Buscando otro libro (III)

Sigo leyendo, parece que papá Hem nos ha dado un respiro, ahora lo leo en orden cronológico, para apreciar como cambió su escritura y como cambió él durante el tiempo. Y puesto que ha dado un pequeña tregua, pues sigo leyendo, otras cosas, otros autores, contrastando, aprendiendo, juzgando; así somos, la tendencia humana de juzgar todo se nos recuesta toda la vida, todo el tiempo, casi como la atmósfera del planeta.

 

Bien, encontré un libro, o mejor aún, lo busque por una expresa recomendación: Rayuela, sabía de su existencia, había leído algunas líneas esparcidas por internet en varios sitios, había leído algunas referencias poco profundas del libro y su autor, y me sentía poco animado por acercarme al libro, hasta que gracias a varias conversaciones y recomendaciones interesantes, lo atrape, me así a él y lo voy leyendo.

 

Y entonces aparecen Horacio y La Maga, y esa manera extraña de quererse de ambos; él sin juzgar nada de ella, siempre explicándole cosas que ella quiere saber o que no sabe aún, y ella preocupada, pendiente y entendiéndole en su rareza, y a veces alejados y a veces cercanos como una sola alma. Y están en París, y las calles y los sitios y los libros y el vino y el mate y algún otro trago y las noches de lectura que se transforman en madrugadas y en conversaciones entre varios amigos sobre libros y letras, sobre jazz y blues.

 

Y parece que cada centímetro cuadrado de París que van recorriendo los personajes se va inundando de música y de letras y de ideas; filosofía, música, vino, mate y noche y día. Y todo es un cóctel molotov que incendia la cabeza, y parece que París nunca duerme y que siempre está latiendo en algún sitio por un libro, por una página, por alguien solitario que recorre sus calles en las noches o madrugadas o al mediodía, mientras su cabeza es como 1789 y la revolución Francesa.

 

Y entonces surge todo el poder del amor raro entre La Maga y Horacio, y sus dudas y sus certezas y sus amigos; luego las dudas de Horacio por el amor de La Maga y los celos y la tristeza de La Maga por la relación de Horacio y La Pola; y surge toda esa magia de esa relación en la que “andaban sin buscarse aunque sabiendo que andaban para encontrarse”,  donde deambulaban pensando, amando, dudando, peleando y volviendo a amar, y luego se apartan, casi de un sólo tajo, como cuando cortas un tomate con un cuchillo y luego tratas de unirlo y nunca va a emparejar, así de una vez y para siempre.

 

Y luego ese retorno de Horacio, y mientras retorna, un millón de ideas, de recuerdos, de libros, de libros dentro de otros libros, de recordar a los amigos, de pensar en escribir, en que es el ser humano, en las relaciones humano-humano, en fin, porque todo retorno es recuerdo, es sopesar, reír y llorar.

 

Y cuando ha regresado: Manuel y Talita, y una relación casi maravillosa y rara, y su relación indiferente con Grekepten, en la cual ella se desvive por él y él está a un millón de millas de allí, en su mundo, un mundo sólo y apático. Y luego, empieza ese laberinto donde  imagina a La Maga en Talita, y una lucha no declarada entre Manuel y Horacio y Talita parece el premio mayor, y ella sufre y se siente mal por eso.

 

Y el trabajo en el circo, y luego los líos y después el manicomio, y el trabajo allí, y el hecho donde se despeña todo, y siempre Horacio recordando a La Maga mientras ella jugaba a la rayuela, y finalmente el duelo entre Horacio y Manuel.

 

Y esta aquel duelo, en un cuarto lleno de piolines, de hilo, de rulemanes, de palanganas, de trampas, la oscuridad y la espera de Horacio, esa espera por la furia de Manuel; y luego el enfrentamiento, y llega el duelo: un juego de dos adultos entre todos aquellos hilos y trampas en las que si te mueves te enredas y algo cae y se rompe y hay risa, treguas y discusión, un juego de niños. Al fin y al cabo Manuel y Horacio no hacen otra cosa que vivir, jugar; porque la vida es juego y está llena de esas pequeñas trampas, de algo que cae, se rompe y ríes o lloras, y luego llegas a una tregua y después hay tranquilidad.

 

Porque vivir es jugar, es arriesgarse a perder o ganar, es acordar unas reglas y jugar de acuerdo a ellas y mantenerse en ese juego. Y dejo un montón de libros que contiene esta mágica obra adentro, porque como dice su autor: es un libro con muchos libros dentro; y tonto y pretencioso sería yo al tratar de condensar un poco toda esa magia y todas las ideas que salen espontáneamente mientras se lee.

 

Al final la vida como el libro es como su título, un juego: Rayuela, tratas de llegar al cielo, pero vas saltando sobre una pierna, y puedes fallar y entonces debes recomenzar.

 

 

 

 

 

Hasta la próxima.

 

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¡Ahhhhhhh!

— ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh!

 

Y el grito se fue apagando, ¿a donde fue? no lo sabemos; sabemos que mientras se ahogaba en la noche, en el ruido de la oscuridad; quien gritaba sentía algo, dolor, felicidad, euforia, tristeza, vértigo; no sabemos, pero gritó y se hizo escuchar, durante unos instantes.

 

El grito rompió la tranquilidad, la monotonía, rasgo el silencio y el negro de una noche lluviosa, y pinto con su sonido una franja amarilla con bellos bordes anaranjados, que el negro fue devorando poco a poco a medida que el sonido se apagaba.

 

Gritó y luego calló, y no supimos porqué; todo luego continuó como si aquella anécdota fuera un mito más en la historia de los días, en la vida rectilínea de los segundos; la vida siguió como si no existieran sobresaltos, como si paseara en tren sobre unos rieles muy lisos y parejos.

 

Y luego un día alguien recuerda o pregunta, y otro le contesta y le cuenta, es como una linda narración de hechos lejanos y mágicos y que parecen irreales al ser contados.

 

Porque tendemos a olvidar la importancia de las cosas, lo que pasa llega a ser irrelevante, puede ser pasajero; como una brisa tranquila que trae de derribar un pino, los hechos se minimizan,  como una mosca tratando de derribar un elefante; una cosa insignificante.

 

Y la historia y la vida están llenas de gritos, de alaridos, que rasgan las noches y los días, y llenan de colores y de vida los cielos; pero no son eternos y por eso pueden ser olvidados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hasta la próxima.

Un gato doblando la esquina

Y no hay gato y no hay esquina.

 

Aún no alcanzo a entender como a alguna gente le gustan los gatos; es decir, no es que yo lo odie, sólo que me parecen tan indiferentes, tan independientes de las personas, que prefiero ser indiferente con ellos.

 

Los perros son otra cosa, son casi como escuderos, podrían ser los kamikaze de sus dueños, se harían matar por quienes quieren. Son fieles ciegamente.

 

¿Y el gato doblando la esquina?

 

Hasta el momento sólo lo ha visto Hemingway en algunos de sus relatos.

 

Yo sólo veo gatos en las oscuras noches, solitarios y contemplativos, gatos bañándose a la luz de la luna y del alumbrado público.

 

Gatos vigilando por un bocado, gatos sobre los muros, sobre los tejados, gatos románticos esperando cortejar a una gata solitaria y que también está paseando algún muro. Gatos bohemios, gatos extraños que harán amistad para luego pelear. Gatos que buscan compañía de una noche porque mañana otra vez habrá soledad.

 

¿Y los perros?

 

Los perros pasean a todas horas, rara vez están sobre una muro o sobre una cerca, siempre al nivel del piso, siempre arrastrados como nosotros.

 

Con andar cansino y ojos expertos y pelo curtido, la vida de la calle les ha pegado duro. Han aprendido. Buscan comida, a veces andan solos y cuando andan en grupo son unidos, cuidan unos de otros, son una maraña.

 

Y también buscan compañía, aunque por lo general no terminan peleando, solo terminan y cada cual por su lado. Y doblan las esquinas y doblan las ciudades, y cruzan semáforos, y te miran con humildad y una sonrisa sabia oculta en los ojos que delata que la calle y el frío los ha vivido.

 

Los gatos son como bohemios burgueses, salen a contemplar la luna y las estrellas como los poetas, y tendrán algún verso y serán felices y salen por gusto, y pocas veces doblan la esquina; los perros son como esos artistas del blues, en sus comienzos, que recorrían calles y ciudades y noches y días por un bocado y a veces por compañía.

 

 

 

 

 

Hasta la próxima.

 

El Lugar Limpio

Él despertó como siempre a las 4:30, la mañana era fría, pero no llovía. La luz grisácea, producto de la neblina, se colaba por las ventanas. Mientras se ponía la ropa para salir a correr notaba que aún tenía sueño, pero ya tenía la disciplina, ya se había acostumbrado a salir a correr todos los días a esa hora; su perro medio adormilado lo miraba desde la alfombra situada al lado de su cama.

 

Mientras amarraba sus cordones, sentado en el borde de la cama, sentía el leve frío matutino; el perro se desperezaba y se preparaba para salir correr, a pesar del frío y de las ganas de seguir en la alfombra siempre le acompañaba.

Tomo sus llaves y salió de la casa, una suave y fría brisa le golpeaba el rostro, sobre todo en sus orejas, las sentía como témpanos. Primero fue un caminar lento, parsimonioso, como si sus huesos se negaran a moverse, luego empezó con un trote suave como un pequeño caballo cuando es joven.

Luego de una hora sudaba copiosamente, la mañana seguía nubosa, pero había cedido en su empeño de matarlo de frío; el perro trotaba lentamente a su lado, la lengua afuera indicaba su cansancio, ambos ya deseaban regresar y beber agua, luego se separarían por algunas horas.

Mientras regresaba caminando pesadamente a su casa, pensaba en lo solo que estaba, se sentía tranquilo, a pesar de estar solo, tenía a su perro a todo el mundo para el sólo, no recordaba todo, sólo que hace varios años despertó en su casa y estaba solo, totalmente sólo, no había otro igual a él, no encontraba explicación, ni rastro de alguien semejante, no había fotos, no había vídeos. Todas las mañanas se miraba en el espejo y él era el único así, el único humano.

Mientras se duchaba con agua fría y se vestía seguían en su cabeza las mismas preguntas, ya se había acostumbrado a ellas, al principio fue doloroso, fue angustiante, tuvo ganas de matarse, de dejar de pensar, de sufrir; pero algo le detuvo, las ganas de saber más, de aprender y de entender que pasaba y porque pasaba.

Desayunaba fruta picada, unos cuantos huevos revueltos con cebolla y tomate y dos o tres tazas de café solo, hacía años que lo hacía: beber café solo, y arepa. Estaba convencido que comer bien en la mañana le ayudaba a pensar mejor durante el día.

Luego de desayunar fue a revisar una vieja y avejentada agenda, a decir verdad era un cuaderno común y corriente lleno de anotaciones, de horas, fechas, pensamientos, sensaciones y opiniones que plasmaba allí, era una manera de mantener la cordura y seguir pensando algo útil.

Hoy iba a la biblioteca, buscaría algún nuevo libro para leer; un libro nuevo para él, porque con tantos años ya se habían vuelto viejos; sólo le quedaban los libros y la música como rastro humano, lo demás, todo lo demás había desaparecido, no sabía cómo, no sabía por qué o a dónde, sólo sabía que había desaparecido y ya.

Al principio, luego de haberse despertado aquella mañana y ver todo igual pero sin nadie, sólo él, lloró, sufrió, gritó y se lamentó, tal vez mucho tiempo, todo esto mientras buscaba a otro; luego de algunos meses, no supo realmente cuantos, acepto estar solo, y empezó a pensar y a examinar detenidamente la situación.

Había llegado a la conclusión que la situación no era tan mala, tan desoladora, lo que pasaba es que era solo, pero tenía todo para él, los animales seguían con él allí, las cosas tal como eran antes de aquella incierta mañana, continuaban igual, los almacenes, los bancos, los hospitales, todo estaba igual; había abarrotes en las tiendas, licor en los bares, libros en las bibliotecas, autos, bicicletas, en fin.

No sabía muy bien que había ocurrido o cómo, lo cierto es que las personas como él, se esfumaron, parecía que no habían existido nunca, no había cosas usadas, no había fotos, no había vídeos, no tenía recuerdos con otras personas, en todo lo que recordaba se veía él solo, nadie más, él y el mundo, tal cual es, excepto otras personas; absolutamente sólo él.

Cuando despertó aquella mañana, todo seguía igual, pero ya no había nadie, él no se sentía extraño, pero sabía que antes no había sido así, tenía conciencia de eso, pero no había rastro de nadie, no había cartas, no había ropa, no había nada, en las otras casas todo estaba intacto, los muebles, las cosas, todo, pero no había señales de gente, los hospitales seguían igual, pero sin gente, como si estuvieran nuevos, lo mismo ocurría con los bancos, con las tiendas, con los parques, con los autos, todo estaba como si alguien habitará allí, pero no había ni un alma, excepto él.

Fue angustiante, triste, desesperante; en un comienzo creía estar loco, no podía explicar nada, nada tenía sentido, perdió el tiempo y sufrió; luego, poco a poco, nació en él una idea, una simple idea: buscar la razón de todo eso, la explicación, saber que pasaba; eso le dio aliento, le revivió, se sintió un poco mejor y empezó a organizar bien la idea.

Primero notó que necesitaba un sustento, comer, dormir, salud, pero sobre todo necesitaría ocupar su tiempo en algo, algo que le mantuviera la cabeza ocupada y que le acercará a la verdad que buscaba. No tardaron en aparecer situaciones que lo ponían contra la pared, por ejemplo, ahora ya no tenía jefes, ya no tenía que rendir cuentas a nadie, ni responder o sustentar a otro, sólo a su fiel perro, pero eso era fácil; además aquel perro era su más constante y certera compañía, sentía el pasar de las cosas y de la vida gracias al perro, el tiempo y la vida tenían ahora un significado muy profundo para él gracias a su perro, con su perro el notaba que envejecía, que cambiaba y aprendía.

Como no tenía necesidad de trabajar o de emplear su tiempo en cosas que no quisiera, al principio se dedicó a hacer cosas que le satisfacían, que le ocupaban el tiempo sin mayor esfuerzo, pero pronto se aburrió, noto la vacuidad de gastar su tiempo así. A pesar de saberse solo y de tener todo el mundo a sus píes sabía que era finito, que su vida era efímera, que era suspiro frente a la vida misma y el tiempo mismo del planeta, del universo, y fue allí cuando en verdad empezó su búsqueda.

Decidió acertadamente que tenía que mantener ciertas cosas ordenadas, en píe, para que funcionarán, por ejemplo hospitales, bibliotecas y almacenes de abarrotes, además algunos cultivos, mantener limpios y ordenados esos lugares le harían la más más fácil y más agradable.

Curiosamente la cosas funcionaban bien y siguieron funcionando bien después de aquella mañana y a pesar de estar abandonado y solo el lugar, se  mantenía limpio, es más, se ensuciaba muchísimo menos, el orden era casi perfecto, así entonces él no tendría mayores inconvenientes para mantener las cosas así.

Los primeros días fueron agotadores, no había tenido la necesidad de apreciar el valor de las cosas funcionando, pero pronto entendió y se acostumbro, y saco gusto a aquellas tareas. Cuando decidió aprender a cultivar cosas, a mantener alimentos invirtió todo su tiempo y esfuerzo, fue realmente extenuante, pero lo logro, tenía un cultivo de muchas cosas, tomates, cebolla, algunas frutas, maíz, avena, en fin, la mayoría de las cosas que consumía normalmente.

Así mismo había aprendido a cuidar, mantener y curar algunos animales que le proporcionaban alimento, sólo mantenía unos pocos, la cantidad de la cual podía hacerse cargo cómodamente, a los demás los dejaba ir. Había aprendido que los animales eran tan sabios que ellos mismos encontraban su sustento, no necesitaban de nadie para eso, a su perro lo tenía porque el seguía a su lado, lo tenía desde que nació, y el lealmente se mantenía con él a pesar de todo, a pesar del tiempo. Las situaciones con aquel perro eran lo más nítido que recordaba, por eso le quería y lo cuidaba, era la única certeza que tenía de su propia existencia.

En los almacenes, bancos y demás, parecía que el tiempo transcurría lentamente, casi arrastrándose, las cosas, muebles, objetos, instalaciones apenas presentaban marcas del paso del tiempo, y los alimentos empacados y cosas por el estilo tenían fechas muy muy lejanas de caducidad, extraño pero cierto, esto alivió muchas necesidades de él, la alimentación y la salud fueron una preocupación menor para él, empleaba su tiempo en mantener ciertas cosas intactas, bibliotecas, museos, hospitales, gasolineras, hidroeléctricas, en fin; tomo mucho tiempo aprender lo básico sobre cada una de esas cosas, pero valía la pena; él guardaba una profunda esperanza que de un momento a otro aparecieran otros y así pudieran todos seguir con sus vidas como si nada.

Aquel día despues de unas seis o siete horas de lectura de dos o tres temas y un par de novelas regreso a su casa, la bella tarde anaranjada recortaba las sombras delos árboles frondosos contra las casas y las carreteras, todo parecían habitado y normal, pero no lo era, caminaba tranquilamente hacia su casa mientras veía algunos pájaros volar y hacer piruetas y al sol esconderse perezosamente tras la ciudad.

Cuando introdujo la llave en la puerta, su perro empezó con unos suaves ladridos de plena alegría, él llevaba un par de tortas que sabía que le encantaban al perro, apenas entro dio al perro las tortas y éste se fue a comerlos en su alfombra con un cadencioso batir de rabo.

Preparo rápidamente una comida, algunas verduras, un par de presas de pollo, arroz y papas cocidas, y agua, fue su comida y tras cada bocado veía por la ventana, pensando en los cultivos y en los animales, en algunos oficios de mantenimiento y limpieza que tenía que hacer o pronto los olvidaría.

Al terminar siempre iba a su habitación, ponía música, ahora escuchaba de todo y todo el tiempo, era una excelente manera de sentir contacto humano, quizás la mejor hasta ese entonces, y trataba de imaginarse a otro como él, pero le resultaba demasiado complicado, le dolía la cabeza y terminaba exhausto, no sabía por qué pero no podía imaginar a otro ser humano, siempre que lo intentaba terminaba viéndose a si mismo, a otro exactamente igual a él, y esto le parecía extraño y a veces hasta espantoso, no podía ser que todos fueran iguales, exactamente iguales.

Aquel día hizo lo mismo y cuando se sintió cansado, aún sin dolor decidió buscar un libro mientras la música continuaba, así que tomó un libro y empezó a leer, el libro contaba la historia de un soldado que se habñia enamorado de una enfermera durante la segunda guerra mundial, algo que habñia sucedido hace mucho tiempo.

El leía y leía, mucho, entendía pero no sabía quien era quien, sólo los nombres de personas, pero no tenía fotos, recuerdos o referencias directas y palpables, sólo los libros y todo lo que estos podían enseñarle.

Aquella noche, cuando sus párpados empezaron a caer por cansancio, dejo el libro, apago la música y decidió dormir, su perro apenas levanto la cabeza para verlo un momento y volvió a enroscarse para seguir durmiendo.

Aquella noche y aquel día, no encontró nada, avanzaba en su búsqueda, poco, pero avanzaba; aún no encontraba una evidencia o una explicación directa, pero seguía aprendiendo, así no fuera sobre lo que le angustiaba: su total soledad como individuo de una especie; pero se sentía tranquilo, sabía que su vida valía la pena y quería vivirla, quería aprender y saber.

Pronto se quedo dormido y no soñó nada, ya sería otro día y otro momento.

Hasta la próxima.

Sin Título – Primera parte

El entramado regular de los ladrillos es fascinante, siempre lo ha sido, no importa el tipo del ladrillo o el tamaño, solo las formas que dibujan en millones de pisos del mundo, sea un parque, una casa, un museo, una calle, en fin.

Mientras corría la vista pasaba rápidamente sobre los ladrillos, e intentaba seguir un sendero imaginario entre dos hileras de ladrillos, como si existiera una barrera que no lo dejaba salir del sendero.

Corría, respiraba, sudaba, físicamente era sencillo, pero su mente hacía otra cosa, divagaba, soñaba; suele pasar: hacer una actividad y soñar en otra, la maravillosa mente humana: flexible, creativa, única.

Llevaba 5 minutos corriendo, pero su cabeza llevaba mucho más tiempo activa: horas.

– ¿Qué son 30 minutos?

– Es poco, pero ya estoy cansado.

– No importa, debemos aguantar, vamos a lograrlo, son 30 minutos de bienestar, es una meta, vamos a cumplirla, vamos a terminar, luego todo será mejor.

– ¿Y para qué?

– ¿Para qué qué?

– ¿Para qué hacemos esto?

Largo silencio, las respuestas no llegaban, sus pensamientos se perdían tratando de buscar una justificación honesta a la pregunta.

Parece ser que la gran mayoría de las cosas que se hacen no tienen una justificación certera: comer, dormir, un techo, ropa, relacionarse con otros, estás son incuestionables, pero y las otras: fama, dinero, carro, prestigio, otro carro, más dinero, poder, más dinero, más fama, más poder; termina volviéndose un circulo, difícil escapar de él.

– Para estar bien, corremos para estar bien y por más cosas.

– ¿Cuáles?

– Por disciplina, por perseverancia, también para estar cansados, para no tener demasiada energía para estar pensando en patrañas, cansar el cuerpo a ver si podemos cansar la mente.
Y ese punto es importante y válido para mi.

– Perfecto, vamos a correr, ya queda poco, quedan 5 minutos,ya casi terminamos y será bueno para todos.

– Si, cada día es un camino, es un pequeño escalón, pequeños logros, pequeñas carreras, la de hoy la estamos acabando, estamos terminando.

El cielo empezaba a abandonar su oscuridad y a tornarse de un azul pálido, las luces del alumbrado público se iban apagando, había terminado, sudaba copiosamente, pero la satisfacción de haberlo logrado era inmensa.

Comenzaba el día, su cabeza estaba tensa pero callada, parecía cierto eso de cansar el cuerpo para cansar la mente.

– Todo es lucha, desafío, elección, ¿triunfaremos o fracasaremos?, no lo se, pero seguiremos intentándolo, mañana de nuevo.

Empezaba ahora la otra lucha, la más difícil, la del día a día, la rutina, el trabajo, el estudio, pensar, hacer, pensar, comer, pensar, dormir, pensar.

En el trancurso del día

Mañana.

Nada.

Abrir los ojos y sentirse desubicado, cada mañana es un parto, un nuevo comienzo, no hay ideas; sólo preguntas: ¿que hago aquí? ¿por qué me desperté? ¿y ahora que tengo que hacer?; pasarán algunos segundos, tal vez minutos mientras la cabeza retoma su lucidez habitual y con ella regresarán las ideas, los anhelos, las preocupaciones, el conflicto, la duda y algunas certezas.

Siempre sucede, casi sin darse cuenta la rutina nos asalta y nos dejamos guiar por ella al principio, luego luchamos por tomar las riendas de nuestro pensar y actuar, en eso se irá toda la mañana, ha sido una pelea larga en nuestra mente, estamos cansados, ya queremos descansar.

Tarde.

La lucha siempre será dura, y por lo general se llevará consigo cuatro o cinco horas de la mañana, luego de eso una tregua: llegar a la noche actuando lo mejor posible, en la tarde las dudas son pocas, por lo menos ya no hay demasiada energía para luchar contra eso.

Pensamiento y acción: un autómata; el conflicto se ha encargado de dejarnos agotados; todo fluye, a veces a nuestro favor, a veces a regañadientes nos dejamos llevar.

Muere el día. Pero la muerte no es el fin, es solo un cambio. Llegará la noche.



Noche.

Poca energía, casi termina, ya casi está, falta poco.

El recuento del día y de la tarde a veces es bueno, a veces es malo; ya no es remediable, lo que se hizo ya está así; ¿se puede reparar luego? algunas veces.

Descansar, ya no afán, al menos por hoy, entonces llega la tormenta: millones de ideas se apoderan de la mente, todas quieren protagonismo, todas quieren ser ejecutadas, satisfechas; la lucha ahora es más intensa, pero sólo se vive al interior.

Dormir. La lucha se ha aplazado, para otra noche, por el momento todo es calma, algo ha quedado claro, hay nuevos sueños, nuevos anhelos, también dudas, también conflictos nuevos.

Calma, tranquilidad, no hay líos ahora; luego será otro día y un nuevo comienzo, mientras tanto: este instante de paz, al fin y al cabo todo es cambio.

Hasta la próxima