Ideas Fugaces (VI)

¿Dónde está su guardaespaldas, el salvavidas, su apoyo, su soporte?

Pues no está, resulta que la vida se sigue moviendo, los días se empujan unos a otros como personas desesperadas en la fila de un banco. Y el tiempo se va amontonando y los calendarios se van arrumando, y paulatinamente su soporte, su apoyo se va desvaneciendo, resulta que en algún momento se queda sólo, la espalda desnuda y llorando.

Usted sólo, va a sentir miedo, se lo aseguro, se tendrá que hacer cargo de su vida por valiosa o cochina que sea,  y tendrá más miedo que nunca, pero tendrá que aprender a soportarlo, porque si deja que se lo coma el miedo, estará perdido, muy perdido.

Lo importante es que de una u otra forma es lo que ando buscando, una utopía: que cada quien se agarre a si mismo, que cada quien sea su fuente y su sumidero de inspiración, su soporte y su base, una circularidad particular, empezar y terminar en usted mismo.

Al fin y al cabo si se analiza con detenimiento, en el universo vasto e intimidante, nunca podrá encontrar un punto de inicio, un origen, ni un fin, todos los puntos son iguales, usted puede avanzar en una dirección toda una vida y mirar atrás en algún momento y se dará cuenta que no puede ubicarse, está en el mismo sitio que al inicio de la historia.

Todo es circular, por eso es difícil encontrarse como fuente y fin de su alegría y de su desdicha, porque se vuelve una cosa cíclica, enredada y casi frustrante.

En fin, que cada quien tendrá que darse cuenta que su soporte desaparecerá y quedará sólo, putamente sólo y ahí es cuando o despierta o se lo traga el universo.

Hasta la próxima.

Ideas Fugaces (V)

— Yo quería escribir, pero es que no tengo tiempo.

— ¡No hable mierda! No es que no tenga tiempo, lo que no tiene es agallas.

—¿De qué habla? De verdad no tengo tiempo.

— No, no sea mentiroso, no tiene agallas, el miedo se lo trago entero, en este momento es un saco de miedo, de excusas.

— ¿Y de qué voy a tener miedo?

— De muchas cosas, no tiene agallas, reconózcalo, tiene miedo de escribir muchas cosas de las que piensa, de las que pensamos todos.

— Jaja, ¿cómo cuáles?

— Como que el mundo parece una gran piscina de lodo, de estiércol, que a veces las personas son un asco, nos damos cuenta de eso y aún así seguimos con nuestras vidas como si nada, el mundo se va desmoronando pedazo a pedazo y a pesar de todo seguimos desentendidos, pasando por alto todo eso.

— Eso nos permite vivir un poco en paz.

— No, sólo nos permite agarrarnos a más pocas cosas en el mundo. También tiene miedo de escribir otras cosas.

— ¿Cómo qué?

 

— Como que muchos deberíamos convertirnos en lacras, en verdaderas lacras, en las lacras que deseamos ser, que ser “bueno y ético”, según nuestro chato modo de ver, no sirve de mucho, que los buenos y éticos y con valores y valientes y correctos sólo ganan en las películas y sobre todo en las películas de hollywood.
Nos han metido una gran mentira, hace años y nos la tragamos entera.

Parece que toda la bondad y ética que tiene, la puede usted cogerle, dejarla en una lata de esas en las que viene cerveza o comida y dejarla en una calle o en un rincón al olvido y al viento, que se deterioren, porque no sirven demasiado.

— Mmm, en eso acierta un poco.

— ¿Un poco? ¡Ja! Acierto y mucho; la vida es más cruda, más cruel, más extraña, más insensata para nuestros acomodados y acortados pensamientos.
Usted ha pensado esto y muchas otras cosas más y le da miedo escribirlas, expresarlas, porque sentirlas muchos las sienten, a todos les pasa, a todos se les atraviesa como un árbol caído en un río tranquilo: le daña el ritmo, lo altera completamente.

— Si, es cierto, a veces pienso algo así.

— Y cosas peores, y le da miedo expresarlas, sentirlas no, porque a todos les pasa, todos las sienten, no se crea tan exclusivo, no vaya a pensar que es usted un ser privilegiado por eso.

— Es posible que tenga razón.

— Tiene miedo, porque tiempo tiene el mismo que muchos millones de mortales.

— Si, pero si escribo cosas así pues la gente no va a leer, o peor aún van a empezar a tacharme de loco, de desquiciado, de insensato, de irrespetuoso y quien sabe que cosas más.

— Ve, ya se cago del miedo otra vez, la gente tiene una memoria muy corta, usted puede expresar lo que quiera, la gente no va a vivir pendiente de usted, es más, nadie, nadie absolutamente nadie en este universo vasto y asombroso, va a vivir pendiente de usted, nadie.
Sólo ahí un maldito responsable de su vida: usted, nadie más se va a hacer cargo.
Así que escriba lo que necesite escribir, si sus entrañas y su razón se lo exigen con fuerza, hasta el punto que piensa que se va a reventar como un huevo al dejarlo caer al suelo si no escribe.
Escriba, punto.

— Voy a sacar tiempo.

— ¡Ayyyyy No! Ya me huele otra vez a mierda, otra vez con su miedo y sus remilgos.
¡Escriba, maldita sea! ¡Escriba!

Hasta la próxima.

Un Miedo II

— Biiiiip, biiiiip, biiiiip, biii,

¡Alo!

 

Hola ¿cómo estás?

 

Bien y tu.

 

Bien bien, llamaba porque tengo que decirte algo.

 

Dime.

 

— Es que, tengo que decirte que los siento; esto es todo, no tengo nada más. No puedo darte nada más.

 

Mejor dicho, quisiera darte muchas cosas más, pero ahora no puedo, no tengo, y lo que es peor, tengo miedo.

 

Miedo de sentir, miedo de perder, miedo de sufrir, de lastimar.

 

Tengo miedo del miedo, y en ese caso lo mejor es dejar las cosas en este punto.

 

Esto es todo, chao.

 
 

“Terminar llamada, aceptar “

 
 
 

Luego el teléfono celular sonó una veintena de veces, pero nunca fue contestado.

 
 

Y desapareció sin dejar huella para encontrarle, pero si dejando un millar de preguntas sin resolver, una vida de cosas por decir. Desapareció como un arco iris, sin saber exactamente cuando y como llego, y sin precisar como y cuando desapareció, sólo dejando una bonita vista tatuada en los ojos de unos cuantos.

 
 
 
 
 
 

Hasta la próxima

Frágil

El viento era fuerte, él lo notaba en el movimiento de las hojas de los árboles mientras el bus avanzaba en sentido contrario. Unas densas y grises nubes se apoderaban de Bogotá.

Ensimismado, como de costumbre, en estas circunstancias, tuvo otra de aquellas conversaciones, él con uno de sus hermanos, hablaban sobre su familia.

 

– ¿Y usted no tiene miedo?

 

– ¿Miedo de qué?

 

– De que cuando ellos dos falten todo se rompa.

 

– ¿Cómo así?

 

– Si, siempre hemos sido nosotros tres y ellos dos, somos los cinco. Pero en algún momento ellos van a faltar, eso es claro, es algo natural.

– ¿Y que se va a romper?

– Pues todo, todo esto, lo que hicieron con nosotros, lo que construyeron.

– ¿Y por qué ha de romperse?

– Porque al fin y al cabo ellos fueron los que lo hicieron, crearon todo esto, lo mantuvieron; a pesar de todo el tiempo y los sufrimientos, resistieron, nunca se dieron por vencidos, es más siguen ahí al pie del cañón, aguantando, luchando.

 

De algún modo ellos son el pegante, nos han mantenido unidos, gracias a ellos compartimos y vivimos, siempre nos dejaron pensar y actuar, y lo más importante, siempre estuvieron ahí para apoyarnos.

 

– Pero no creo que eso se rompa.

 

– Esperemos que no, ese es mi miedo ahora, que cuando ellos dos ya no estén, todo se rompa y dejemos de compartir, de ayudarnos.

Esperemos que cuando falten sigamos más o menos así.

– Yo creo que si.

El viento continuaba con su castigo en la calle, ya casi era el momento de bajar de allí, mientras regresaba del viaje de sus pensamientos notó que sus ojos estaban inundados, y la garganta era estrecha como un ojo de aguja.

Hasta la próxima.

Envidia

Vivimos agazapados, con rencores, con tristeza, añorando lo pasado y deseando algo mejor, siempre.

Se nos van los años y esta sensación continúa, más añoranzas, más deseos, más cadenas para nuestra libertad y felicidad.

Vivimos deseando lo que otros tienen, envidiando; y siempre nos damos látigo porque no tenemos lo mismo que otros tienen y perdemos minutos, semanas, años, pensando en lo que merecen o no merecen otros; vivimos cargados de envidia, amarrándonos a la culpa de no hacer o de no tener.

Siempre así, mal gastamos nuestras cortísimas vidas pensando en otros sin darnos cuenta que la vida nos pasa por encima y nosotros somos su tapete; que somos tan minúsculos en este infinito y denso universo como para estar comparándonos, compitiendo, tratando de obtener cosas y reconocimiento, cuando al fin y al cabo durará muy muy poco, todas esas cosas son efímeras; cuando terminemos este viaje esas cosas dejarán de importar.

Vivamos, aprendamos, amemos mucho y odiemos poco, toleremos más y lloremos menos, siempre es mejor no pensar tanto en lo que hacen los otros sino en lo que hago yo y como lo hago, en cuanto colabora a mi libertad y felicidad lo que hago a cada instante.

Sólo hay una persona a la que vale totalmente la pena derrotar, con la que siempre será un gusto y un desafío competir: con cada uno de nosotros mismos, somos nuestro rival número uno, nuestro mayor enemigo, cargamos nuestras frustraciones y nuestras fortalezas, cada acción o inacción será determinante al segundo siguiente.

Cada uno de nosotros es la única persona con la que es posible e importante compararnos, sólo así vemos cuanto hemos avanzado, cuanto hemos dejado pasar y cuanto hemos aprovechado los exiguos años que vivimos. Sólo así veremos si de verdad es correcto nuestro camino  para lograr felicidad. Sólo vale competir con nosotros mismos, con nuestros miedos y nuestros sueños.

Y para vencernos debemos estar dispuestos a emplear toda nuestra energía y empeño a dar nuestra vida por ser felices, a emplear toda la disciplina y el tiempo que tenemos para no quedarnos amarrados; para poder terminar el viaje bien, tal vez con muchas cicatrices en el alma y en el cuerpo, pero con una sonrisa eterna de satisfacción.

 

 

Hasta la próxima.

Un Miedo

….

– ¿Y por qué no lo intentas? Dile que la amas, que quieres estar con ella. Es muy posible que te diga que si.


– No, no quiero.


– ¿Por qué? ¿no dizque la amas?


– Si. Siento que la amo, pero…

No.


– ¿Pero qué?


– No, es mejor que no.


– ¿Por qué?

– Porque tengo miedo, mucho, mucho miedo.

– ¿Miedo? ¿Miedo a qué? ¿Miedo por qué?

– A muchas cosas, a que ella no me ame tanto como yo espero, a que las cosas no funcionen, miedo a que se aburra de mi y que la pierda para siempre y más miedos.

– ¿Más miedos?

– Si, miedo a que salgamos heridos ambos, a salir herido yo y sobre todo miedo a herirla a ella, eso es lo que menos quiero, hacerla infeliz.

Miedo a que deje de amarla, que todo resulte ser una falsa ilusión, a engañarla, en fin; esos son los miedos que más me paralizan, tengo miedo a hacerle daño de alguna manera.

Yo no quiero eso para ella, yo quiero que ella sea completamente feliz y que siempre esté bien.


– Difícil.


– Por eso mismo es mejor no intentar nada, prefiero seguirla de lejos, amarla en secreto y estar ahí para ella cuando me necesite, si algún día me necesita.


– No, no porque tu le hagas daño. Lo difícil es que ella siempre vaya a estar bien, nadie puede garantizar el bienestar perpetuo de otro, porque siempre a ella de una u otra forma se le van a presentar obstáculos, dificultades, tal vez sufra, a pesar de que tu hagas todo bien para hacerla feliz, habrá cosas, situaciones o personas que la hagan sufrir.


– Por eso, prefiero no verla sufrir, porque posiblemente eso me destrozaría.


– En fin, pero sigo creyendo que deberías intentarlo.

Sabes, a veces el miedo saca las mejores cosas de nosotros, sin darnos cuenta; el miedo puede ser el mejor motor y el mejor motivador para hacer las cosas bien.

La tarde era apacible, el cielo del centro Bogotano era de un rojo pálido pero hermoso, los dos amigos seguían caminando calle abajo, ahora en silencio; cada uno pensaba en la conversación anterior, ambos tratando de actuar para superar el miedo, a lo lejos se escuchaba Chris Rea – My Deep Blues Ways, el Blues inundaba las calles cercanas.

Hasta la próxima.