Juego de palabras 006

— Voy a escribir un relato sin ninguna fuerza, sin ningun acento.

— ¿Que que?

— Eso, que este sera un relato sin acento.

— ¿Sin ningun acento?

— Si, un cuento, una narracion, un opusculo, una anecdota; pero sin el simbolo que todos conocemos.

Sin el simbolo del acento ortografico o acento diacritico.

—¿Cual simbolo?

— ¡Ahhh! No se haga el imbecil, usted sabe a que simbolo me refiero.

— Pues la verdad no, no lo se, ¿a qué se refiere?

— ¡Ayyy!, voy a escribir un historia, sin el simbolo que va sobre las letras algunas veces, ese simbolo tan conocido por todos, que causa problemas en la gente desde pequeños, desde que empezamos a leer o escribir, ese simbolo que causa conmocion en las clases de gramatica o de lenguaje.

— No, la verdad estoy perdido, no recuerdo. ¿Esta usted bien? ¿se siente enfermo o decaido? ¿le duele algo?

— ¡Es una maldita rayita!, el simbolo en una rayita pequeña inclinada que es usada en el español para marcar la fuerza o enfasis de una palabra, ese es el acento, y hay dos tipos, ortografico y diacritico.

— ¡Ahhhh, la tilde!

— ¡Si, maldita sea! ¡Pero ya me hizo cagarla!

— ¿Pero por que?

— Porque yo no queria que apareciera por ningun lado la tilde y usted la saca a relucir. ¡Idiota!

Hasta la próxima.

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¡Palabra!

– Otra vez.

 

– Si, otra vez lo atormento, siempre es agradable hacer esto.

 

– ¿Y esta vez que mierda es?

 

– Es otro de esos estudios filosóficos profundos, que de vez en cuando se me ocurren y en los que caigo como idiota y cuando estoy bien enredado entre ideas y barrabasadas, me rió y duro pensando en eso bastantes días.

 

– ¿Y qué es?

 

– Que el mundo es curioso, esta construido sobre cosas que no podemos definir.

 

– ¡PUFFF! Siempre ha sido así, todo el mundo se da cuenta, o se ha dado cuenta en algún momento y luego lo olvidan o lo pasan por alto y viven cómodamente.

 

– Me refiero a otra cosa, me refiero a que todo ese conocimiento humano, y toda la cultura se ha construido o ha sido edificada sobre cosas indefinibles.

Por ejemplo, fíjese en el lenguaje, construimos palabras, discursos, charlas, interacciones verbales con otra gente, libros, cartas, en fin, todo con palabras, y estas a su vez con letras; pero definamos palabra, se va a dar cuenta que caemos en la trampa; para definir palabra, utilizamos palabras, es decir, vamos a definir un objeto con objetos de la misma clase, caemos en un círculo, no hemos definido lo que son las palabras pero las usamos para definirlas a todas ellas.

Ahora, vaya usted a las ciencias, se dará cuenta de cosas más interesantes, por ejemplo, definamos el vacío, pero para definir el vacío nos situamos allí, nos imaginamos ‘dentro’ de dicho vacío y vemos como se comporta, y lo definimos, pero aquello ya no está vacío, es algo muy muy curioso.

Otro ejemplo, vamos a estudiar la vida, y nosotros que somos, somos un conjunto de células amalgamadas con armonía que se estudian, que estudian a otras a otras células: vida estudiando vida; otro ejemplo, vaya a las ciencias humanas, para estudiar a los seres humanos o grupos sociales, tenemos que meternos allí dentro, tenemos que meternos y ver un grupo, y dejar que ellos nos vean, para estudiar tenemos que sumergirnos, tenemos que involucrarnos, mezclarnos y hasta ensuciarnos.

 

– ¿Y eso que tiene qué ver? Es la manera es que podemos estudiar algo.

 

– Si, tal vez, a lo que yo voy es que eso hace que el objeto que queremos estudiar esté contaminado, ha sido alterado, lo hemos modificado nosotros al querer analizarlo y ver su comportamiento, lo manoseamos, lo corrompemos, lo alteramos, ya no es el objeto que queríamos estudiar, es un objeto parecido, pero no el original.

 

– ¡PUFFF! Sólo a usted se le ocurren esas pendejadas.

 

– No, estoy seguro de que no, a muchos otros se les habrá ocurrido, y seguro también les habrá causado cierta conmoción o extrañeza, en fin.

 

– Usted y sus benditos juegos de palabras.

 

– No son juegos de palabras. No más fíjese en lo siguiente, todo esto son ideas, nada más que eso, ¿y con que construimos esas ideas?, pues con otras ideas, ¿pero qué es una idea? y entonces recurrimos a palabras, que son ideas, y a otras ideas para definir Idea; ve, es un círculo, todo es un círculo.

 

– ¡Que barrabasada! Mejor me voy.

 

– Jajaja, pero ya me escuchó, y le quedará sonando la idea, estoy seguro, palabra.

 

 

 

 

Hasta la próxima.

Buscando otro Libro (II)

La referencias incontables mientras veía la serie causaron la curiosidad impertinente y viva de encontrar el librito “El Guardián entre el centeno”, difícil encontrarlo pero valió la pena.

Las aventuras del joven Holden Caulfield durante el verano en que lo expulsan del colegio Pencey, son atrapantes, son directas, crudas, crueles y graciosas, muy graciosas, están llenas de todas esas situaciones de la adolescencia, donde queremos comernos el mundo y a duras penas sabemos llevar las riendas de nuestras vidas por unos días.

Fácil de leer, porque a pesar de ir creciendo siempre en algún momento sentiremos la confusión del joven, la misma sensación de que todo en la sociedad parece postizo y parece irreal, parece maquillado y superficial, donde pocas cosas son auténticas y sinceras, interesante libro.

Hay un momento peculiar en el que hay una referencia clara a Hemingway y pensé «¡Maldita sea! Hemingway otra vez, si señor, es un genio, ha inundado cada rincón de la literatura y de la cultura con su escritura. Si señor.»

En fin, acabé el libro y quede como desorientado, un poco; es lo que tienen la gran mayoría de los libros, los lees y quedas cansado y agotado y los buenos libros, los que de verdad son buenos o excelentes te dejan además un poco vacío y sólo, porque el viaje se acaba con el libro y quisieras cambiar algunas cosas o saber más y porque además los buenos libros tienen personajes que te absorben, que te consumen y con los cuales logras sentir cierta afinidad, pocos escritores lo logran, Steinbeck, Hemingway, lo logró Emily Brontë con Cumbres Borracosas, y esos libros al acabarlos dejan desierta el alma, porque quieres tener más noticias, más sensaciones y más historia.

También debo reconocer que he leído poco y que mi juicio es injusto y parcializado, que posiblemente muchos escritores logran eso y que un libro no es una cosa que se hace así no más, como respirar, que requiere un esfuerzo monumental, y dedicar horas y sufrimiento para hilar un par de líneas.

No se muy bien, no soy escritor, encadeno frases de acuerdo a situaciones, a veces me gusta el resultado y a veces no tanto; me gustaría en algún momento escribir una novela, pero una novela de verdad, que se desarrolle acá, en mi ciudad, en Bogotá, digo mi ciudad como si fuera mía, cuando es la ciudad de muchos, de millones, pero me gusta y la apreció, aunque a veces no parezca así.

El hecho es que sería una cosa interesante escribir una novela, con un personaje central con un carácter un poco difuso, porque al fin y al cabo todos somos así gran parte del tiempo, difusos; y varios personajes que interactúan con él durante la novela. Lo más difícil son los paisajes, no se me da mucho, porque el sentido de la estética y de otras cosas para definir un lugar parece que me lo robaron hace tiempo.

Un novela es una cosa ambiciosa, compleja, eso es cierto, además lo bueno de una novela es que logres meterte en la situación, qué lo que narres lo sientas de verdad, que puedas sentirte en un momento y lugar especifico de acuerdo a lo que estás escribiendo, eso es difícil y si se logra puede salir algo muy bueno.

Y creo que para escribir algo muy bueno, se necesita estar roto, de alguna manera, estar podrido o herido o sufriendo intensamente y pocas veces me ocurre, además se me pasa rápido y luego no recuerdo bien como iba la historia que iba contando en la cabeza pero no escribo en ese momento, craso error. Seguramente eso me falta para ser un escritor, escribir cada vez que se me ocurre un idea valiosa, y con los escasas que son.

Hasta la próxima.

Buscando otro Libro (I)

Imaginarse al señor sentado en Cuba o en África o en París o en Idaho, es fácil; sobre todo imaginárselo escribiendo en algún café con el endemoniado humo de cigarrillo flotando por todo lado y un café humeante al lado mientras se devanaba los sesos para escribir algo. Y si no era café, era un vino o whisky, o algún otro trago y a veces con alguna comida mientras escribía.
Ahora, que de cierta manera conozco la vida de Papa Hem, van quedando pocos huecos para la imaginación; sólo puedo empezar a imaginar lo que sentía al escribir, lo que pensaba y la intensidad con que lo hacía, cosa difícil. O imaginar lo que hacía mientras se mataba para encontrar un par de buenas frases y dibujarlas en un papel o pasarlas directamente a máquina de escribir, mientras andaba las calles de París o de Pamplona o de algunas de las ciudades Europeas en las que de una u otra forma se fue forjando poco a poco para escribir las cosas sencillas pero profundas que son capaces de horadar tantas almas.
Ahora, los sitios como Le Closier des Lilas o el café Iruña son cosas escasas en el altiplano que culmina Bogotá, ahora más que nunca, donde el papel y el lápiz son casi un objeto obsceno para escribir; yo en este momento escribo en un computador con la inmejorable posibilidad de corregir sobre la marcha, de buscar sinónimos y de adornar frases y párrafos; en un momento de la historia donde todo es digital y parece que todo es mejor cuando viene en un empaque de aluminio, con una pantalla que desborda nuestras manos y con la que es posible hablar, tomar fotos y recordar cada evento o situación de la vida, escribir con lápiz y papel parece un despropósito una idiotez; pero yo creo que de cierta forma permite plasmar mejor un instante, que lo que se siente y se escribe no se esfume como se nos escapan a veces los días entre las manos, y que ese instante sea eterno.
Las grandes metrópolis de hoy en día son lugares para la moda, para la música del momento, música de un día para otro, lugares para una comida que debe ser fotografiada porque su calidad no permite que  sea recordada de ninguna otra forma; ciudades donde ya no hay un pensamiento crítico, de ese pensamiento que genera una crisis interna en cada persona, sino ciudades que están atestadas de lugares muy bien adornados, llenos de luces, de sonidos placenteros, de personas sonrientes y de instantes fugaces, lugares para una cultura superficial que mañana ya no recordaremos, lugares donde la felicidad dura lo que dura una cerilla encendida, lugares donde las risas son forzadas y al salir y regresar a casa no hay paz, ni hay tranquilidad, ni reflexión, sólo instantes que se consumen solos y que luego ya no tendremos y no nos importarán nada.
No se que tan fácil sería escribir para mi amigo Hemingway en una situación así, tal vez sería mucho mejor escritor de lo que es, o tal vez odiaría la situación y ni siquiera escribiría, son meras especulaciones.
Bogotá es una ciudad curiosa y parece que ha ido creciendo a los totazos, casi siempre con ensayo y error, y supongo que hace unos 30 años o quizás más los cafés o los sitios para sentarse a leer, a escribir  y sobre todo a pensar, cosa cada vez más escasa en tiempos donde todo debe ser instantáneo como el internet y no queremos hacer ningún esfuerzo, debían abundar y muy seguramente eran sitios para los bohemios o adinerados donde desperdiciaban sus horas por el gusto de hacerlo.
Leer es una cosa complicada, muy complicada, parece que se aprende a leer más por accidente que por una mera conciencia de hacerlo, yo llegue a la lectura más por carambola que por un deseo pleno de leer, y llegue a Hemingway porque se me atravesó en el camino, con un título llamativo Adiós a las Armas, pensé que era un libro sobre la guerra, pura guerra, nada más, pero equivocarme con el fue una buena sorpresa. Luego Muerte en la Tarde que es un tratado casi científico sobre el toreo y luego Los Asesinos el librito de cuentos que se lee solo, luego la obsesión por conocer el resto de la obra de este señor que podía apasionarse por narrar una pelea de boxeo o un instante de conversación con una mujer que le gustará, en fin, así llegaron otros escritos: Por Quien doblan las Campanas, Fiesta, Aguas Primaverales, Paris era una Fiesta, en fin, la gran mayoría.
Leer es difícil; pero escribir es mucho más difícil, es una cosa muy compleja, muy enredada, es raro saber porque quiere uno escribir, sobre todo cuando no es algo para lo cual uno esté maravillosamente capacitado, es decir, cuando cuesta un mundo sacar unas cuantas buenas frases y sobre todo cuando para hacer un par de páginas se requieren montones de ideas, de recovecos, de martillazos insistir y de llenarse de valor y de terquedad para escribirlas. Y es más difícil cuando sin tener un especial talento para escribir, quiere usted hacerlo de manera visceral, cuando el deseo le nace desde el estómago, es como querer volar con desespero y saber que usted no tiene alas.
A veces olvidó a Hemingway por un rato, días o meses, pero se vuelve como un amigo que vive en la cabeza de uno, y siempre retorna, y surge otra vez ese deseo de leerlo, de ver que se me escapo la ocasión anterior, no me pasa sólo a mi, nos pasa a todos, lógicamente no sólo con escritores o libros, con muchas cosas: música, deportes, ciencia, arte, mujeres, personas, en fin, con todo, cada quien tiene sus pequeñas obsesiones que le abollan las ideas y le mortifican gratamente la existencia.
Y entonces he vuelto a releerlo, para ver si encuentro nuevas frases entre las frases ya recorridas, o si por algún fantástico virar de las circunstancias algún nuevo libro o nueva novela o quizás una decena de páginas nuevas que nunca habían sido encontradas hasta hoy, son descubiertas, para el placer de millones y pueda leer para satisfacción propia.
Mientras voy releyendo voy entendiendo cosas que pase por alto, y voy uniendo lo que escribe con otros escritores, con otros libros, con otras artes, con otras personas y con mi vida misma.
Y mientras voy leyendo y tratando de enderezar caminos torcidos o situaciones que he estropeado, siempre surge la idea de escribir, de leer, escuchar y escribir; no es sencillo, sigo haciendo el ejercicio de manera casi atropellada, porque no se me da tan fácil, sobre todo cuando las ideas parece que están en un corral y al tratar de ponerlas aquí parecen seres sedientos luchando por una gota de agua y se atoran tratando de salir para saciar su sed.
Sigo buscando ordenar esas ideas y que fluyan aquí como puede fluir cada respiro que doy mientras tecleo torpemente las teclas del computador. La curiosidad por encontrar nuevo material de Hemingway o de otro par de personajes, de entender el actuar y el sentir de algunas personas, de encontrar momentos mágicos en el fútbol o de llenarme de música, siguen haciendo que escriba de vez en cuando de manera forzada o fluida, no lo se, el hecho es que lo sigo haciendo, porque lo siento de manera vehemente, y algún extraño impulso me mueve a escribir y desahogar un montón de ideas que se atiborran y no dejan pensar con claridad.
— La cagada es que no tengo una buena idea. Y además si escribo las ideas que más se me ocurren, pues posiblemente me tachen de terrorista, sicópata o loco o algún otro adjetivo denigrante. En el mejor de los casos de tener autoestima baja y querer llamar la atención.
— Pero tiene que escribir. Así se desahoga un poco; para desahogarse necesita dejar salir cosas, y sólo ha encontrado dos cosas que le permite sacar toda esa mierda: el fútbol y lo poco que escribe.
 
— Si, pero parece ser que necesito estar muy vacío o muy satisfecho para escribir. De otro modo lo que escribo me parece torpe y superfluo.
 
— Casi siempre se necesita estar jodido para escribir algo bueno; en general parece que se necesita estar vuelto mierda para hacer algo magnífico en la vida. Así son las cosas, para un momento sublime parece que necesitamos años de monotonía y porquería, y de repente hacemos una cosa tan buena, una cosa tan hermosa que siempre la vamos a recordar, aunque el momento en que la hicimos sea muy muy corto.
— Ya veremos que puedo escribir en estos días.
 
— Los libros pueden servir. Hemingway puede ser una buena excusa.
 
— De pronto. Vamos a ver que sucede.
Hasta la Próxima

Escribir

– ¿Y para quién escribes?

 

– No se, para el que quiera leer. Mejor dicho, no escribo para que me lean; bueno es decir, si; el que quiera leer pues que lea, pero escribo por otra cosa.

 

-¿Por qué?

 

– Hace años la vida es como una presión, a veces la siento encima, como un demonio, como la conciencia, como una piedra, es pesada y me ahoga; hay momentos que no es así, que me siento bien, libre, que respiro tranquilo y voy feliz, pero a veces no y es ahí cuando la vida se hace fatigosa, incómoda, casi insufrible.

 

-¿Y entonces?

 

– Nada, pues que he encontrado algunas cosas que me ayudan con esa presión, con ese desasosiego.

La primera fue el fútbol y sigue siendo la libertad máxima, la mejor de todas, es algo que no puedo explicar bien, pero me funciona, de maravilla, el fútbol es una vida resumida, siempre me había gustado, pero luego de pasar la pubertad, las ganas de jugar, de aprender más se dispararon, además el fútbol me ha dado algunos de mis mejores amigos, el fútbol destapa la sinceridad, no se puede jugar al fútbol fingiendo.

 

Luego descubrí el poder de la lectura, de los libros; es raro, no fue en el colegio o en la niñez, ya estaba hecho, tal vez mal hecho. El hecho es que empecé a leer por curiosidad, por ocupar la cabeza y pensar en otras cosas, porque de verdad la vida parecía pasarme por encima, y los libros estaban allí y son un viaje, una introspección, un examen propio muy exhaustivo que ayuda mucho, dan muchas armas, generan amor, tristeza, dolor, en fin, son un escalera hacía la libertad que muchas veces no tenemos.

Por último descubrí la posibilidad de escribir, lo cual es mucho más difícil que leer, porque requiere que el que escribe se critique muy bien, que se examine hasta el cansancio, aún más que leer, el que escribe tiene que enfrentarse no solo con lo que lo hace feliz o triste, sino con todas aquellas cosas que tiene adentro que no le agradan o que odia de si mismo, es realmente difícil.

 

– Ya veo, pero aún así es raro que alguien escriba sólo para eso.

 

– No es raro, es más, creo que la mayoría de los que escriben sienten cosas similares, plasman con letras muchas cosas que con actos o hablando no pueden o no quieren, es más fácil así. Muchos se vacían al escribir de cosas que los atormentan o les pesan.

 

Para mi es como una válvula de escape, me sirve para aprender, para cuestionarme y para quitarme presión de encima.

– ¿Y quién te lee?

– Algunas personas, amigas o amigos y mis hermanos, creo que son pocos y algunas cosas les gustan. Aquellas cosas que más me ha costado sacar para escribir son las que más les gusta, supongo que es porque termina uno desnudando una parte de su alma para otros.

 

Hasta la próxima.