Ideas Fugaces (VII)

Al fin de cuentas nadie ha logrado nada sólo llorando.

Hay que romperse el lomo, hay que romperse el alma.

Llore, si quiere, si lo necesita, pero no se quede quieto, no le sirve de nada, muévase, decida algo, continúe o renuncie, pero decida; actúe y cambie algo.
Sólo cambiando algo notará algo.
No se deje abatir, aún queda vida por delante, mientras esté respirando lo puede intentar de nuevo.
Nada es tan definitivo en la vida, sólo la muerte.
Siga adelante, esté seguro que le van a romper el cuerpo, le van a destrozar el alma, pero aún así puede continuar.
Porque está vivo.

Hasta la próxima.

Todos quieren cambiar

Quiere usted cambiar algo, quiere cambiar algo de este planeta.
Si su respuesta es si y desea fervientemente cambiar algo aquí; una sola cosa, una sola maldita cosa, la solución es sólo una.
Primero, póngase de pie, donde sea, observe el lugar donde esta parado, ¿ya? bien, ahora delimite bien ese sitio, claro, puede cambiar según usted se mueva, pero por ahora usted está dentro de esa área.
Ahora, fíjese bien, fíjese donde empieza usted, mire como esta y hasta donde alcance a verse.
¿Listo? bien, ahora fíjese donde acaba usted, en la coronilla de su cabeza, sea como sea ésta.
Ahí tiene lo único que puede cambiar usted en este mundo, sólo esa pequeña cosa: usted mismo.
Nada más, sólo esa extensión de hueso, carne y pensamientos, es la única miserable cosa que puede cambiar en el planeta.
No será fácil, cambiar esa cosa que es usted no es tarea fácil, por el contrario es la cosa más complicada del mundo.
Porque es lo que más se le resiste, porque siempre se está engañando a usted mismo y porque siempre querrá estar cómodo y cambiar no es cómodo, requiere mucho esfuerzo, paciencia y disciplina.
Cambiar siempre es traumático.
Tranquilo, no se angustie demasiado, hay algo bueno en todo esto. Si ya aprendió y logró cambiar, entonces ahora si puede empezar a hacer lo que quiere, cambiar todo a su alrededor.
Esto es un poco más fácil, porque ya conoce la técnica, ya sabe que debe hacer.
Y porque cambiando usted todo irá cambiando alrededor, será una consecuencia natural.
Hasta la próxima.

Anécdota (I)

La piedrita avanza rápidamente varios metros gracias a la patada anterior, levanta la vista para ver donde cayó, está lejos de su trayecto, la pateo con demasiada fuerza, sigue con la rabia, y la enorme cantidad de ideas que casi siempre le atormentan.

– Me hago viejo, ahora me gustan cosas que no me gustaban y me agrada la música que antes no me gustaba, en fin.

 

Que mierda hacerse viejo, es raro, se gana experiencia, se aprende, pero se siente uno más inútil, más vacío y hasta más solo.

Ahora soy más tolerante, ahora pienso cada cosa antes de actuar, no como antes, soy más paciente, aunque es bueno también es extraño.

El sol le cocinaba las orejas y la nuca mientras seguía caminando cabizbajo y maldiciendo en su interior.

– La mayor cagada de hacerse viejo es que uno ya no puede hacer todo lo que podía hacer antes, el cuerpo cambia, se cansa, se desbarajusta, que mierda.

Iba cruzando una calle y se tropezó y cayó, como un tonto, se paro de inmediato; sabía que lo observaban, y que hasta se reían de él, esgrimió una sonrisa falsa y torcida y siguió mientras se sacudía.

– ¡Maldita sea!, y la gente se ríe.

Eso, ríanse ahorita, que yo me río luego, ya podré yo reír cuando alguno se caiga…

Porquería.

 

– Voy a mostrarles de lo que soy capaz, a pesar de lo viejo que estoy, voy a conquistar el mundo, voy cumplir cada objetivo, voy a mostrarles que soy un genio, que soy un guerrero, que soy una mula, terco y fuerte, soy un maldito sabelotodo.

Y mientras se llenaba de rabia y motivación, apuraba el paso, ya no maldecía, solo quería hacer cada cosa que tenía y quería hacer, hacer cada cosa bien y salir triunfante, el sol seguía sobre su cabeza con indiferencia.

Hasta la próxima.

Viaje

Ana era una mujer vieja, sabia y silenciosa, tal vez con poca educación, pero con muchas cosas para enseñar, cosas que son realmente valiosas para la vida; de esas personas que enseñan más desde el silencio; bondadosa, con muchas anecdotas, muchos seres queridos y muchas situaciones que recordar y disfrutar; una mujer con millones de sueños dispuesta a sacrificarse para lograr algo de bienestar para toda familia; Ana era la abuela.

Ricardo era un joven de esos que abundan, con la cabeza hirviendo en ideas y poca acción, con tantas ideas y sueños que termina paralizado al tratar de hacer algo, con toda la vida por vivir y mucho por aprender, con ganas de sacrificar poco y disfrutar mucho, con la idea que vivir es disfrutar y pasarla bien; Ricardo era el nieto.

Ambos compartieron cientos de momentos, millones de instantes, de todo tipo, alegres, tristes, tensos, momentos de rabia, de ira, de felicidad y paz, de desasosiego e indiferencia, es lo que se tiene cuando se cuenta con una familia, es lo que se vive cuando decidimos compartir la vida con otras personas.

Como la vida es inevitable, la muerte también y Ana enfermo, gravemente, todos sabían que iba a morir, pero ella tal como era, sabia y bondadosa pacto una tregua con la muerte.

Ana ya es hora.

– Ya lo se, debo irme.


– Y entonces ¿por qué te resistes?

– Porque necesito despedirme de todos aquellos que me acompañaron alguna vez en este viaje, o por lo menos de aquellos que más tiempo  recorrieron el camino junto a mi. Por eso quiero hacer un trato, tu me dejas despedirme de todos los que quiero y luego dócilmente me iré contigo.

– Ana, pero eso puede tomar mucho tiempo.

– Ya lo se, pero es un trato justo, para ti y para mi.

– Esta bien, así lo haremos, dame la lista de todas esas personas. Yo les avisaré a todos ellos.

– Perfecto.

 Sentenció Ana esbozando una sonrisa de plena tranquilidad.

Uno a uno todos los familiares fueron acudiendo a Ana para despedirse, y luego de conversar con ella unos minutos, todos quedaban tranquilos, en paz con Ana y sobre todo consigo mismos. Sólo faltaba alguien, Ricardo.

A él lo tomó por sorpresa.

– Ricardo.

– Si, ¿qué pasa?, ¿quién eres y qué quieres?

– Soy la muerte, Ana va a morir y necesita hablar contigo, sólo faltas tu, necesita hablar contigo para que pueda morir en paz.

El silencio fue tan largo y denso que parecía que podía tocarse con las manos, el nudo en la garganta del muchacho no le permitía casi respirar.

– No se, yo no quisiera despedirme de ella, quiero que siga viviendo.

– Pero tarde o temprano vas a tener que hablar con ella, de todas formas ella ya decidió morir después de eso. De una u otra forma todo se llevará a cabo.

Otro largo silencio y luego con los ojos inundados, la voz quebrada, la mente y el alma en otro sitio pronunció:

– Está bien, mañana iré a despedirme.

Luego rompió en llanto, ese llanto de los niños sin consuelo, ese llanto de los hombres rotos, de las mujeres tristes, el llanto de las almas solas y destrozadas.

Ana estaba en su cama, se veía radiante, a pesar de que estaba enferma, estaba tranquila, solo esperaba al joven con paciencia, esa paciencia propia de los viejos, esa paciencia que sirve para construir imperios y deshacer odios, esa paciencia que crea vida y esquiva a la muerte.

Ricardo estaba desaliñado, había llorado mucho, pero ya estaba más tranquilo.

– Hola mijo.

– Hola Abuelita.

– Sumerce está acabado, ¿si ha comido bien?.

– Si señora. Estoy bien.

Luego sólo se miraron, durante mucho tiempo, como muchas otras veces, en silencio, sin hablar sabían muchas cosas uno del otro, en silencio sentían, se enseñaban y aprendían.

Ricardo hablo, pero le costo una vida, todo lo que había vivido y aprendido para reunir la poca valentía que tuvo para empezar un susurro.

– Abuelita ¿Por qué quieres morir?

 

– No mijito, no quiero morir

 

– ¿Y entonces?

– No me quiero morir, pero tengo que hacerlo, todos debemos hacerlo, en algún momento.

– ¿Es qué no eres feliz viviendo?

– Si, siempre lo fui, por eso es hermoso este viaje llamado vida, porque podemos ser felices.

 

 – No entiendo.

 

– Ya lo entenderás mijo, en algún instante.

La vida es un ratico, es un viaje, hay que disfrutarlo. Siempre disfrute este viaje, pero es la hora de terminarlo y de comenzar otro.

No se cuanto duré el otro, cuando termine, pero llegará ese momento, también tu terminarás éste viaje y seguirás con el siguiente y hasta de pronto nos encontremos otra vez en el próximo.

Es algo nuevo y me siento feliz y ansiosa por sentir y estar en el otro viaje, a pesar de que en este disfrute y disfruto mucho, a pesar de que tengo y dejo muchos amigos.

Por largo tiempo ambos callaron, ambos se miraban en silencio, miraban todo alrededor, como si siempre hubieran estado así, ambos estaban tranquilos, en paz, ya podían descansar, se comprendían y sabían que ambos se amaban.

– Abuelita, de todo lo que viviste en esta vida, ¿que fue lo que te hizo más feliz?

 

– Mijito, muchas cosas me hicieron feliz, mis hijas y mis hijos, mis nietos, sumerce, muchas cosas, verlos felices y tranquilos a todos me hacía muy feliz.

– Pero de todo eso, ¿qué fue lo que te hizo más feliz?

– Mijo, esto.

– ¿Que cosa?

– La posibilidad de elegir, de decidir, como ahora. Eso fue lo que me hizo más feliz, a veces me causó tristeza, pero siempre fui feliz por eso.

Poder decidir que hacer cada instante me hacía feliz, como ahora, poder elegir en que momento morir me hace feliz.

Eso es lo que permite la mayor felicidad de la vida, poder elegir.

Luego hubo silencio, largo, muy largo, pero tranquilo.

 

 

 

 

Ricardo tuvo que vivir y aprender y también se hizo viejo, ayudo a muchos y muchos le ayudaron; fue feliz y triste también, y tuvo que despedir a muchos amigos y amó a mucha gente y también odio a unos pocos, pero aquel breve momento quedo grabado en su memoria para siempre, de la misma manera que los ríos graban su historia en la piel del planeta.

Hasta la próxima.

Esa extraña pelea entre Paciencia y Resultados

Sin saber porque o como, a veces llega esa sensación de inutilidad, de no saber para donde se va ni porque, esa sensación de estar perdido en un mundo extraño, que a veces nos sonríe y a veces nos pone zancadilla; esa sensación de no ver ver frutos, de no ver resultados pronto; entonces cada idea parece inútil y brillante al mismo tiempo, como si un genio y un idiota habitaran la cabeza al mismo tiempo y en sus discusiones se escaparán estas ideas que al final terminamos plasmando cada día, a cada momento con cada acto.

Pero estas sensaciones pasan, duran unos minutos, un par de horas, a lo sumo algunos días; ¿cómo pasan?, fácil, llegan otras ideas nuevas a ocupar ese lugar, alguna ilusión banal o trascendental, no importa, importa que desplaza a las otras ideas; a veces el orgullo y el deseo de mostrar que somos mucho más capaces, mejores, que también podemos, se imponen a toda esa patraña que se instala y se acomoda en cada mente, y cambiamos, volvemos a creer, a intentar, a triunfar o a fracasar.

Al final no importa, cada conmoción de nuestras cabezas transcurre tan rápido que ni nos damos cuenta, al final solo cada uno de nosotros es quien vive la incertidumbre, quien tiene que afrontar el dilema de elegir y actuar.

Hasta la próxima.