entristeció mucho, sabía porque se había marchado y se lo hizo saber a su hija, pero luego de unos meses lo entendió y se sintió feliz. Su hija sintió toda la rabia del mundo, hacia ambos padres, pero sobre todo hacia él, se sentía excluida y sin amor por parte de su familia.

Ella se fue haciendo vieja y entendió y volvió a vivir con su madre felizmente hasta que ella murió, la rueda de la vida seguía para ellas y para mucha gente. Cuando su madre murió quiso que a donde fuera o estuviera su padre, lo supiera; y sabía que él sufriría y lloraría cuando se diera cuenta, sonrió y pensó en su padre debido a esto muchas veces, sentía que su padre les amaba a ambas y con esa certeza continuó su vida.

Aquella mañana en que él abandonaba su hogar, sin decir media palabra, era soleada, hermosa como pocas, esta vez había decidido irse a un lugar donde no hubiera otras personas, o por lo menos donde hubiera poquísimas, no quería tener demasiado contacto con ellas.

Al principio fue difícil, porque no encontraba lo que quería, así que se acomodaba en lugares pocos habitados y siempre alejado de todos y luego de un par de décadas, por mucho, se largaba si más, así estuvo mucho años, y luego su rastro se fue desvaneciendo con el pasar del tiempo.

El contacto con la gente le hizo sufrir y le hacia sufrir, así que lo evitaba; su familia era lo que tenía y lo que amaba, así deseaba recordarla. No tenía tiempo ni futuro, puesto que no moría no los necesitaba, lo más cercano a la muerte que pudo llegar fue perderse en el mundo sin que alguien pudiera dar razón de él, su rastro se fue perdiendo de la misma manera que se pierden las huellas en la arena con la acción de las holas del mar, poco a poco.

En los últimos días que paso en compañia de otras personas logro darse cuenta que la inmortalidad no era muy buena, porque al final te dejaba solo, casi sin rumbo y viviendo de recuerdos y de heridas, porque el tiempo era una maquina sin compasión que te lleva pero que no comparte contigo, porque las cosas sin cambio son despesperantes y asfixiantes, porque la emoción de vivir se va perdiendo con lo años y con la vida misma.

Nunca se supo más de él, seguirá vivo con seguridad, pero compartiendo poco y sufriendo mucho, siempre en silencio y solo.

Hasta la próxima.