Haciendo Garabatos

Los días se consumían rápido como un fósforo de mala calidad y se acumulaban y aún no tenía una buena idea para escribir, para retomar esa costumbre.

¡Hijueputa!, ¡Maldita sea ! ¡Hijueputa! ¡Hijueputa!

¿Qué pasa?

Nada.

¿Y a qué vienen los gritos?

Pues que llevo varios intentos y sólo logró sacar garabatos. Llevo como seis meses tratando de escribir algo bueno, de poner una idea que rompa moldes, pero no se me ocurren más que puras estupideces.

¿Y por eso grita y maldice?

Si, me tiene aburrido, hace meses que tengo la mente de una piedra, no se me ocurre una soberana mierda.

Eso suele ocurrir. A todos se nos acaba la imaginación o la inspiración, o el toque mágico.

No debería ser así. Porque me esfuerzo en que me salga algo bueno, además yo soy genial y tengo una imaginación exuberante, llena.

¡Jajajaja! Siga creyendo que el niño Dios existe. A todo el mundo se le acaba su cuarto de hora.

A mi no se me puede acabar, me rehúso a que eso me pase.

Que bueno. Entonces escriba y deje de gritar; ya que sabe tanto.

¡Es que ese es el puto problema! Tengo un montón de ideas y todas están atascadas, la cabeza la tengo repleta, pero no sé como organizar todo eso, es más un problema de orden.

¡Jajajaja! ¿Y entonces?

No sé. Me siento aburrido a veces. Creo que tanta mierda en la cabeza me atrofia, no deja que las cosas fluyan. Y en ese caso, pues nada resulta en orden, parece que todo sale a golpes, forzado, sin ninguna armonía.

Sencillo. Deje de escribir.

Pero a mi me gusta.

Pues recuerde algo, que la vida nos enseña, todo el tiempo, que no siempre podemos hacer lo que nos gusta. O no podemos hacerlo todo el tiempo. Por ejemplo a mi me gustaría estar follando todo el tiempo, 16 horas al día, debe ser una maravilla. Pero no puedo.

La vida nos explica y nos enseña que las cosas van cambiando y que a veces hay que hacer cosas que no nos gustan y que a veces tenemos que dejar de hacer aquellas que si nos gustan; es decir: la vida es una mierda, nos lo cuenta y encima se ríe de nosotros.

No sé, hay algo cierto en eso, pero no todo.

Créame, yo se más que usted, yo si soy un genio. Yo si me las sé todas.

¿Qué cree que significa Ricardo en antiguo griego? Pues significa ser omnipotente que todo lo sabe y todo lo puede. Cuando Zeus tiene miedo me ruega a mi para que le ayude. Soy el papá lindo de papá lindo. Y tengo razón.

¡Bahhh! Mejor cállese y déjeme escribir en paz, o gritar en paz.

Hasta la próxima

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Ideas Fugaces (VIII)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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— ¡Escribí una cosa fantástica!

— ¿Y qué ha escrito?

— Una genialidad.

— ¿Pero qué es?

— Mire, esto es lo que escribí.

— Yo no veo nada.

— Fíjese bien, en el centro de la página.

— ¿Un punto? ¿Un maldito punto?

— Una genialidad.

— Esto es una estupidez.

— Es una verdadera genialidad.

— Esto no es nada. Un punto insignificante lo puede hacer cualquiera, eso no es nada, es una tontería.

— ¡Humm! Es difícil escribir un punto.

— ¡Bahh! Es un total estupidez. Un punto es una mancha, es poner la punta del lápiz contra la hoja y ya. ¡Y usted cree que con eso ya merece un Nobel! ¡No sea idiota!

— Me subestima. Un punto es más que el rastro que deja la punta del lápiz en una hoja, es mucho más que eso.

— ¡Bahh! ¡Basura!

— Un punto no siempre es el fin de la historia, es un lugar. Un punto puede ser el comienzo. ¿Usted sabe todo el esfuerzo que me tomó escribir ese punto? No, no lo sabe.

Porque fue difícil, porque me tomó mucho tiempo y energía y concentración y montañas de ideas, despreciando algunas y mejorando otras.

Detrás de ese punto hay una gran cantidad de inspiración mía. Detrás de ese punto hay toda una historia.

Ese punto es lo que se ve de algo que quiero contar, es el comienzo, detrás del punto está todo lo que no he dicho, lo que pienso y siento; pero que aún no he dicho.

Detrás del punto están en fila millones de letras, de palabras e ideas, esperando a salir en desbandada.

Ese punto es importante y requiere mucho esfuerzo. No lo menosprecie.

— ¡Qué va! Es una soberana estupidez. ¡Y punto!

 

 

 

 

 

Hasta la próxima.

Ideas Fugaces (V)

— Yo quería escribir, pero es que no tengo tiempo.

— ¡No hable mierda! No es que no tenga tiempo, lo que no tiene es agallas.

—¿De qué habla? De verdad no tengo tiempo.

— No, no sea mentiroso, no tiene agallas, el miedo se lo trago entero, en este momento es un saco de miedo, de excusas.

— ¿Y de qué voy a tener miedo?

— De muchas cosas, no tiene agallas, reconózcalo, tiene miedo de escribir muchas cosas de las que piensa, de las que pensamos todos.

— Jaja, ¿cómo cuáles?

— Como que el mundo parece una gran piscina de lodo, de estiércol, que a veces las personas son un asco, nos damos cuenta de eso y aún así seguimos con nuestras vidas como si nada, el mundo se va desmoronando pedazo a pedazo y a pesar de todo seguimos desentendidos, pasando por alto todo eso.

— Eso nos permite vivir un poco en paz.

— No, sólo nos permite agarrarnos a más pocas cosas en el mundo. También tiene miedo de escribir otras cosas.

— ¿Cómo qué?

 

— Como que muchos deberíamos convertirnos en lacras, en verdaderas lacras, en las lacras que deseamos ser, que ser “bueno y ético”, según nuestro chato modo de ver, no sirve de mucho, que los buenos y éticos y con valores y valientes y correctos sólo ganan en las películas y sobre todo en las películas de hollywood.
Nos han metido una gran mentira, hace años y nos la tragamos entera.

Parece que toda la bondad y ética que tiene, la puede usted cogerle, dejarla en una lata de esas en las que viene cerveza o comida y dejarla en una calle o en un rincón al olvido y al viento, que se deterioren, porque no sirven demasiado.

— Mmm, en eso acierta un poco.

— ¿Un poco? ¡Ja! Acierto y mucho; la vida es más cruda, más cruel, más extraña, más insensata para nuestros acomodados y acortados pensamientos.
Usted ha pensado esto y muchas otras cosas más y le da miedo escribirlas, expresarlas, porque sentirlas muchos las sienten, a todos les pasa, a todos se les atraviesa como un árbol caído en un río tranquilo: le daña el ritmo, lo altera completamente.

— Si, es cierto, a veces pienso algo así.

— Y cosas peores, y le da miedo expresarlas, sentirlas no, porque a todos les pasa, todos las sienten, no se crea tan exclusivo, no vaya a pensar que es usted un ser privilegiado por eso.

— Es posible que tenga razón.

— Tiene miedo, porque tiempo tiene el mismo que muchos millones de mortales.

— Si, pero si escribo cosas así pues la gente no va a leer, o peor aún van a empezar a tacharme de loco, de desquiciado, de insensato, de irrespetuoso y quien sabe que cosas más.

— Ve, ya se cago del miedo otra vez, la gente tiene una memoria muy corta, usted puede expresar lo que quiera, la gente no va a vivir pendiente de usted, es más, nadie, nadie absolutamente nadie en este universo vasto y asombroso, va a vivir pendiente de usted, nadie.
Sólo ahí un maldito responsable de su vida: usted, nadie más se va a hacer cargo.
Así que escriba lo que necesite escribir, si sus entrañas y su razón se lo exigen con fuerza, hasta el punto que piensa que se va a reventar como un huevo al dejarlo caer al suelo si no escribe.
Escriba, punto.

— Voy a sacar tiempo.

— ¡Ayyyyy No! Ya me huele otra vez a mierda, otra vez con su miedo y sus remilgos.
¡Escriba, maldita sea! ¡Escriba!

Hasta la próxima.

Juego de palabras 006

— Voy a escribir un relato sin ninguna fuerza, sin ningun acento.

— ¿Que que?

— Eso, que este sera un relato sin acento.

— ¿Sin ningun acento?

— Si, un cuento, una narracion, un opusculo, una anecdota; pero sin el simbolo que todos conocemos.

Sin el simbolo del acento ortografico o acento diacritico.

—¿Cual simbolo?

— ¡Ahhh! No se haga el imbecil, usted sabe a que simbolo me refiero.

— Pues la verdad no, no lo se, ¿a qué se refiere?

— ¡Ayyy!, voy a escribir un historia, sin el simbolo que va sobre las letras algunas veces, ese simbolo tan conocido por todos, que causa problemas en la gente desde pequeños, desde que empezamos a leer o escribir, ese simbolo que causa conmocion en las clases de gramatica o de lenguaje.

— No, la verdad estoy perdido, no recuerdo. ¿Esta usted bien? ¿se siente enfermo o decaido? ¿le duele algo?

— ¡Es una maldita rayita!, el simbolo en una rayita pequeña inclinada que es usada en el español para marcar la fuerza o enfasis de una palabra, ese es el acento, y hay dos tipos, ortografico y diacritico.

— ¡Ahhhh, la tilde!

— ¡Si, maldita sea! ¡Pero ya me hizo cagarla!

— ¿Pero por que?

— Porque yo no queria que apareciera por ningun lado la tilde y usted la saca a relucir. ¡Idiota!

Hasta la próxima.

Buscando otro Libro (II)

La referencias incontables mientras veía la serie causaron la curiosidad impertinente y viva de encontrar el librito “El Guardián entre el centeno”, difícil encontrarlo pero valió la pena.

Las aventuras del joven Holden Caulfield durante el verano en que lo expulsan del colegio Pencey, son atrapantes, son directas, crudas, crueles y graciosas, muy graciosas, están llenas de todas esas situaciones de la adolescencia, donde queremos comernos el mundo y a duras penas sabemos llevar las riendas de nuestras vidas por unos días.

Fácil de leer, porque a pesar de ir creciendo siempre en algún momento sentiremos la confusión del joven, la misma sensación de que todo en la sociedad parece postizo y parece irreal, parece maquillado y superficial, donde pocas cosas son auténticas y sinceras, interesante libro.

Hay un momento peculiar en el que hay una referencia clara a Hemingway y pensé «¡Maldita sea! Hemingway otra vez, si señor, es un genio, ha inundado cada rincón de la literatura y de la cultura con su escritura. Si señor.»

En fin, acabé el libro y quede como desorientado, un poco; es lo que tienen la gran mayoría de los libros, los lees y quedas cansado y agotado y los buenos libros, los que de verdad son buenos o excelentes te dejan además un poco vacío y sólo, porque el viaje se acaba con el libro y quisieras cambiar algunas cosas o saber más y porque además los buenos libros tienen personajes que te absorben, que te consumen y con los cuales logras sentir cierta afinidad, pocos escritores lo logran, Steinbeck, Hemingway, lo logró Emily Brontë con Cumbres Borracosas, y esos libros al acabarlos dejan desierta el alma, porque quieres tener más noticias, más sensaciones y más historia.

También debo reconocer que he leído poco y que mi juicio es injusto y parcializado, que posiblemente muchos escritores logran eso y que un libro no es una cosa que se hace así no más, como respirar, que requiere un esfuerzo monumental, y dedicar horas y sufrimiento para hilar un par de líneas.

No se muy bien, no soy escritor, encadeno frases de acuerdo a situaciones, a veces me gusta el resultado y a veces no tanto; me gustaría en algún momento escribir una novela, pero una novela de verdad, que se desarrolle acá, en mi ciudad, en Bogotá, digo mi ciudad como si fuera mía, cuando es la ciudad de muchos, de millones, pero me gusta y la apreció, aunque a veces no parezca así.

El hecho es que sería una cosa interesante escribir una novela, con un personaje central con un carácter un poco difuso, porque al fin y al cabo todos somos así gran parte del tiempo, difusos; y varios personajes que interactúan con él durante la novela. Lo más difícil son los paisajes, no se me da mucho, porque el sentido de la estética y de otras cosas para definir un lugar parece que me lo robaron hace tiempo.

Un novela es una cosa ambiciosa, compleja, eso es cierto, además lo bueno de una novela es que logres meterte en la situación, qué lo que narres lo sientas de verdad, que puedas sentirte en un momento y lugar especifico de acuerdo a lo que estás escribiendo, eso es difícil y si se logra puede salir algo muy bueno.

Y creo que para escribir algo muy bueno, se necesita estar roto, de alguna manera, estar podrido o herido o sufriendo intensamente y pocas veces me ocurre, además se me pasa rápido y luego no recuerdo bien como iba la historia que iba contando en la cabeza pero no escribo en ese momento, craso error. Seguramente eso me falta para ser un escritor, escribir cada vez que se me ocurre un idea valiosa, y con los escasas que son.

Hasta la próxima.

Buscando otro Libro (I)

Imaginarse al señor sentado en Cuba o en África o en París o en Idaho, es fácil; sobre todo imaginárselo escribiendo en algún café con el endemoniado humo de cigarrillo flotando por todo lado y un café humeante al lado mientras se devanaba los sesos para escribir algo. Y si no era café, era un vino o whisky, o algún otro trago y a veces con alguna comida mientras escribía.
Ahora, que de cierta manera conozco la vida de Papa Hem, van quedando pocos huecos para la imaginación; sólo puedo empezar a imaginar lo que sentía al escribir, lo que pensaba y la intensidad con que lo hacía, cosa difícil. O imaginar lo que hacía mientras se mataba para encontrar un par de buenas frases y dibujarlas en un papel o pasarlas directamente a máquina de escribir, mientras andaba las calles de París o de Pamplona o de algunas de las ciudades Europeas en las que de una u otra forma se fue forjando poco a poco para escribir las cosas sencillas pero profundas que son capaces de horadar tantas almas.
Ahora, los sitios como Le Closier des Lilas o el café Iruña son cosas escasas en el altiplano que culmina Bogotá, ahora más que nunca, donde el papel y el lápiz son casi un objeto obsceno para escribir; yo en este momento escribo en un computador con la inmejorable posibilidad de corregir sobre la marcha, de buscar sinónimos y de adornar frases y párrafos; en un momento de la historia donde todo es digital y parece que todo es mejor cuando viene en un empaque de aluminio, con una pantalla que desborda nuestras manos y con la que es posible hablar, tomar fotos y recordar cada evento o situación de la vida, escribir con lápiz y papel parece un despropósito una idiotez; pero yo creo que de cierta forma permite plasmar mejor un instante, que lo que se siente y se escribe no se esfume como se nos escapan a veces los días entre las manos, y que ese instante sea eterno.
Las grandes metrópolis de hoy en día son lugares para la moda, para la música del momento, música de un día para otro, lugares para una comida que debe ser fotografiada porque su calidad no permite que  sea recordada de ninguna otra forma; ciudades donde ya no hay un pensamiento crítico, de ese pensamiento que genera una crisis interna en cada persona, sino ciudades que están atestadas de lugares muy bien adornados, llenos de luces, de sonidos placenteros, de personas sonrientes y de instantes fugaces, lugares para una cultura superficial que mañana ya no recordaremos, lugares donde la felicidad dura lo que dura una cerilla encendida, lugares donde las risas son forzadas y al salir y regresar a casa no hay paz, ni hay tranquilidad, ni reflexión, sólo instantes que se consumen solos y que luego ya no tendremos y no nos importarán nada.
No se que tan fácil sería escribir para mi amigo Hemingway en una situación así, tal vez sería mucho mejor escritor de lo que es, o tal vez odiaría la situación y ni siquiera escribiría, son meras especulaciones.
Bogotá es una ciudad curiosa y parece que ha ido creciendo a los totazos, casi siempre con ensayo y error, y supongo que hace unos 30 años o quizás más los cafés o los sitios para sentarse a leer, a escribir  y sobre todo a pensar, cosa cada vez más escasa en tiempos donde todo debe ser instantáneo como el internet y no queremos hacer ningún esfuerzo, debían abundar y muy seguramente eran sitios para los bohemios o adinerados donde desperdiciaban sus horas por el gusto de hacerlo.
Leer es una cosa complicada, muy complicada, parece que se aprende a leer más por accidente que por una mera conciencia de hacerlo, yo llegue a la lectura más por carambola que por un deseo pleno de leer, y llegue a Hemingway porque se me atravesó en el camino, con un título llamativo Adiós a las Armas, pensé que era un libro sobre la guerra, pura guerra, nada más, pero equivocarme con el fue una buena sorpresa. Luego Muerte en la Tarde que es un tratado casi científico sobre el toreo y luego Los Asesinos el librito de cuentos que se lee solo, luego la obsesión por conocer el resto de la obra de este señor que podía apasionarse por narrar una pelea de boxeo o un instante de conversación con una mujer que le gustará, en fin, así llegaron otros escritos: Por Quien doblan las Campanas, Fiesta, Aguas Primaverales, Paris era una Fiesta, en fin, la gran mayoría.
Leer es difícil; pero escribir es mucho más difícil, es una cosa muy compleja, muy enredada, es raro saber porque quiere uno escribir, sobre todo cuando no es algo para lo cual uno esté maravillosamente capacitado, es decir, cuando cuesta un mundo sacar unas cuantas buenas frases y sobre todo cuando para hacer un par de páginas se requieren montones de ideas, de recovecos, de martillazos insistir y de llenarse de valor y de terquedad para escribirlas. Y es más difícil cuando sin tener un especial talento para escribir, quiere usted hacerlo de manera visceral, cuando el deseo le nace desde el estómago, es como querer volar con desespero y saber que usted no tiene alas.
A veces olvidó a Hemingway por un rato, días o meses, pero se vuelve como un amigo que vive en la cabeza de uno, y siempre retorna, y surge otra vez ese deseo de leerlo, de ver que se me escapo la ocasión anterior, no me pasa sólo a mi, nos pasa a todos, lógicamente no sólo con escritores o libros, con muchas cosas: música, deportes, ciencia, arte, mujeres, personas, en fin, con todo, cada quien tiene sus pequeñas obsesiones que le abollan las ideas y le mortifican gratamente la existencia.
Y entonces he vuelto a releerlo, para ver si encuentro nuevas frases entre las frases ya recorridas, o si por algún fantástico virar de las circunstancias algún nuevo libro o nueva novela o quizás una decena de páginas nuevas que nunca habían sido encontradas hasta hoy, son descubiertas, para el placer de millones y pueda leer para satisfacción propia.
Mientras voy releyendo voy entendiendo cosas que pase por alto, y voy uniendo lo que escribe con otros escritores, con otros libros, con otras artes, con otras personas y con mi vida misma.
Y mientras voy leyendo y tratando de enderezar caminos torcidos o situaciones que he estropeado, siempre surge la idea de escribir, de leer, escuchar y escribir; no es sencillo, sigo haciendo el ejercicio de manera casi atropellada, porque no se me da tan fácil, sobre todo cuando las ideas parece que están en un corral y al tratar de ponerlas aquí parecen seres sedientos luchando por una gota de agua y se atoran tratando de salir para saciar su sed.
Sigo buscando ordenar esas ideas y que fluyan aquí como puede fluir cada respiro que doy mientras tecleo torpemente las teclas del computador. La curiosidad por encontrar nuevo material de Hemingway o de otro par de personajes, de entender el actuar y el sentir de algunas personas, de encontrar momentos mágicos en el fútbol o de llenarme de música, siguen haciendo que escriba de vez en cuando de manera forzada o fluida, no lo se, el hecho es que lo sigo haciendo, porque lo siento de manera vehemente, y algún extraño impulso me mueve a escribir y desahogar un montón de ideas que se atiborran y no dejan pensar con claridad.
— La cagada es que no tengo una buena idea. Y además si escribo las ideas que más se me ocurren, pues posiblemente me tachen de terrorista, sicópata o loco o algún otro adjetivo denigrante. En el mejor de los casos de tener autoestima baja y querer llamar la atención.
— Pero tiene que escribir. Así se desahoga un poco; para desahogarse necesita dejar salir cosas, y sólo ha encontrado dos cosas que le permite sacar toda esa mierda: el fútbol y lo poco que escribe.
 
— Si, pero parece ser que necesito estar muy vacío o muy satisfecho para escribir. De otro modo lo que escribo me parece torpe y superfluo.
 
— Casi siempre se necesita estar jodido para escribir algo bueno; en general parece que se necesita estar vuelto mierda para hacer algo magnífico en la vida. Así son las cosas, para un momento sublime parece que necesitamos años de monotonía y porquería, y de repente hacemos una cosa tan buena, una cosa tan hermosa que siempre la vamos a recordar, aunque el momento en que la hicimos sea muy muy corto.
— Ya veremos que puedo escribir en estos días.
 
— Los libros pueden servir. Hemingway puede ser una buena excusa.
 
— De pronto. Vamos a ver que sucede.
Hasta la Próxima