Cansancio

Aquella mañana helada, donde la niebla era como un mar de miel y no veías más que un par de metros más allá de donde estabas, ella estaba sentada sola, huesuda y pensativa, sola y cansada, muy pensativa.

Iba amaneciendo, ella llevaba varias horas allí, en la banca de un parque llena de rocío y viendo la niebla ceder perezosamente al poco calor de una mañana que prometía estar nublada.

La huesuda, la parca, la terrible, la inexorable, el final, la muerte; ella, que lleva milenios recibiendo a los viajeros al final del trayecto; ella estaba cansada.

Cansada, de milenios de trabajo, de milenios de encargos y millones y millones de personas asustadas cuando llegaban a su encuentro, estaba cansada y sola, casi siempre estaba sola, pobre muerte, pobre destino, triste su vida y su trabajo.

Llevaba allí alrededor de 5 horas, acababa de terminar la bienvenida a un anciano, casi sabio, que le dijo que era triste pensar en lo que ella hacia. Quedo estupefacta.

— Bienvenido señor M. R. ¿qué tal estuvo el viaje?

— Pues no estuvo mal, tuve momentos memorables y  también tuve momentos deplorables, en fin, supongo que como todos; en resumen fue una vida bien vivida o mal vivida, eso depende de quien pregunte o a quien se le pregunte.

— Tiene razón, lo importante es que lo haya disfrutado, porque si fue un viaje tortuoso, sería una pena.

— Si, siempre uno disfruta el viaje, porque va aprendiendo, sería uno muy ciego si no aprende, sino cambia y corrige, en fin. Se termino, y fue un buen viaje.

— Que bueno señor M. R. Yo estoy aquí para darle la bienvenida, para acompañarlo un tiempo mientras tanto.

— ¿Mientras tanto qué? 

— Mientras usted se va, mientras se desvanece de mi presencia inmaterial a otra cosa; tenga en cuenta que ya no es humano, ahora es sólo una presencia, puede ser en forma de energía, de ondas, no lo se, no lo puedo explicar con exactitud, una presencia que sólo yo puedo ver y muy muy pocos pueden sentir, durará aquí un tiempo y luego se desvanecerá.

— ¿Desvanecerme? ¿y qué me hago? ¿qué pasa conmigo después?

— No lo se, sólo se desvanece.

— ¿Y cuanto tiempo me va a acompañar usted?

— ¿Tiempo? Yo no tengo una medida concreta del tiempo, no como los humanos, para mi el tiempo es un largo hilo, una camino que puedo recorrer en un sólo sentido. No tengo una escala como ustedes, sólo es tiempo, es rato, son instantes amalgamados, momentos que se suceden continuamente, sin esos saltos que dan las agujas o los números de un reloj para ustedes. El tiempo es tiempo y ya.

— Curioso, ¿Y cuánto llevas así mi niña?

—  No lo se, mucho, no hay un punto de inicio, no como para ustedes, siempre he estado aquí desde que tengo conciencia, y siempre he tenido conciencia.

— Curioso, muy curioso.

— ¿Qué es curioso?

— Eso, precisamente; todo ese tiempo, sumado, todos esos minutos, todas esas personas que se desvanecen y sigues así, como si nada, cómoda, tranquila. Es curioso, llevas la existencia en estas, dando la bienvenida a todos los que no queremos llegar, a todas las personas que no quieren terminar el viaje.

Dando la bienvenida a millones de seres que te evitan a toda costa, a millones de almas que no quieren llegar a este encuentro, dando la bienvenida y acompañando a millones que te tienen miedo, que lloran y sufren todo el viaje pensando en ti, pensando en este momento y nadie sabe como es, nadie se lo imagina como es realmente.

— ¿Y cómo es para usted señor M. R.?

— Es diferente, yo me lo imagine de otra forma, traumático, frío, sólo, inexplicable, y a los humanos nunca nos gusta estar solos. Pero es diferente, es agradable, es nuevo, genera ansiedad.

— Ya veo.

— Y genera mucha curiosidad, sobre todo por ti.

— ¿Por mi? 

— Si, porque no pensé que existiera alguien aquí, al final del recorrido. Siempre creí que era sólo y frío y listo, pero estás aquí, y acompañas a los viajeros, siempre, a pesar del miedo que ellos tienen y a pesar de que hablan pestes de ti y te menosprecian y te temen, los acompañas.

Y me da un poco de pena pensar que ellos se desvanecen y tu sigues aquí, haciendo lo mismo, tu no vas a terminar un viaje y no existe alguien esperándote al final del viaje, eso me causa tristeza.

— Pero no estoy sola, ahora está usted señor M. R.

— Si, pero como tu misma dices, me desvaneceré, y luego estarás sola de nuevo.

— Pero es mi tarea, es mi trabajo, esta es mi vida.

— Y además nunca terminas este viaje, como me dijiste, es un camino de un solo sentido, peo no tiene fin, no tiene cambio.

¡Empiezo a desvanecerme!

— Es cierto señor M. R. hasta luego.

— ¿Puedo darte un abrazo mi niña?

— ¿Un abrazo a mi? ¿Por qué señor M. R.?

— Porque estás sola, y porque esta tarea es penosa y triste.

— Bueno, está bien señor M. R.

— Hasta luego mi niña solitaria.

— Hasta luego señor M. R.

  

Y en un abrazo se fundieron las dos presencias, luego de unos instantes, la huesuda quedo abrazando aire, el viejo semi sabio se había desvanecido. Luego, se miraba las manos, quedo consternada, en medio de aquella noche y desde ese momento, la invadió la tristeza y la soledad, y se olvido por completo de todas las otras bienvenidas que tenía que hacer aquella madrugada.

La corta conversación y la presencia del viejo M. R. la había pateado las certezas, le había trastornado su mundo, le había dejado todas sus ideas, toda su comodidad, toda su cordura patas arriba.

Esa conversación la había revolcado su vida, como dice el sabio poeta Sabina, aquella conversación fue para ella como un “viento que te arranca del aburrimiento y te deja abrazada a una duda en mitad de la calle y desnuda”.

Permaneció allí, sentada en la banca del parque desde casi la media noche hasta el amanecer, pensando, sola y llena de melancolía, consternada porque ella no tenía a alguien que la esperará al final del viaje, porque ella en si misma parecía ser un viaje, pero un viaje sin fin y sin cambios; ella estaba para recibir a todos, pero nadie la recibiría a ella.

Eso la dejo abrumada, le dejo la vida pendiendo de un suspiro, de una idea. Aquel viejo arrugado e impertinente le dejo una duda tan grande como la galaxia, le había desbaratado todos sus soportes, la dejo desubicada, como un barco sin brújula y en medio de la tormenta.

Cuando empezaba a asomar la luz del día, ella estaba sumida en extrañas cavilaciones, se puso de pie, camino hacía un bote de basura allí cerca y arrojo la lista de sus tareas, arrojo todo aquello que tenía que ver con su trabajo, con su existencia, se deshizo de todo eso, y con sus ropas raídas por todos los milenios y sus piel pegada a los huesos echo a andar, sin rumbo, pero con un objetivo.

¿Y el objetivo?

Se fue con ella caminando.

Hasta la próxima

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Buscando otro libro (III)

Sigo leyendo, parece que papá Hem nos ha dado un respiro, ahora lo leo en orden cronológico, para apreciar como cambió su escritura y como cambió él durante el tiempo. Y puesto que ha dado un pequeña tregua, pues sigo leyendo, otras cosas, otros autores, contrastando, aprendiendo, juzgando; así somos, la tendencia humana de juzgar todo se nos recuesta toda la vida, todo el tiempo, casi como la atmósfera del planeta.

 

Bien, encontré un libro, o mejor aún, lo busque por una expresa recomendación: Rayuela, sabía de su existencia, había leído algunas líneas esparcidas por internet en varios sitios, había leído algunas referencias poco profundas del libro y su autor, y me sentía poco animado por acercarme al libro, hasta que gracias a varias conversaciones y recomendaciones interesantes, lo atrape, me así a él y lo voy leyendo.

 

Y entonces aparecen Horacio y La Maga, y esa manera extraña de quererse de ambos; él sin juzgar nada de ella, siempre explicándole cosas que ella quiere saber o que no sabe aún, y ella preocupada, pendiente y entendiéndole en su rareza, y a veces alejados y a veces cercanos como una sola alma. Y están en París, y las calles y los sitios y los libros y el vino y el mate y algún otro trago y las noches de lectura que se transforman en madrugadas y en conversaciones entre varios amigos sobre libros y letras, sobre jazz y blues.

 

Y parece que cada centímetro cuadrado de París que van recorriendo los personajes se va inundando de música y de letras y de ideas; filosofía, música, vino, mate y noche y día. Y todo es un cóctel molotov que incendia la cabeza, y parece que París nunca duerme y que siempre está latiendo en algún sitio por un libro, por una página, por alguien solitario que recorre sus calles en las noches o madrugadas o al mediodía, mientras su cabeza es como 1789 y la revolución Francesa.

 

Y entonces surge todo el poder del amor raro entre La Maga y Horacio, y sus dudas y sus certezas y sus amigos; luego las dudas de Horacio por el amor de La Maga y los celos y la tristeza de La Maga por la relación de Horacio y La Pola; y surge toda esa magia de esa relación en la que “andaban sin buscarse aunque sabiendo que andaban para encontrarse”,  donde deambulaban pensando, amando, dudando, peleando y volviendo a amar, y luego se apartan, casi de un sólo tajo, como cuando cortas un tomate con un cuchillo y luego tratas de unirlo y nunca va a emparejar, así de una vez y para siempre.

 

Y luego ese retorno de Horacio, y mientras retorna, un millón de ideas, de recuerdos, de libros, de libros dentro de otros libros, de recordar a los amigos, de pensar en escribir, en que es el ser humano, en las relaciones humano-humano, en fin, porque todo retorno es recuerdo, es sopesar, reír y llorar.

 

Y cuando ha regresado: Manuel y Talita, y una relación casi maravillosa y rara, y su relación indiferente con Grekepten, en la cual ella se desvive por él y él está a un millón de millas de allí, en su mundo, un mundo sólo y apático. Y luego, empieza ese laberinto donde  imagina a La Maga en Talita, y una lucha no declarada entre Manuel y Horacio y Talita parece el premio mayor, y ella sufre y se siente mal por eso.

 

Y el trabajo en el circo, y luego los líos y después el manicomio, y el trabajo allí, y el hecho donde se despeña todo, y siempre Horacio recordando a La Maga mientras ella jugaba a la rayuela, y finalmente el duelo entre Horacio y Manuel.

 

Y esta aquel duelo, en un cuarto lleno de piolines, de hilo, de rulemanes, de palanganas, de trampas, la oscuridad y la espera de Horacio, esa espera por la furia de Manuel; y luego el enfrentamiento, y llega el duelo: un juego de dos adultos entre todos aquellos hilos y trampas en las que si te mueves te enredas y algo cae y se rompe y hay risa, treguas y discusión, un juego de niños. Al fin y al cabo Manuel y Horacio no hacen otra cosa que vivir, jugar; porque la vida es juego y está llena de esas pequeñas trampas, de algo que cae, se rompe y ríes o lloras, y luego llegas a una tregua y después hay tranquilidad.

 

Porque vivir es jugar, es arriesgarse a perder o ganar, es acordar unas reglas y jugar de acuerdo a ellas y mantenerse en ese juego. Y dejo un montón de libros que contiene esta mágica obra adentro, porque como dice su autor: es un libro con muchos libros dentro; y tonto y pretencioso sería yo al tratar de condensar un poco toda esa magia y todas las ideas que salen espontáneamente mientras se lee.

 

Al final la vida como el libro es como su título, un juego: Rayuela, tratas de llegar al cielo, pero vas saltando sobre una pierna, y puedes fallar y entonces debes recomenzar.

 

 

 

 

 

Hasta la próxima.

 

¡Ahhhhhhh!

— ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh!

 

Y el grito se fue apagando, ¿a donde fue? no lo sabemos; sabemos que mientras se ahogaba en la noche, en el ruido de la oscuridad; quien gritaba sentía algo, dolor, felicidad, euforia, tristeza, vértigo; no sabemos, pero gritó y se hizo escuchar, durante unos instantes.

 

El grito rompió la tranquilidad, la monotonía, rasgo el silencio y el negro de una noche lluviosa, y pinto con su sonido una franja amarilla con bellos bordes anaranjados, que el negro fue devorando poco a poco a medida que el sonido se apagaba.

 

Gritó y luego calló, y no supimos porqué; todo luego continuó como si aquella anécdota fuera un mito más en la historia de los días, en la vida rectilínea de los segundos; la vida siguió como si no existieran sobresaltos, como si paseara en tren sobre unos rieles muy lisos y parejos.

 

Y luego un día alguien recuerda o pregunta, y otro le contesta y le cuenta, es como una linda narración de hechos lejanos y mágicos y que parecen irreales al ser contados.

 

Porque tendemos a olvidar la importancia de las cosas, lo que pasa llega a ser irrelevante, puede ser pasajero; como una brisa tranquila que trae de derribar un pino, los hechos se minimizan,  como una mosca tratando de derribar un elefante; una cosa insignificante.

 

Y la historia y la vida están llenas de gritos, de alaridos, que rasgan las noches y los días, y llenan de colores y de vida los cielos; pero no son eternos y por eso pueden ser olvidados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hasta la próxima.

Un gato doblando la esquina

Y no hay gato y no hay esquina.

 

Aún no alcanzo a entender como a alguna gente le gustan los gatos; es decir, no es que yo lo odie, sólo que me parecen tan indiferentes, tan independientes de las personas, que prefiero ser indiferente con ellos.

 

Los perros son otra cosa, son casi como escuderos, podrían ser los kamikaze de sus dueños, se harían matar por quienes quieren. Son fieles ciegamente.

 

¿Y el gato doblando la esquina?

 

Hasta el momento sólo lo ha visto Hemingway en algunos de sus relatos.

 

Yo sólo veo gatos en las oscuras noches, solitarios y contemplativos, gatos bañándose a la luz de la luna y del alumbrado público.

 

Gatos vigilando por un bocado, gatos sobre los muros, sobre los tejados, gatos románticos esperando cortejar a una gata solitaria y que también está paseando algún muro. Gatos bohemios, gatos extraños que harán amistad para luego pelear. Gatos que buscan compañía de una noche porque mañana otra vez habrá soledad.

 

¿Y los perros?

 

Los perros pasean a todas horas, rara vez están sobre una muro o sobre una cerca, siempre al nivel del piso, siempre arrastrados como nosotros.

 

Con andar cansino y ojos expertos y pelo curtido, la vida de la calle les ha pegado duro. Han aprendido. Buscan comida, a veces andan solos y cuando andan en grupo son unidos, cuidan unos de otros, son una maraña.

 

Y también buscan compañía, aunque por lo general no terminan peleando, solo terminan y cada cual por su lado. Y doblan las esquinas y doblan las ciudades, y cruzan semáforos, y te miran con humildad y una sonrisa sabia oculta en los ojos que delata que la calle y el frío los ha vivido.

 

Los gatos son como bohemios burgueses, salen a contemplar la luna y las estrellas como los poetas, y tendrán algún verso y serán felices y salen por gusto, y pocas veces doblan la esquina; los perros son como esos artistas del blues, en sus comienzos, que recorrían calles y ciudades y noches y días por un bocado y a veces por compañía.

 

 

 

 

 

Hasta la próxima.

 

Un abrazo

Y esa noche a las 11:25, tuve la certeza de que podría salir corriendo, a buscarla.
Una cosa extraña, tenía la seguridad de que si salía en ese mismo instante y corría a buscarla, la íba a encontrar, y que podría darle un abrazo tan fuerte que nos dejaría a ambos extenuados y casi sin aliento.
¿Correr a donde? No lo sabía muy bien, sólo salir de la casa, hacia cualquier lugar, y luego en algún momento en alguna calle fría y con algunas pocas luces provenientes de casas donde la gente aún está despierta, estudiando, leyendo, viendo televisión o agotando sus minutos, la iba a ver allí parada, en medio de la calle y ella me estaría esperando, y me sonreiría, y yo le devolvería la sonrisa y correría a abrazarla, sólo eso.
Una cosa extraña, y mientras nos fundíamos en ese abrazo, en la noche fría el tiempo pararía, y las cosas serían buenas y no necesitaríamos palabras, sólo el abrazo, mirarnos, sonreír, otro abrazo, un par de besos en la mejilla y otro abrazo y sonreír como tontos a pesar de la noche y del frío y de la posible lluvia.
Y luego caminaríamos un largo rato, como hacia mucho tiempo no lo hacia, y sería como hace muchos años, caminar muchas horas, no importaba nada más, sólo caminar, porque siempre es bueno, las caminatas siempre serán buenas con ella, sin palabras, sólo un paso tras otro y a veces mirarnos y sonreír y de vez en cuando un par de preguntas, ¿está cansado?, ¿tiene hambre?, ¿cómo le ha ido?, preguntas de esas, y respuestas cortas y sonrisas de compresión y amor, y silencios largos y profundos y llenos de algo que no se explicar muy bien pero que siempre traen paz y sabiduría.
Y luego de muchas, muchas horas de caminar y caminar, de una gran paz, nos despediríamos en algún sitio y yo le diría que estaría esperando para la próxima caminata, y ella me sonreiría, me daría el último abrazo y un beso en la mejilla y me diría que me cuide, y luego yo regresaría corriendo, con la garganta encogida, los dientes apretados para no permitir que salieran las lágrimas, volvería a mirar atrás y ella estaría allí de pie, me diría adiós con la mano, yo también haría lo mismo y seguiría corriendo.
Esa noche volvía a recordar a mi abuela, y la certeza se desvanecía de golpe como casi todas las cosas buenas, se acaban en un pestañeo y dejando una rasgadura en el alma de cada ser;  porque me hace falta, y porque las cosas son distintas, y todo esto ya no es posible.
Hasta la próxima.

Ideas Fugaces (III)

Lunes 4 de noviembre. La finísima lluvia se resiste a dejar de caer. Miles de luces se reflejan en el pavimento húmedo de la carretera, producen una agradable sensación en los ojos.
Se queda absorto algunos minutos mirando el reflejo de las luces, instintivamente recuerda un vídeo de Eric Clapton donde sucede algo parecido: los reflejos de las luces en la carretera, la lluvia, la gente caminando y la lluvia cayendo.
Tiene la cabeza llena de ideas, millones de ellas, tantas como hacía mucho tiempo no ocurría, ni siquiera sabe por donde empezar, no sabe como desenredarlas, no sabe como detenerlas o como controlarlas, son un río, que cuando aparece se lo llevan por delante, sin contemplación.
Inundada la cabeza de ideas, pero con la presión en el pecho, aquella presión que es familiar, que siente algunas veces, pocas veces a decir verdad, pero de forma tan intensa que por lo general termina llenándose de rabia, de dudas, de ideas flojas, de idioteces.
“Lástima, con estas ganas de escribir y yo lleno de tanta mierda.
Si escribo ahora, escribiría cosas que a la gente posiblemente no le gusten, y que no van a ayudar a nadie.
Tóxico, muy tóxico.”
Sigue esperando un bus, han pasado muchos, pero ninguno de ellos ha parado. Sigue mal diciendo un poco, luego sonríe, mira a lo lejos y sigue pensando, el bus aún no pasa. 
“Sólo queda una posibilidad, seguir trabajando, seguir caminando, seguir insistiendo, ser terco, muy terco, muy muy terco.
Si me rompo o si me estrello contra el mundo o si sufro; si todo es volátil y efímero o si todo es ilusión o si la cago.
Pues bien, tendré que lamerme las heridas, solo como otras veces y seguir, al fin y al cabo hay muchas cosas que sigo aprendiendo a porrazos y de cualquier forma me lamo las heridas y sigo, y a veces vuelvo y la cago, y la cago otra vez, y otra vez, jaja, ya aprenderé.
De todas formas siempre saco cosas buenas de todo esto, tal vez ahora no parece así, pero siempre sale algo bueno y siempre aprendo, tal vez no cuando toca, sino mucho después.
Ahí viene el bus.”
Sube al bus, algunas personas de pie, siente el golpe de calor que retrata claramente el fresco frío que hay en las calles. Paga, se acomoda y sigue pensando, mira a través de la ventana sin pensar, solo ve manchas de colores y oscuridad, se suceden rápidamente, no es consciente de ello; sigue luchando contra el desbordado río de su cabeza, de sus ideas. 
Hasta la próxima.