Recuerdos (I)

Mientras escarbaba angustiosamente con sus dedos entre aquella tierra compacta y mojada, pensaba en lo que había escrito, en aquellas cartas, pero no lo recordaba muy bien, sólo sabía que había escrito algo.

La lluvia caía sobre su espalda copiosamente, mientras él seguía matándose la cabeza tratando de encontrar los recuerdos apropiados entre esa pila de basura que tenía almacenada de alguna manera, entre millones de neuronas.

Seguía escarbando, sabía que había escrito para alguien especial, pero no sabía quien era, seguía pensando. Escarbaba, como si de ello dependiera su vida. Estaba desesperado.

Largas horas pasaron, mientras tanto una larga lucha entre escarbar y la lluvia incesante se mantenía, él escarbaba y la lluvia lo arropaba. Mientras más escarbaba más duro llovía. En medio de aquel bosquecito los arboles eran imperturbables espectadores; la lluvia, él y sus recuerdos seguían la lucha.

El pozo que había cabado era lo suficientemente grande para que el estuviera de pìe allí en medio del bosque empapado y con él aguas casi a los talones, apenas era visible su cabeza desde fuera.

El cansancio lo hizo detener un momento, allí acurrucado, mientras veía el agujero en que estaba metido y que la lluvia seguía incesante, se quedo pensando. Ya no encontraría aquellas viejas cartas, sólo sabía que las había escrito con cariño a alguien especial, que las había enterrado allí.

Ya no estaban, y mientras llovía, salía con dificultad del pozo, sentía agotamiento en cada parte de su cuerpo, en su boca sentía el sabor salado de unas cuantas lágrimas mezclado con las gotas de lluvia.

Él emprendió su camino de regreso. Tímidamente el sol empezaba a asomarse a través de la gran cobija de nubes.

Hasta la próxima.

El Lugar Limpio

Él despertó como siempre a las 4:30, la mañana era fría, pero no llovía. La luz grisácea, producto de la neblina, se colaba por las ventanas. Mientras se ponía la ropa para salir a correr notaba que aún tenía sueño, pero ya tenía la disciplina, ya se había acostumbrado a salir a correr todos los días a esa hora; su perro medio adormilado lo miraba desde la alfombra situada al lado de su cama.

 

Mientras amarraba sus cordones, sentado en el borde de la cama, sentía el leve frío matutino; el perro se desperezaba y se preparaba para salir correr, a pesar del frío y de las ganas de seguir en la alfombra siempre le acompañaba.

Tomo sus llaves y salió de la casa, una suave y fría brisa le golpeaba el rostro, sobre todo en sus orejas, las sentía como témpanos. Primero fue un caminar lento, parsimonioso, como si sus huesos se negaran a moverse, luego empezó con un trote suave como un pequeño caballo cuando es joven.

Luego de una hora sudaba copiosamente, la mañana seguía nubosa, pero había cedido en su empeño de matarlo de frío; el perro trotaba lentamente a su lado, la lengua afuera indicaba su cansancio, ambos ya deseaban regresar y beber agua, luego se separarían por algunas horas.

Mientras regresaba caminando pesadamente a su casa, pensaba en lo solo que estaba, se sentía tranquilo, a pesar de estar solo, tenía a su perro a todo el mundo para el sólo, no recordaba todo, sólo que hace varios años despertó en su casa y estaba solo, totalmente sólo, no había otro igual a él, no encontraba explicación, ni rastro de alguien semejante, no había fotos, no había vídeos. Todas las mañanas se miraba en el espejo y él era el único así, el único humano.

Mientras se duchaba con agua fría y se vestía seguían en su cabeza las mismas preguntas, ya se había acostumbrado a ellas, al principio fue doloroso, fue angustiante, tuvo ganas de matarse, de dejar de pensar, de sufrir; pero algo le detuvo, las ganas de saber más, de aprender y de entender que pasaba y porque pasaba.

Desayunaba fruta picada, unos cuantos huevos revueltos con cebolla y tomate y dos o tres tazas de café solo, hacía años que lo hacía: beber café solo, y arepa. Estaba convencido que comer bien en la mañana le ayudaba a pensar mejor durante el día.

Luego de desayunar fue a revisar una vieja y avejentada agenda, a decir verdad era un cuaderno común y corriente lleno de anotaciones, de horas, fechas, pensamientos, sensaciones y opiniones que plasmaba allí, era una manera de mantener la cordura y seguir pensando algo útil.

Hoy iba a la biblioteca, buscaría algún nuevo libro para leer; un libro nuevo para él, porque con tantos años ya se habían vuelto viejos; sólo le quedaban los libros y la música como rastro humano, lo demás, todo lo demás había desaparecido, no sabía cómo, no sabía por qué o a dónde, sólo sabía que había desaparecido y ya.

Al principio, luego de haberse despertado aquella mañana y ver todo igual pero sin nadie, sólo él, lloró, sufrió, gritó y se lamentó, tal vez mucho tiempo, todo esto mientras buscaba a otro; luego de algunos meses, no supo realmente cuantos, acepto estar solo, y empezó a pensar y a examinar detenidamente la situación.

Había llegado a la conclusión que la situación no era tan mala, tan desoladora, lo que pasaba es que era solo, pero tenía todo para él, los animales seguían con él allí, las cosas tal como eran antes de aquella incierta mañana, continuaban igual, los almacenes, los bancos, los hospitales, todo estaba igual; había abarrotes en las tiendas, licor en los bares, libros en las bibliotecas, autos, bicicletas, en fin.

No sabía muy bien que había ocurrido o cómo, lo cierto es que las personas como él, se esfumaron, parecía que no habían existido nunca, no había cosas usadas, no había fotos, no había vídeos, no tenía recuerdos con otras personas, en todo lo que recordaba se veía él solo, nadie más, él y el mundo, tal cual es, excepto otras personas; absolutamente sólo él.

Cuando despertó aquella mañana, todo seguía igual, pero ya no había nadie, él no se sentía extraño, pero sabía que antes no había sido así, tenía conciencia de eso, pero no había rastro de nadie, no había cartas, no había ropa, no había nada, en las otras casas todo estaba intacto, los muebles, las cosas, todo, pero no había señales de gente, los hospitales seguían igual, pero sin gente, como si estuvieran nuevos, lo mismo ocurría con los bancos, con las tiendas, con los parques, con los autos, todo estaba como si alguien habitará allí, pero no había ni un alma, excepto él.

Fue angustiante, triste, desesperante; en un comienzo creía estar loco, no podía explicar nada, nada tenía sentido, perdió el tiempo y sufrió; luego, poco a poco, nació en él una idea, una simple idea: buscar la razón de todo eso, la explicación, saber que pasaba; eso le dio aliento, le revivió, se sintió un poco mejor y empezó a organizar bien la idea.

Primero notó que necesitaba un sustento, comer, dormir, salud, pero sobre todo necesitaría ocupar su tiempo en algo, algo que le mantuviera la cabeza ocupada y que le acercará a la verdad que buscaba. No tardaron en aparecer situaciones que lo ponían contra la pared, por ejemplo, ahora ya no tenía jefes, ya no tenía que rendir cuentas a nadie, ni responder o sustentar a otro, sólo a su fiel perro, pero eso era fácil; además aquel perro era su más constante y certera compañía, sentía el pasar de las cosas y de la vida gracias al perro, el tiempo y la vida tenían ahora un significado muy profundo para él gracias a su perro, con su perro el notaba que envejecía, que cambiaba y aprendía.

Como no tenía necesidad de trabajar o de emplear su tiempo en cosas que no quisiera, al principio se dedicó a hacer cosas que le satisfacían, que le ocupaban el tiempo sin mayor esfuerzo, pero pronto se aburrió, noto la vacuidad de gastar su tiempo así. A pesar de saberse solo y de tener todo el mundo a sus píes sabía que era finito, que su vida era efímera, que era suspiro frente a la vida misma y el tiempo mismo del planeta, del universo, y fue allí cuando en verdad empezó su búsqueda.

Decidió acertadamente que tenía que mantener ciertas cosas ordenadas, en píe, para que funcionarán, por ejemplo hospitales, bibliotecas y almacenes de abarrotes, además algunos cultivos, mantener limpios y ordenados esos lugares le harían la más más fácil y más agradable.

Curiosamente la cosas funcionaban bien y siguieron funcionando bien después de aquella mañana y a pesar de estar abandonado y solo el lugar, se  mantenía limpio, es más, se ensuciaba muchísimo menos, el orden era casi perfecto, así entonces él no tendría mayores inconvenientes para mantener las cosas así.

Los primeros días fueron agotadores, no había tenido la necesidad de apreciar el valor de las cosas funcionando, pero pronto entendió y se acostumbro, y saco gusto a aquellas tareas. Cuando decidió aprender a cultivar cosas, a mantener alimentos invirtió todo su tiempo y esfuerzo, fue realmente extenuante, pero lo logro, tenía un cultivo de muchas cosas, tomates, cebolla, algunas frutas, maíz, avena, en fin, la mayoría de las cosas que consumía normalmente.

Así mismo había aprendido a cuidar, mantener y curar algunos animales que le proporcionaban alimento, sólo mantenía unos pocos, la cantidad de la cual podía hacerse cargo cómodamente, a los demás los dejaba ir. Había aprendido que los animales eran tan sabios que ellos mismos encontraban su sustento, no necesitaban de nadie para eso, a su perro lo tenía porque el seguía a su lado, lo tenía desde que nació, y el lealmente se mantenía con él a pesar de todo, a pesar del tiempo. Las situaciones con aquel perro eran lo más nítido que recordaba, por eso le quería y lo cuidaba, era la única certeza que tenía de su propia existencia.

En los almacenes, bancos y demás, parecía que el tiempo transcurría lentamente, casi arrastrándose, las cosas, muebles, objetos, instalaciones apenas presentaban marcas del paso del tiempo, y los alimentos empacados y cosas por el estilo tenían fechas muy muy lejanas de caducidad, extraño pero cierto, esto alivió muchas necesidades de él, la alimentación y la salud fueron una preocupación menor para él, empleaba su tiempo en mantener ciertas cosas intactas, bibliotecas, museos, hospitales, gasolineras, hidroeléctricas, en fin; tomo mucho tiempo aprender lo básico sobre cada una de esas cosas, pero valía la pena; él guardaba una profunda esperanza que de un momento a otro aparecieran otros y así pudieran todos seguir con sus vidas como si nada.

Aquel día despues de unas seis o siete horas de lectura de dos o tres temas y un par de novelas regreso a su casa, la bella tarde anaranjada recortaba las sombras delos árboles frondosos contra las casas y las carreteras, todo parecían habitado y normal, pero no lo era, caminaba tranquilamente hacia su casa mientras veía algunos pájaros volar y hacer piruetas y al sol esconderse perezosamente tras la ciudad.

Cuando introdujo la llave en la puerta, su perro empezó con unos suaves ladridos de plena alegría, él llevaba un par de tortas que sabía que le encantaban al perro, apenas entro dio al perro las tortas y éste se fue a comerlos en su alfombra con un cadencioso batir de rabo.

Preparo rápidamente una comida, algunas verduras, un par de presas de pollo, arroz y papas cocidas, y agua, fue su comida y tras cada bocado veía por la ventana, pensando en los cultivos y en los animales, en algunos oficios de mantenimiento y limpieza que tenía que hacer o pronto los olvidaría.

Al terminar siempre iba a su habitación, ponía música, ahora escuchaba de todo y todo el tiempo, era una excelente manera de sentir contacto humano, quizás la mejor hasta ese entonces, y trataba de imaginarse a otro como él, pero le resultaba demasiado complicado, le dolía la cabeza y terminaba exhausto, no sabía por qué pero no podía imaginar a otro ser humano, siempre que lo intentaba terminaba viéndose a si mismo, a otro exactamente igual a él, y esto le parecía extraño y a veces hasta espantoso, no podía ser que todos fueran iguales, exactamente iguales.

Aquel día hizo lo mismo y cuando se sintió cansado, aún sin dolor decidió buscar un libro mientras la música continuaba, así que tomó un libro y empezó a leer, el libro contaba la historia de un soldado que se habñia enamorado de una enfermera durante la segunda guerra mundial, algo que habñia sucedido hace mucho tiempo.

El leía y leía, mucho, entendía pero no sabía quien era quien, sólo los nombres de personas, pero no tenía fotos, recuerdos o referencias directas y palpables, sólo los libros y todo lo que estos podían enseñarle.

Aquella noche, cuando sus párpados empezaron a caer por cansancio, dejo el libro, apago la música y decidió dormir, su perro apenas levanto la cabeza para verlo un momento y volvió a enroscarse para seguir durmiendo.

Aquella noche y aquel día, no encontró nada, avanzaba en su búsqueda, poco, pero avanzaba; aún no encontraba una evidencia o una explicación directa, pero seguía aprendiendo, así no fuera sobre lo que le angustiaba: su total soledad como individuo de una especie; pero se sentía tranquilo, sabía que su vida valía la pena y quería vivirla, quería aprender y saber.

Pronto se quedo dormido y no soñó nada, ya sería otro día y otro momento.

Hasta la próxima.

Viaje

Ana era una mujer vieja, sabia y silenciosa, tal vez con poca educación, pero con muchas cosas para enseñar, cosas que son realmente valiosas para la vida; de esas personas que enseñan más desde el silencio; bondadosa, con muchas anecdotas, muchos seres queridos y muchas situaciones que recordar y disfrutar; una mujer con millones de sueños dispuesta a sacrificarse para lograr algo de bienestar para toda familia; Ana era la abuela.

Ricardo era un joven de esos que abundan, con la cabeza hirviendo en ideas y poca acción, con tantas ideas y sueños que termina paralizado al tratar de hacer algo, con toda la vida por vivir y mucho por aprender, con ganas de sacrificar poco y disfrutar mucho, con la idea que vivir es disfrutar y pasarla bien; Ricardo era el nieto.

Ambos compartieron cientos de momentos, millones de instantes, de todo tipo, alegres, tristes, tensos, momentos de rabia, de ira, de felicidad y paz, de desasosiego e indiferencia, es lo que se tiene cuando se cuenta con una familia, es lo que se vive cuando decidimos compartir la vida con otras personas.

Como la vida es inevitable, la muerte también y Ana enfermo, gravemente, todos sabían que iba a morir, pero ella tal como era, sabia y bondadosa pacto una tregua con la muerte.

Ana ya es hora.

– Ya lo se, debo irme.


– Y entonces ¿por qué te resistes?

– Porque necesito despedirme de todos aquellos que me acompañaron alguna vez en este viaje, o por lo menos de aquellos que más tiempo  recorrieron el camino junto a mi. Por eso quiero hacer un trato, tu me dejas despedirme de todos los que quiero y luego dócilmente me iré contigo.

– Ana, pero eso puede tomar mucho tiempo.

– Ya lo se, pero es un trato justo, para ti y para mi.

– Esta bien, así lo haremos, dame la lista de todas esas personas. Yo les avisaré a todos ellos.

– Perfecto.

 Sentenció Ana esbozando una sonrisa de plena tranquilidad.

Uno a uno todos los familiares fueron acudiendo a Ana para despedirse, y luego de conversar con ella unos minutos, todos quedaban tranquilos, en paz con Ana y sobre todo consigo mismos. Sólo faltaba alguien, Ricardo.

A él lo tomó por sorpresa.

– Ricardo.

– Si, ¿qué pasa?, ¿quién eres y qué quieres?

– Soy la muerte, Ana va a morir y necesita hablar contigo, sólo faltas tu, necesita hablar contigo para que pueda morir en paz.

El silencio fue tan largo y denso que parecía que podía tocarse con las manos, el nudo en la garganta del muchacho no le permitía casi respirar.

– No se, yo no quisiera despedirme de ella, quiero que siga viviendo.

– Pero tarde o temprano vas a tener que hablar con ella, de todas formas ella ya decidió morir después de eso. De una u otra forma todo se llevará a cabo.

Otro largo silencio y luego con los ojos inundados, la voz quebrada, la mente y el alma en otro sitio pronunció:

– Está bien, mañana iré a despedirme.

Luego rompió en llanto, ese llanto de los niños sin consuelo, ese llanto de los hombres rotos, de las mujeres tristes, el llanto de las almas solas y destrozadas.

Ana estaba en su cama, se veía radiante, a pesar de que estaba enferma, estaba tranquila, solo esperaba al joven con paciencia, esa paciencia propia de los viejos, esa paciencia que sirve para construir imperios y deshacer odios, esa paciencia que crea vida y esquiva a la muerte.

Ricardo estaba desaliñado, había llorado mucho, pero ya estaba más tranquilo.

– Hola mijo.

– Hola Abuelita.

– Sumerce está acabado, ¿si ha comido bien?.

– Si señora. Estoy bien.

Luego sólo se miraron, durante mucho tiempo, como muchas otras veces, en silencio, sin hablar sabían muchas cosas uno del otro, en silencio sentían, se enseñaban y aprendían.

Ricardo hablo, pero le costo una vida, todo lo que había vivido y aprendido para reunir la poca valentía que tuvo para empezar un susurro.

– Abuelita ¿Por qué quieres morir?

 

– No mijito, no quiero morir

 

– ¿Y entonces?

– No me quiero morir, pero tengo que hacerlo, todos debemos hacerlo, en algún momento.

– ¿Es qué no eres feliz viviendo?

– Si, siempre lo fui, por eso es hermoso este viaje llamado vida, porque podemos ser felices.

 

 – No entiendo.

 

– Ya lo entenderás mijo, en algún instante.

La vida es un ratico, es un viaje, hay que disfrutarlo. Siempre disfrute este viaje, pero es la hora de terminarlo y de comenzar otro.

No se cuanto duré el otro, cuando termine, pero llegará ese momento, también tu terminarás éste viaje y seguirás con el siguiente y hasta de pronto nos encontremos otra vez en el próximo.

Es algo nuevo y me siento feliz y ansiosa por sentir y estar en el otro viaje, a pesar de que en este disfrute y disfruto mucho, a pesar de que tengo y dejo muchos amigos.

Por largo tiempo ambos callaron, ambos se miraban en silencio, miraban todo alrededor, como si siempre hubieran estado así, ambos estaban tranquilos, en paz, ya podían descansar, se comprendían y sabían que ambos se amaban.

– Abuelita, de todo lo que viviste en esta vida, ¿que fue lo que te hizo más feliz?

 

– Mijito, muchas cosas me hicieron feliz, mis hijas y mis hijos, mis nietos, sumerce, muchas cosas, verlos felices y tranquilos a todos me hacía muy feliz.

– Pero de todo eso, ¿qué fue lo que te hizo más feliz?

– Mijo, esto.

– ¿Que cosa?

– La posibilidad de elegir, de decidir, como ahora. Eso fue lo que me hizo más feliz, a veces me causó tristeza, pero siempre fui feliz por eso.

Poder decidir que hacer cada instante me hacía feliz, como ahora, poder elegir en que momento morir me hace feliz.

Eso es lo que permite la mayor felicidad de la vida, poder elegir.

Luego hubo silencio, largo, muy largo, pero tranquilo.

 

 

 

 

Ricardo tuvo que vivir y aprender y también se hizo viejo, ayudo a muchos y muchos le ayudaron; fue feliz y triste también, y tuvo que despedir a muchos amigos y amó a mucha gente y también odio a unos pocos, pero aquel breve momento quedo grabado en su memoria para siempre, de la misma manera que los ríos graban su historia en la piel del planeta.

Hasta la próxima.

El Alma de un niño

“África, siendo tan ancestral como es, transforma a todo el mundo, salvo a los invasores y expoliadores profesionales, en niños. Nadie le dice a nadie en África: <<¿Por qué no creces?>>. Todos los hombres y animales suman un año más de edad cada año y algunos adquieren un año más de conocimiento. Los animales que mueren más pronto aprenden más de prisa. Una gacela joven es madura, equilibrada e integrada a la edad de dos años. Está bien equilibrada e integrada a la edad de cuatro semanas. Los hombres saben que en relación con la tierra son niños y que, como en los ejércitos, madurez y senilidad cabalgan muy juntas. Pero tener corazón de niño no es ninguna desgracia. Es un honor. Un hombre debe comportarse como un hombre. Debe luchar siempre preferiblemente y sensatamente con la ventaja a su favor, pero si es necesario también en inferioridad de condiciones y sin pensar en el resultado. Ha de respetar las leyes y costumbres de su tribu tanto como le sea posible y aceptar la disciplina tribal cuando no lo haga. Pero nunca será un reproche decir que ha conservado un corazón de niño, la sinceridad de un niño, la frescura y la nobleza de un niño.”

Ernest Hemingway nos deja este párrafo en las paginas iniciales de Al Romper el Alba, y tiene razón, el alma de un niño es limpia, inocente y hambrienta, pero hambrienta de conocimiento, de saber y de amor. Por sobre todas las virtudes de la niñez, me quedo con tres cosas, su curiosidad, su capacidad de perdón y su entrega de amor desinteresado. En la medida que el hombre se hace adulto y viejo y se curte en esto que llamamos vida, pierde las tres cosas y con ello pierde su felicidad o la mejor posibilidad de serlo.

La curiosidad de un niño es indescriptible, luego de que empieza a hablar con claridad, empieza también a querer saber como funciona el mundo, y para todo tiene un ¿Por qué?. Quieren saber todo de todo, y la gran mayoría de las veces, nuestras respuestas no son satisfactorias para ellos, entonces vienen más preguntas y mas y mas. Es Fascinante.

Crecemos, “maduramos” y perdemos esta curiosidad, el entorno, la familia, la sociedad y la educación amputan este deseo natural sustancialmente, con lo cual terminamos estudiando algo que nos gusta, como si el mundo entero con su cultura y su ciencia no fuera lo suficientemente atractivo para estudiarlo de cabo a rabo, luego ejerciendo o trabajando en lo que estudiamos, pero raramente somos felices con eso, ya no queremos saber muchas cosas que pasan porque no hay tiempo, o por que no es nuestro campo, nos cortaron las alas de la imaginación.

El perdón de un chiquillo es lo que más me asombra, no son capaces de tener rencor, no saben que es eso, no se envenenan. Se les puede insultar, humillar, hacer llorar, en fin, y después de unos minutos parecen ni recordarlo, te seguirán ofreciendo una sonrisa y jugando y hablando como si nada hubiera pasado, parece que ni saben que es el perdón porque su felicidad reside en cada segundo que viven y juegan y aprenden, al parecer si sufren un segundo, ni les importa, porque les queda infinidad más para ser felices. Pero crecemos y aprendemos a tener resentimientos, a odiar, permitimos que nos carcoma el alma y nos reducimos poco a poco y terminamos siendo infelices y haciendo infelices a los demás. Si la humanidad aplicara la mitad del tiempo esto, si perdonáramos, sabríamos que es la felicidad.

Que decir de la capacidad de amor, es lo mas hermoso del mundo, es la mejor expresión del amor, no tiene ningún interés implícito, no importa si se les ama de verdad o no, un niño ama por el simple placer de hacerlo, y lo hace sin saberlo, y nunca te pedirá que le digas que lo quieres, nunca va a pedir amor, pero va a dar todo el amor que pueda. La niñez es el mejor definición del amor.

Hasta la próxima.