El maldito inclemente

Es triste como la memoria se anega con lágrimas de recuerdos borrosos, como el tiempo inclemente va dando martillazos en las cosas, las personas y los lugares que alguna vez conocí.

Como las calles se agrietan, las casas se caen, los árboles se secan, como las personas se van, y los recuerdos de ellas se van desdibujando.

Como trato de aferrarme a esos recuerdos, como trato de agarrarlos, pero las personas de mis recuerdos se deshacen y las agarro, pero no están y es como agarrar humo. Trato de recorrer los lugares que ellas recorrieron, pero ya no son aquellos lugares. Trato de respirar el aire que alguna vez respiraron, pero ya no es ese aire, porque sabe diferente.

Porque al ir a esos lugares ahora, ya nada es igual, porque parece que todo se detuvo y esas personas están allí, pero la vida real no es así, y mi memoria me sacó de ese lugar y ya no puedo entrar.

Porque a veces a esas personas las recuerdo, pero su recuerdo se me trata de borrar y me resisto, porque a veces me hacen tanta falta como la comida, como el aire, y entonces el vacío se instala adentro del cuerpo y se siente uno como un cascarón inmenso y frágil y tiene miedo de romperse, porque parece que dicho vacío está allí desde hace mucho tiempo y que es inmensamente difícil de llenar.

A mi abuela, porque la recuerdo a veces y deseo haber tenido más tiempo, pero el maldito inclemente no perdona.

Hasta la próxima.

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El ataque de los recuerdos

Hoy estoy blandito, hoy los recuerdos se han abalanzado sobre mi y me han molido a golpes.

Hoy me han magullado, me han golpeado sin piedad.

Hoy, los recuerdos, me han hecho saber, otra vez, de que están hechos: de todo el peso de nuestra historia, de nuestros fracasos vivos y nuestros sueños muertos.

Hoy los malditos han confabulado para atacarme, apenas iba abriendo los ojos con descuido, como quien al caminar va girando la esquina confiado de que todo está tranquilo y han aparecido ellos, en montón, con mala cara, con sonrisa sangrienta, y me han golpeado, sin piedad y con motivos.

Vaya que si tenían motivos, muchos; para atacarme de esa forma tan cruel. Ellos fueron más astutos, se dieron cuenta de lo que yo pretendía hacer. Pretendía enterrarlos, vivos, hacerlos a un lado y pretender que nunca fueron. Quería enterrar todos y cada uno de ellos, de esos recuerdos tuyos, donde siempre estás tu, brillante, hermosa y única. Y donde también estoy yo, babeando y pensando en ti, sonriendo perplejo ante tu presencia, con sonrisa tonta, como un perrito con juguete nuevo.

Yo quería matarlos a todos, a todos, sin dejar rastro, sin permitir que se dieran cuenta, pero no alcancé.

Porque pretendía aniquilar todo cuanto se relaciona contigo, sin hacerte daño. Pretendía cortar todos aquellos hilos que me conectaban a ti de alguna manera, fueran fuertes o delgados, no importa, pretendía cortar eso y dejar que te fueras sin ninguna atadura a mi, como una cometa cuando está muy alta y se revienta el hilo y el viento se la lleva rápido y sólo puedes mirar el cielo mientras ella hace un par de piruetas y desaparece. Y yo pretendía seguir caminando, sin el peso de todos esos recuerdos,, sin esos vínculos, pero no fue así.

Ellos fueron más astutos y más rápidos.

Y quizás sea porque aún hay algo que en el interior que te quiere, que te piense, que desea lo mejor para ti, así no te vea nunca.

Y ese sentimiento fue una espía, fue el soplón de la historia, fue ese sentimiento quien alerto al grupo de recuerdos, les dijo mis intenciones.

Y mi plan se fue al carajo, no funcionó, me han golpeado.

Hoy estoy blandito, me han golpeado mucho y muy fuerte, desde mi ser adolorido voy escribiendo esto.

Tal vez pueda haber una revancha, por ahora me lameré mis heridas y le haré frente a cada recuerdo.

Hasta la próxima

 

Ideas Fugaces (X)

Mastico recuerdos como alimento para el alma, como recurso para darme ánimo, para seguir soñando.

Mastico recuerdos como aliento para la vida, como mimos para la ternura, para seguir riendo.

Mastico recuerdos como agua para la sed, como combustible para seguir caminando, para seguir viajando.

Mastico recuerdos, los más añejos, porque por ancestrales son más entrañables, más lejanos, más sinceros.

Mastico recuerdos, como uvas pasas, dulces y pequeños, muchos, para satisfacer esta hambre extraña.

Mastico recuerdos.

¡Ahhhhhhh!

— ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh!

 

Y el grito se fue apagando, ¿a donde fue? no lo sabemos; sabemos que mientras se ahogaba en la noche, en el ruido de la oscuridad; quien gritaba sentía algo, dolor, felicidad, euforia, tristeza, vértigo; no sabemos, pero gritó y se hizo escuchar, durante unos instantes.

 

El grito rompió la tranquilidad, la monotonía, rasgo el silencio y el negro de una noche lluviosa, y pinto con su sonido una franja amarilla con bellos bordes anaranjados, que el negro fue devorando poco a poco a medida que el sonido se apagaba.

 

Gritó y luego calló, y no supimos porqué; todo luego continuó como si aquella anécdota fuera un mito más en la historia de los días, en la vida rectilínea de los segundos; la vida siguió como si no existieran sobresaltos, como si paseara en tren sobre unos rieles muy lisos y parejos.

 

Y luego un día alguien recuerda o pregunta, y otro le contesta y le cuenta, es como una linda narración de hechos lejanos y mágicos y que parecen irreales al ser contados.

 

Porque tendemos a olvidar la importancia de las cosas, lo que pasa llega a ser irrelevante, puede ser pasajero; como una brisa tranquila que trae de derribar un pino, los hechos se minimizan,  como una mosca tratando de derribar un elefante; una cosa insignificante.

 

Y la historia y la vida están llenas de gritos, de alaridos, que rasgan las noches y los días, y llenan de colores y de vida los cielos; pero no son eternos y por eso pueden ser olvidados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hasta la próxima.

Un abrazo

Y esa noche a las 11:25, tuve la certeza de que podría salir corriendo, a buscarla.
Una cosa extraña, tenía la seguridad de que si salía en ese mismo instante y corría a buscarla, la íba a encontrar, y que podría darle un abrazo tan fuerte que nos dejaría a ambos extenuados y casi sin aliento.
¿Correr a donde? No lo sabía muy bien, sólo salir de la casa, hacia cualquier lugar, y luego en algún momento en alguna calle fría y con algunas pocas luces provenientes de casas donde la gente aún está despierta, estudiando, leyendo, viendo televisión o agotando sus minutos, la iba a ver allí parada, en medio de la calle y ella me estaría esperando, y me sonreiría, y yo le devolvería la sonrisa y correría a abrazarla, sólo eso.
Una cosa extraña, y mientras nos fundíamos en ese abrazo, en la noche fría el tiempo pararía, y las cosas serían buenas y no necesitaríamos palabras, sólo el abrazo, mirarnos, sonreír, otro abrazo, un par de besos en la mejilla y otro abrazo y sonreír como tontos a pesar de la noche y del frío y de la posible lluvia.
Y luego caminaríamos un largo rato, como hacia mucho tiempo no lo hacia, y sería como hace muchos años, caminar muchas horas, no importaba nada más, sólo caminar, porque siempre es bueno, las caminatas siempre serán buenas con ella, sin palabras, sólo un paso tras otro y a veces mirarnos y sonreír y de vez en cuando un par de preguntas, ¿está cansado?, ¿tiene hambre?, ¿cómo le ha ido?, preguntas de esas, y respuestas cortas y sonrisas de compresión y amor, y silencios largos y profundos y llenos de algo que no se explicar muy bien pero que siempre traen paz y sabiduría.
Y luego de muchas, muchas horas de caminar y caminar, de una gran paz, nos despediríamos en algún sitio y yo le diría que estaría esperando para la próxima caminata, y ella me sonreiría, me daría el último abrazo y un beso en la mejilla y me diría que me cuide, y luego yo regresaría corriendo, con la garganta encogida, los dientes apretados para no permitir que salieran las lágrimas, volvería a mirar atrás y ella estaría allí de pie, me diría adiós con la mano, yo también haría lo mismo y seguiría corriendo.
Esa noche volvía a recordar a mi abuela, y la certeza se desvanecía de golpe como casi todas las cosas buenas, se acaban en un pestañeo y dejando una rasgadura en el alma de cada ser;  porque me hace falta, y porque las cosas son distintas, y todo esto ya no es posible.
Hasta la próxima.