A todos les gustan los rotos

Si, los rotos, a todo el mundo le gustan los rotos.

Y me refiero a los seres humanos rotos.

¿Por qué?

Sencillo, porque a la gente eso le da esperanzas, le permite creer tiernamente que puede hacer las cosas bien y puede mejorar, que su vida, por muy mediocre que sea, puede ser mejor.


Los buenos e íntegros seres humanos (que son una especie exótica) no gustan, no llaman la atención, no; porque están lejos, como júpiter, y entonces se desanima la gente y ya se resigna a ser mugre, la mugre del mundo.

Los rotos son un ejemplo a seguir, son un modelo, son una inspiración.

Los buenos y enteros no, son aburridos, sosos, no inspiran, no tienen sabor.

Fíjese en los libros, en las películas, en la vida; ¿a quién admiramos? ¿de donde sacamos fuerza y esperanza? ¿cómo nos inspiramos?

Con los rotos.

Las mujeres prefieren aquellos que han pasado de ser pecadores a ser héroes.


Los hombres prefieren a aquellas que han vivido desgracias o tristezas.

El cine está lleno de eso.

Los libros de “autoayuda” están llenos de anécdotas con ejemplos de superación de criminales, de caídos en desgracia, de malditos, de rotos.

Los rotos son a quienes admiramos, como queremos ser, porque los sentimos cerca, miserables y tristes como nosotros mismos.

Aquellos que han sido buenesitos y decentes y obran de manera correcta pasan al olvido, como si nada, esos son aburridos, por eso mismo, por obrar bien.

¿Y entonces que hago para que me admiren?

Tiene que ser un roto.

Pero espere, ser roto no es fácil, porque tiene que hacer estupideces o cometer brutalidades, necesita hacer algunas cosas mal (si hace muchas mejor: será un rotísimo), necesita dejar la razón a un lado y actuar sin pensar, esto es primordial, si se deja llevar por pensamientos, nunca será un roto, será otro más de los buenesitos.

Y otra cosa, para que su ascenso a ser un roto sea eficaz y rápido tiene que lastimar a otros en el proceso, es elemental, si esto no sucede, usted no es ni será roto. Tiene que maltratar o insultar o herir o engañar a otros seres humanos, ojala haga todo junto; subirá como la espuma de cerveza, se lo garantizo.

A mi eso me da pereza, prefiero no ser roto, ni admirado, prefiero desperdiciar mi tiempo, sólo eso, escribiendo aquí o leyendo, comportándome como otro buenesito, sin ser buenesito, en un punto medio entre las dos posiciones, porque pienso mucho y me quedo quieto y no hago nada, pero no lastimo a otros y ya.

Que admiren a otros, que sigan a otros, con que me dejen en paz es suficiente para mi.

Hasta la próxima.

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Buscando otro Libro (II)

La referencias incontables mientras veía la serie causaron la curiosidad impertinente y viva de encontrar el librito “El Guardián entre el centeno”, difícil encontrarlo pero valió la pena.

Las aventuras del joven Holden Caulfield durante el verano en que lo expulsan del colegio Pencey, son atrapantes, son directas, crudas, crueles y graciosas, muy graciosas, están llenas de todas esas situaciones de la adolescencia, donde queremos comernos el mundo y a duras penas sabemos llevar las riendas de nuestras vidas por unos días.

Fácil de leer, porque a pesar de ir creciendo siempre en algún momento sentiremos la confusión del joven, la misma sensación de que todo en la sociedad parece postizo y parece irreal, parece maquillado y superficial, donde pocas cosas son auténticas y sinceras, interesante libro.

Hay un momento peculiar en el que hay una referencia clara a Hemingway y pensé «¡Maldita sea! Hemingway otra vez, si señor, es un genio, ha inundado cada rincón de la literatura y de la cultura con su escritura. Si señor.»

En fin, acabé el libro y quede como desorientado, un poco; es lo que tienen la gran mayoría de los libros, los lees y quedas cansado y agotado y los buenos libros, los que de verdad son buenos o excelentes te dejan además un poco vacío y sólo, porque el viaje se acaba con el libro y quisieras cambiar algunas cosas o saber más y porque además los buenos libros tienen personajes que te absorben, que te consumen y con los cuales logras sentir cierta afinidad, pocos escritores lo logran, Steinbeck, Hemingway, lo logró Emily Brontë con Cumbres Borracosas, y esos libros al acabarlos dejan desierta el alma, porque quieres tener más noticias, más sensaciones y más historia.

También debo reconocer que he leído poco y que mi juicio es injusto y parcializado, que posiblemente muchos escritores logran eso y que un libro no es una cosa que se hace así no más, como respirar, que requiere un esfuerzo monumental, y dedicar horas y sufrimiento para hilar un par de líneas.

No se muy bien, no soy escritor, encadeno frases de acuerdo a situaciones, a veces me gusta el resultado y a veces no tanto; me gustaría en algún momento escribir una novela, pero una novela de verdad, que se desarrolle acá, en mi ciudad, en Bogotá, digo mi ciudad como si fuera mía, cuando es la ciudad de muchos, de millones, pero me gusta y la apreció, aunque a veces no parezca así.

El hecho es que sería una cosa interesante escribir una novela, con un personaje central con un carácter un poco difuso, porque al fin y al cabo todos somos así gran parte del tiempo, difusos; y varios personajes que interactúan con él durante la novela. Lo más difícil son los paisajes, no se me da mucho, porque el sentido de la estética y de otras cosas para definir un lugar parece que me lo robaron hace tiempo.

Un novela es una cosa ambiciosa, compleja, eso es cierto, además lo bueno de una novela es que logres meterte en la situación, qué lo que narres lo sientas de verdad, que puedas sentirte en un momento y lugar especifico de acuerdo a lo que estás escribiendo, eso es difícil y si se logra puede salir algo muy bueno.

Y creo que para escribir algo muy bueno, se necesita estar roto, de alguna manera, estar podrido o herido o sufriendo intensamente y pocas veces me ocurre, además se me pasa rápido y luego no recuerdo bien como iba la historia que iba contando en la cabeza pero no escribo en ese momento, craso error. Seguramente eso me falta para ser un escritor, escribir cada vez que se me ocurre un idea valiosa, y con los escasas que son.

Hasta la próxima.

Buscando otro Libro (I)

Imaginarse al señor sentado en Cuba o en África o en París o en Idaho, es fácil; sobre todo imaginárselo escribiendo en algún café con el endemoniado humo de cigarrillo flotando por todo lado y un café humeante al lado mientras se devanaba los sesos para escribir algo. Y si no era café, era un vino o whisky, o algún otro trago y a veces con alguna comida mientras escribía.
Ahora, que de cierta manera conozco la vida de Papa Hem, van quedando pocos huecos para la imaginación; sólo puedo empezar a imaginar lo que sentía al escribir, lo que pensaba y la intensidad con que lo hacía, cosa difícil. O imaginar lo que hacía mientras se mataba para encontrar un par de buenas frases y dibujarlas en un papel o pasarlas directamente a máquina de escribir, mientras andaba las calles de París o de Pamplona o de algunas de las ciudades Europeas en las que de una u otra forma se fue forjando poco a poco para escribir las cosas sencillas pero profundas que son capaces de horadar tantas almas.
Ahora, los sitios como Le Closier des Lilas o el café Iruña son cosas escasas en el altiplano que culmina Bogotá, ahora más que nunca, donde el papel y el lápiz son casi un objeto obsceno para escribir; yo en este momento escribo en un computador con la inmejorable posibilidad de corregir sobre la marcha, de buscar sinónimos y de adornar frases y párrafos; en un momento de la historia donde todo es digital y parece que todo es mejor cuando viene en un empaque de aluminio, con una pantalla que desborda nuestras manos y con la que es posible hablar, tomar fotos y recordar cada evento o situación de la vida, escribir con lápiz y papel parece un despropósito una idiotez; pero yo creo que de cierta forma permite plasmar mejor un instante, que lo que se siente y se escribe no se esfume como se nos escapan a veces los días entre las manos, y que ese instante sea eterno.
Las grandes metrópolis de hoy en día son lugares para la moda, para la música del momento, música de un día para otro, lugares para una comida que debe ser fotografiada porque su calidad no permite que  sea recordada de ninguna otra forma; ciudades donde ya no hay un pensamiento crítico, de ese pensamiento que genera una crisis interna en cada persona, sino ciudades que están atestadas de lugares muy bien adornados, llenos de luces, de sonidos placenteros, de personas sonrientes y de instantes fugaces, lugares para una cultura superficial que mañana ya no recordaremos, lugares donde la felicidad dura lo que dura una cerilla encendida, lugares donde las risas son forzadas y al salir y regresar a casa no hay paz, ni hay tranquilidad, ni reflexión, sólo instantes que se consumen solos y que luego ya no tendremos y no nos importarán nada.
No se que tan fácil sería escribir para mi amigo Hemingway en una situación así, tal vez sería mucho mejor escritor de lo que es, o tal vez odiaría la situación y ni siquiera escribiría, son meras especulaciones.
Bogotá es una ciudad curiosa y parece que ha ido creciendo a los totazos, casi siempre con ensayo y error, y supongo que hace unos 30 años o quizás más los cafés o los sitios para sentarse a leer, a escribir  y sobre todo a pensar, cosa cada vez más escasa en tiempos donde todo debe ser instantáneo como el internet y no queremos hacer ningún esfuerzo, debían abundar y muy seguramente eran sitios para los bohemios o adinerados donde desperdiciaban sus horas por el gusto de hacerlo.
Leer es una cosa complicada, muy complicada, parece que se aprende a leer más por accidente que por una mera conciencia de hacerlo, yo llegue a la lectura más por carambola que por un deseo pleno de leer, y llegue a Hemingway porque se me atravesó en el camino, con un título llamativo Adiós a las Armas, pensé que era un libro sobre la guerra, pura guerra, nada más, pero equivocarme con el fue una buena sorpresa. Luego Muerte en la Tarde que es un tratado casi científico sobre el toreo y luego Los Asesinos el librito de cuentos que se lee solo, luego la obsesión por conocer el resto de la obra de este señor que podía apasionarse por narrar una pelea de boxeo o un instante de conversación con una mujer que le gustará, en fin, así llegaron otros escritos: Por Quien doblan las Campanas, Fiesta, Aguas Primaverales, Paris era una Fiesta, en fin, la gran mayoría.
Leer es difícil; pero escribir es mucho más difícil, es una cosa muy compleja, muy enredada, es raro saber porque quiere uno escribir, sobre todo cuando no es algo para lo cual uno esté maravillosamente capacitado, es decir, cuando cuesta un mundo sacar unas cuantas buenas frases y sobre todo cuando para hacer un par de páginas se requieren montones de ideas, de recovecos, de martillazos insistir y de llenarse de valor y de terquedad para escribirlas. Y es más difícil cuando sin tener un especial talento para escribir, quiere usted hacerlo de manera visceral, cuando el deseo le nace desde el estómago, es como querer volar con desespero y saber que usted no tiene alas.
A veces olvidó a Hemingway por un rato, días o meses, pero se vuelve como un amigo que vive en la cabeza de uno, y siempre retorna, y surge otra vez ese deseo de leerlo, de ver que se me escapo la ocasión anterior, no me pasa sólo a mi, nos pasa a todos, lógicamente no sólo con escritores o libros, con muchas cosas: música, deportes, ciencia, arte, mujeres, personas, en fin, con todo, cada quien tiene sus pequeñas obsesiones que le abollan las ideas y le mortifican gratamente la existencia.
Y entonces he vuelto a releerlo, para ver si encuentro nuevas frases entre las frases ya recorridas, o si por algún fantástico virar de las circunstancias algún nuevo libro o nueva novela o quizás una decena de páginas nuevas que nunca habían sido encontradas hasta hoy, son descubiertas, para el placer de millones y pueda leer para satisfacción propia.
Mientras voy releyendo voy entendiendo cosas que pase por alto, y voy uniendo lo que escribe con otros escritores, con otros libros, con otras artes, con otras personas y con mi vida misma.
Y mientras voy leyendo y tratando de enderezar caminos torcidos o situaciones que he estropeado, siempre surge la idea de escribir, de leer, escuchar y escribir; no es sencillo, sigo haciendo el ejercicio de manera casi atropellada, porque no se me da tan fácil, sobre todo cuando las ideas parece que están en un corral y al tratar de ponerlas aquí parecen seres sedientos luchando por una gota de agua y se atoran tratando de salir para saciar su sed.
Sigo buscando ordenar esas ideas y que fluyan aquí como puede fluir cada respiro que doy mientras tecleo torpemente las teclas del computador. La curiosidad por encontrar nuevo material de Hemingway o de otro par de personajes, de entender el actuar y el sentir de algunas personas, de encontrar momentos mágicos en el fútbol o de llenarme de música, siguen haciendo que escriba de vez en cuando de manera forzada o fluida, no lo se, el hecho es que lo sigo haciendo, porque lo siento de manera vehemente, y algún extraño impulso me mueve a escribir y desahogar un montón de ideas que se atiborran y no dejan pensar con claridad.
— La cagada es que no tengo una buena idea. Y además si escribo las ideas que más se me ocurren, pues posiblemente me tachen de terrorista, sicópata o loco o algún otro adjetivo denigrante. En el mejor de los casos de tener autoestima baja y querer llamar la atención.
— Pero tiene que escribir. Así se desahoga un poco; para desahogarse necesita dejar salir cosas, y sólo ha encontrado dos cosas que le permite sacar toda esa mierda: el fútbol y lo poco que escribe.
 
— Si, pero parece ser que necesito estar muy vacío o muy satisfecho para escribir. De otro modo lo que escribo me parece torpe y superfluo.
 
— Casi siempre se necesita estar jodido para escribir algo bueno; en general parece que se necesita estar vuelto mierda para hacer algo magnífico en la vida. Así son las cosas, para un momento sublime parece que necesitamos años de monotonía y porquería, y de repente hacemos una cosa tan buena, una cosa tan hermosa que siempre la vamos a recordar, aunque el momento en que la hicimos sea muy muy corto.
— Ya veremos que puedo escribir en estos días.
 
— Los libros pueden servir. Hemingway puede ser una buena excusa.
 
— De pronto. Vamos a ver que sucede.
Hasta la Próxima

Frágil

El viento era fuerte, él lo notaba en el movimiento de las hojas de los árboles mientras el bus avanzaba en sentido contrario. Unas densas y grises nubes se apoderaban de Bogotá.

Ensimismado, como de costumbre, en estas circunstancias, tuvo otra de aquellas conversaciones, él con uno de sus hermanos, hablaban sobre su familia.

 

– ¿Y usted no tiene miedo?

 

– ¿Miedo de qué?

 

– De que cuando ellos dos falten todo se rompa.

 

– ¿Cómo así?

 

– Si, siempre hemos sido nosotros tres y ellos dos, somos los cinco. Pero en algún momento ellos van a faltar, eso es claro, es algo natural.

– ¿Y que se va a romper?

– Pues todo, todo esto, lo que hicieron con nosotros, lo que construyeron.

– ¿Y por qué ha de romperse?

– Porque al fin y al cabo ellos fueron los que lo hicieron, crearon todo esto, lo mantuvieron; a pesar de todo el tiempo y los sufrimientos, resistieron, nunca se dieron por vencidos, es más siguen ahí al pie del cañón, aguantando, luchando.

 

De algún modo ellos son el pegante, nos han mantenido unidos, gracias a ellos compartimos y vivimos, siempre nos dejaron pensar y actuar, y lo más importante, siempre estuvieron ahí para apoyarnos.

 

– Pero no creo que eso se rompa.

 

– Esperemos que no, ese es mi miedo ahora, que cuando ellos dos ya no estén, todo se rompa y dejemos de compartir, de ayudarnos.

Esperemos que cuando falten sigamos más o menos así.

– Yo creo que si.

El viento continuaba con su castigo en la calle, ya casi era el momento de bajar de allí, mientras regresaba del viaje de sus pensamientos notó que sus ojos estaban inundados, y la garganta era estrecha como un ojo de aguja.

Hasta la próxima.

Buscando ideas

Se tomaba la cabeza a dos manos, se rascaba, con desespero, pensaba que tal vez así de un momento a otro las ideas llegarían, que su mente se iluminaría como un anuncio publicitario con una magnífica idea.

Pero no pasaba, estaba atestado de ideas, de opiniones, de creencias y de juicios, rebosaba de inconformismos y de sentencias, pero aún no lograba estructurar algo bueno y coherente.

La cabeza llena pero inútil, así se sentía, llevaba ya un buen tiempo sin escribir, tenía muchas ganas pero no sentía la necesidad, parecía que cuando mejor escribía o surgían las cosas era cuando estaba en mal estado, o al menos cuando no estaba cómodo consigo mismo.

Ahora estaba tranquilo, tal vez no satisfecho, pero si tranquilo y a la espera, pero eso le afectaba, no dejaba que su cabeza trabajara como quería, paradójico pero cierto, necesitaba estar dañado para sacar algo bueno.

Pasaba largos intervalos de tiempo pensando, tratando de hilvanar algo, una historia, una anécdota, un juicio, algo, pero su cabeza y su intelecto le jugaban bromas, cuando parecía tener el material, al sentarse, todo se esfumaba, se enredaba y al empezar a escribir, hablaba de todo y de nada, saltaba de una cosa a otra sin concluir algo; su mente era como un ratón asustado, no sabía donde esconderse y vagaba afanada y sin rumbo.

 Mucho tiempo y esfuerzo y nada, luego de varias pruebas, intento otra cosa, buscar algún motivo para sentirse mal, roto, así tal vez brotaría lo que esperaba, pero ni aún así, no lograba sentirse tan mal como para sufrir, al contrario cada motivo lo estudiaba meticulosamente y se daba cuenta que no tenía razón para sentirse triste o acabado.

Estaba en un punto donde no se sentía totalmente feliz, pero no estaba triste, y cada cosa, cada situación la estudiaba, la diseccionaba con cuidado, analizaba todo y terminaba por concluir que no necesitaba estar mal ni bien, sólo necesitaba seguir analizando, pensando, así las cosas que él creía buenas cuando escribía no aparecieran.

Seguía pensando, miraba a través de la ventana de su casa mientras una suave llovizna dejaba grises y desiertas las calles, aún buscaba las ideas.

Hasta la próxima.

Roto

Dormía, pero mientras lo hacía, lloraba suavemente y un pequeño diálogo transcurría en su mente.

– Estoy roto, muy roto, tengo algo dañado, podrido, no sé que es, pero estoy roto.

– De alguna u otra forma todos los estamos, al parecer aquellos que triunfan tienen siempre algo roto, parece que es necesario estar roto para triunfar, como si al triunfar se remendarán los rotos, se curarán las heridas.

– No es agradable estar en esta situación, sentirse dañado, incompleto, estropeado.

– Todos los estamos, todas las personas tienen huecos, deseos, sueños, traumas. La humanidad está rota.

– Pero es bueno estar roto, esto nos obliga a vivir, a pelear, a luchar, a querer cumplir nuestros sueños, a seguir adelante. Estar rotos nos obliga a querer triunfar para curar esas heridas, para remendarnos.

Algunas lágrimas más rodaron por sus mejillas, lágrimas largas, profundas, cargadas de todo el sentimiento de sentir, pensar y llegar a estas conclusiones.

Luego respiro profundo y dejo de llorar. Había llegado la paz.

Hasta la próxima.