En el trancurso del día

Mañana.

Nada.

Abrir los ojos y sentirse desubicado, cada mañana es un parto, un nuevo comienzo, no hay ideas; sólo preguntas: ¿que hago aquí? ¿por qué me desperté? ¿y ahora que tengo que hacer?; pasarán algunos segundos, tal vez minutos mientras la cabeza retoma su lucidez habitual y con ella regresarán las ideas, los anhelos, las preocupaciones, el conflicto, la duda y algunas certezas.

Siempre sucede, casi sin darse cuenta la rutina nos asalta y nos dejamos guiar por ella al principio, luego luchamos por tomar las riendas de nuestro pensar y actuar, en eso se irá toda la mañana, ha sido una pelea larga en nuestra mente, estamos cansados, ya queremos descansar.

Tarde.

La lucha siempre será dura, y por lo general se llevará consigo cuatro o cinco horas de la mañana, luego de eso una tregua: llegar a la noche actuando lo mejor posible, en la tarde las dudas son pocas, por lo menos ya no hay demasiada energía para luchar contra eso.

Pensamiento y acción: un autómata; el conflicto se ha encargado de dejarnos agotados; todo fluye, a veces a nuestro favor, a veces a regañadientes nos dejamos llevar.

Muere el día. Pero la muerte no es el fin, es solo un cambio. Llegará la noche.



Noche.

Poca energía, casi termina, ya casi está, falta poco.

El recuento del día y de la tarde a veces es bueno, a veces es malo; ya no es remediable, lo que se hizo ya está así; ¿se puede reparar luego? algunas veces.

Descansar, ya no afán, al menos por hoy, entonces llega la tormenta: millones de ideas se apoderan de la mente, todas quieren protagonismo, todas quieren ser ejecutadas, satisfechas; la lucha ahora es más intensa, pero sólo se vive al interior.

Dormir. La lucha se ha aplazado, para otra noche, por el momento todo es calma, algo ha quedado claro, hay nuevos sueños, nuevos anhelos, también dudas, también conflictos nuevos.

Calma, tranquilidad, no hay líos ahora; luego será otro día y un nuevo comienzo, mientras tanto: este instante de paz, al fin y al cabo todo es cambio.

Hasta la próxima