La musica que flota en el tiempo

A veces aparece, gracias a estas máquina llena de circuitos llamada computador y al invento que abrió la apertura del conocimiento, gracias a esas dos herramientas, entonces puede uno llegar a escuchar alguna de esas buenas canciones.

Una de esas canciones que son lentas, que pesan como la vida misma, como la historia de la humanidad, pero que se metan por los oídos hasta lo profundo de la cabeza, y allí se quedan como un parásito, y se duermen y se quedan y hacen pensar.

Uno de esos blues, uno de esos que parece un trasatlántico lleno de carga lento e impasible ante la tempestad, ante la furia y la fuerza del mar, no se hunde por su tamaño y su velocidad.

Así mismo, así surge un blues y se queda flotando a través del corrosivo y paciente tiempo, el blues flota y se mantiene, debido a su calidad, parece que es muy lento, que no se siente, pero uno entonces cierra los ojos y se deja llevar, y resulta ser un enorme monstruo lleno de calidad, de tonos, de silencios y de sentimientos.

Y entonces esa canción, ese blues se apodera de todo, y coloniza las ideas por unos minutos, una horas, unos días; por un buen tiempo, echa raíces, lentamente, pero son raíces fuertes y tercas, parece entonces que es el blues la música más terca, más robusta.

Parece entonces que es una música medio quieta, tal vez muy simple, parece entonces que es una música que no genera emoción, que no nos mueve, pero entonces debes fijarte en los silencios más que en los sonidos, en las pausas más que en la velocidad.

El blues nació como la vida misma, nació como expresión de unas almas extrañas, en medio de un lugar inhóspito, extraño, contra el sentido común, casi contra la lógica, y se crió escondido, huyendo, y luego engendró muchos hijos, y pasa desapercibido, pero detrás de todo, siempre va dejando un rastro, a veces tenue, a veces profundo.

 

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La Marea de la Vida

Los días pasan en blanco.
¿Te das cuenta de eso? ¿Qué piensas?

No. No piensas, nuestros días son apresurados: dormimos, despertamos, trabajamos, dormimos, trabajamos… se vuelve un ciclo bastante simple; a veces hacemos otra cosa.

El progreso, la tecnología, los cambios, la sociedad actual no nos dejan descansar; debemos movernos, actuar, no podemos parar; si paramos perdemos dinero, oportunidades, quedamos atrás.

Algunas veces, instantes cortos que parecen pestañeos, nos permiten ver la trampa en que hemos caído; estamos ganando algunas cosas materiales, pero perdemos las esenciales, la tranquilidad, paz, felicidad, amor.

Los días se llevan nuestros segundos y nos dejan algo que debemos aprender, funcionamos como robots: echamos mano de nuestras experiencias, de lo que hemos adquirido con el intelecto, para seguir adelante; pero apenas nos damos cuenta de esto, vamos en modo automático, como una cafetera.

Los días nos llevan como si fueran la marea de nuestra vida y nuestros sueños son parte de un naufragio ocurrido hace mucho tiempo, tratamos de recomponer el barco con trozos de recuerdos, de lo que conocemos; el rompecabezas es complicado, esta disperso en millones de pedazos; estamos alerta a la marea para que no acabe con nosotros, eso dificulta armarlo; la marea, los pedazos, el tiempo, los otros, todo.

¿A donde va la vida? ¿Qué nos hará la marea?
No lo se, seguiré remando lo mejor que pueda, todo el tiempo que tenga; tal vez en algún momento arregle mi barco y tome las riendas de mi destino. Seguiré insistiendo.

Fragmento de una conversación del pasado (o del futuro)



– Que rápido ha sido todo.


– Si, empezamos a parecer autómatas, hacemos sin darnos cuenta de lo que hacemos.


– Pero eso esta bien, así no perdemos tiempo pensando cada movimiento, hacemos las cosas de memoria, dedicamos ese tiempo a cosas importantes.


– Tú estas aun muy joven, y no te das cuenta.


– ¿No me doy cuenta? ¿De qué? Que aprovechamos mejor las cosas, que vamos más rápido, que somos mejores.


– Jajaja. Lo dicho, aun eres muy joven.


– ¡Bah!, patrañas.


– No, cuando tengas un poco más de edad te darás cuenta, pierdes oportunidades valiosas, de aprender, de observar, de oír, de crecer, de sentir, de vivir.
La mayoría de las cosas no son valiosos por competir, son valiosas por el valor que le agrega el compartir. Su mayor valor está en cuanto ayudamos a otros con esas cosas que obtenemos o que tenemos; por lo demás solo tienen valor monetario.
La sociedad actual se engulle nuestra humanidad, no dejes que se lleve la tuya como se ha llevado la de muchos otros.
¡Despierta!, antes de que tengas tantos años como yo, y cuando posiblemente el tiempo haya cargado demasiadas frustraciones a tu espalda y el miedo, tu cuerpo y tu mente no te dejen vivir y valorar cosas sencillas que te llenan fantásticamente.