El maldito inclemente

Es triste como la memoria se anega con lágrimas de recuerdos borrosos, como el tiempo inclemente va dando martillazos en las cosas, las personas y los lugares que alguna vez conocí.

Como las calles se agrietan, las casas se caen, los árboles se secan, como las personas se van, y los recuerdos de ellas se van desdibujando.

Como trato de aferrarme a esos recuerdos, como trato de agarrarlos, pero las personas de mis recuerdos se deshacen y las agarro, pero no están y es como agarrar humo. Trato de recorrer los lugares que ellas recorrieron, pero ya no son aquellos lugares. Trato de respirar el aire que alguna vez respiraron, pero ya no es ese aire, porque sabe diferente.

Porque al ir a esos lugares ahora, ya nada es igual, porque parece que todo se detuvo y esas personas están allí, pero la vida real no es así, y mi memoria me sacó de ese lugar y ya no puedo entrar.

Porque a veces a esas personas las recuerdo, pero su recuerdo se me trata de borrar y me resisto, porque a veces me hacen tanta falta como la comida, como el aire, y entonces el vacío se instala adentro del cuerpo y se siente uno como un cascarón inmenso y frágil y tiene miedo de romperse, porque parece que dicho vacío está allí desde hace mucho tiempo y que es inmensamente difícil de llenar.

A mi abuela, porque la recuerdo a veces y deseo haber tenido más tiempo, pero el maldito inclemente no perdona.

Hasta la próxima.

Cansancio

Aquella mañana helada, donde la niebla era como un mar de miel y no veías más que un par de metros más allá de donde estabas, ella estaba sentada sola, huesuda y pensativa, sola y cansada, muy pensativa.

Iba amaneciendo, ella llevaba varias horas allí, en la banca de un parque llena de rocío y viendo la niebla ceder perezosamente al poco calor de una mañana que prometía estar nublada.

La huesuda, la parca, la terrible, la inexorable, el final, la muerte; ella, que lleva milenios recibiendo a los viajeros al final del trayecto; ella estaba cansada.

Cansada, de milenios de trabajo, de milenios de encargos y millones y millones de personas asustadas cuando llegaban a su encuentro, estaba cansada y sola, casi siempre estaba sola, pobre muerte, pobre destino, triste su vida y su trabajo.

Llevaba allí alrededor de 5 horas, acababa de terminar la bienvenida a un anciano, casi sabio, que le dijo que era triste pensar en lo que ella hacia. Quedo estupefacta.

— Bienvenido señor M. R. ¿qué tal estuvo el viaje?

— Pues no estuvo mal, tuve momentos memorables y  también tuve momentos deplorables, en fin, supongo que como todos; en resumen fue una vida bien vivida o mal vivida, eso depende de quien pregunte o a quien se le pregunte.

— Tiene razón, lo importante es que lo haya disfrutado, porque si fue un viaje tortuoso, sería una pena.

— Si, siempre uno disfruta el viaje, porque va aprendiendo, sería uno muy ciego si no aprende, sino cambia y corrige, en fin. Se termino, y fue un buen viaje.

— Que bueno señor M. R. Yo estoy aquí para darle la bienvenida, para acompañarlo un tiempo mientras tanto.

— ¿Mientras tanto qué? 

— Mientras usted se va, mientras se desvanece de mi presencia inmaterial a otra cosa; tenga en cuenta que ya no es humano, ahora es sólo una presencia, puede ser en forma de energía, de ondas, no lo se, no lo puedo explicar con exactitud, una presencia que sólo yo puedo ver y muy muy pocos pueden sentir, durará aquí un tiempo y luego se desvanecerá.

— ¿Desvanecerme? ¿y qué me hago? ¿qué pasa conmigo después?

— No lo se, sólo se desvanece.

— ¿Y cuanto tiempo me va a acompañar usted?

— ¿Tiempo? Yo no tengo una medida concreta del tiempo, no como los humanos, para mi el tiempo es un largo hilo, una camino que puedo recorrer en un sólo sentido. No tengo una escala como ustedes, sólo es tiempo, es rato, son instantes amalgamados, momentos que se suceden continuamente, sin esos saltos que dan las agujas o los números de un reloj para ustedes. El tiempo es tiempo y ya.

— Curioso, ¿Y cuánto llevas así mi niña?

—  No lo se, mucho, no hay un punto de inicio, no como para ustedes, siempre he estado aquí desde que tengo conciencia, y siempre he tenido conciencia.

— Curioso, muy curioso.

— ¿Qué es curioso?

— Eso, precisamente; todo ese tiempo, sumado, todos esos minutos, todas esas personas que se desvanecen y sigues así, como si nada, cómoda, tranquila. Es curioso, llevas la existencia en estas, dando la bienvenida a todos los que no queremos llegar, a todas las personas que no quieren terminar el viaje.

Dando la bienvenida a millones de seres que te evitan a toda costa, a millones de almas que no quieren llegar a este encuentro, dando la bienvenida y acompañando a millones que te tienen miedo, que lloran y sufren todo el viaje pensando en ti, pensando en este momento y nadie sabe como es, nadie se lo imagina como es realmente.

— ¿Y cómo es para usted señor M. R.?

— Es diferente, yo me lo imagine de otra forma, traumático, frío, sólo, inexplicable, y a los humanos nunca nos gusta estar solos. Pero es diferente, es agradable, es nuevo, genera ansiedad.

— Ya veo.

— Y genera mucha curiosidad, sobre todo por ti.

— ¿Por mi? 

— Si, porque no pensé que existiera alguien aquí, al final del recorrido. Siempre creí que era sólo y frío y listo, pero estás aquí, y acompañas a los viajeros, siempre, a pesar del miedo que ellos tienen y a pesar de que hablan pestes de ti y te menosprecian y te temen, los acompañas.

Y me da un poco de pena pensar que ellos se desvanecen y tu sigues aquí, haciendo lo mismo, tu no vas a terminar un viaje y no existe alguien esperándote al final del viaje, eso me causa tristeza.

— Pero no estoy sola, ahora está usted señor M. R.

— Si, pero como tu misma dices, me desvaneceré, y luego estarás sola de nuevo.

— Pero es mi tarea, es mi trabajo, esta es mi vida.

— Y además nunca terminas este viaje, como me dijiste, es un camino de un solo sentido, peo no tiene fin, no tiene cambio.

¡Empiezo a desvanecerme!

— Es cierto señor M. R. hasta luego.

— ¿Puedo darte un abrazo mi niña?

— ¿Un abrazo a mi? ¿Por qué señor M. R.?

— Porque estás sola, y porque esta tarea es penosa y triste.

— Bueno, está bien señor M. R.

— Hasta luego mi niña solitaria.

— Hasta luego señor M. R.

  

Y en un abrazo se fundieron las dos presencias, luego de unos instantes, la huesuda quedo abrazando aire, el viejo semi sabio se había desvanecido. Luego, se miraba las manos, quedo consternada, en medio de aquella noche y desde ese momento, la invadió la tristeza y la soledad, y se olvido por completo de todas las otras bienvenidas que tenía que hacer aquella madrugada.

La corta conversación y la presencia del viejo M. R. la había pateado las certezas, le había trastornado su mundo, le había dejado todas sus ideas, toda su comodidad, toda su cordura patas arriba.

Esa conversación la había revolcado su vida, como dice el sabio poeta Sabina, aquella conversación fue para ella como un “viento que te arranca del aburrimiento y te deja abrazada a una duda en mitad de la calle y desnuda”.

Permaneció allí, sentada en la banca del parque desde casi la media noche hasta el amanecer, pensando, sola y llena de melancolía, consternada porque ella no tenía a alguien que la esperará al final del viaje, porque ella en si misma parecía ser un viaje, pero un viaje sin fin y sin cambios; ella estaba para recibir a todos, pero nadie la recibiría a ella.

Eso la dejo abrumada, le dejo la vida pendiendo de un suspiro, de una idea. Aquel viejo arrugado e impertinente le dejo una duda tan grande como la galaxia, le había desbaratado todos sus soportes, la dejo desubicada, como un barco sin brújula y en medio de la tormenta.

Cuando empezaba a asomar la luz del día, ella estaba sumida en extrañas cavilaciones, se puso de pie, camino hacía un bote de basura allí cerca y arrojo la lista de sus tareas, arrojo todo aquello que tenía que ver con su trabajo, con su existencia, se deshizo de todo eso, y con sus ropas raídas por todos los milenios y sus piel pegada a los huesos echo a andar, sin rumbo, pero con un objetivo.

¿Y el objetivo?

Se fue con ella caminando.

Hasta la próxima

La musica que flota en el tiempo

A veces aparece, gracias a estas máquina llena de circuitos llamada computador y al invento que abrió la apertura del conocimiento, gracias a esas dos herramientas, entonces puede uno llegar a escuchar alguna de esas buenas canciones.

Una de esas canciones que son lentas, que pesan como la vida misma, como la historia de la humanidad, pero que se metan por los oídos hasta lo profundo de la cabeza, y allí se quedan como un parásito, y se duermen y se quedan y hacen pensar.

Uno de esos blues, uno de esos que parece un trasatlántico lleno de carga lento e impasible ante la tempestad, ante la furia y la fuerza del mar, no se hunde por su tamaño y su velocidad.

Así mismo, así surge un blues y se queda flotando a través del corrosivo y paciente tiempo, el blues flota y se mantiene, debido a su calidad, parece que es muy lento, que no se siente, pero uno entonces cierra los ojos y se deja llevar, y resulta ser un enorme monstruo lleno de calidad, de tonos, de silencios y de sentimientos.

Y entonces esa canción, ese blues se apodera de todo, y coloniza las ideas por unos minutos, una horas, unos días; por un buen tiempo, echa raíces, lentamente, pero son raíces fuertes y tercas, parece entonces que es el blues la música más terca, más robusta.

Parece entonces que es una música medio quieta, tal vez muy simple, parece entonces que es una música que no genera emoción, que no nos mueve, pero entonces debes fijarte en los silencios más que en los sonidos, en las pausas más que en la velocidad.

El blues nació como la vida misma, nació como expresión de unas almas extrañas, en medio de un lugar inhóspito, extraño, contra el sentido común, casi contra la lógica, y se crió escondido, huyendo, y luego engendró muchos hijos, y pasa desapercibido, pero detrás de todo, siempre va dejando un rastro, a veces tenue, a veces profundo.

 

Envidia

Vivimos agazapados, con rencores, con tristeza, añorando lo pasado y deseando algo mejor, siempre.

Se nos van los años y esta sensación continúa, más añoranzas, más deseos, más cadenas para nuestra libertad y felicidad.

Vivimos deseando lo que otros tienen, envidiando; y siempre nos damos látigo porque no tenemos lo mismo que otros tienen y perdemos minutos, semanas, años, pensando en lo que merecen o no merecen otros; vivimos cargados de envidia, amarrándonos a la culpa de no hacer o de no tener.

Siempre así, mal gastamos nuestras cortísimas vidas pensando en otros sin darnos cuenta que la vida nos pasa por encima y nosotros somos su tapete; que somos tan minúsculos en este infinito y denso universo como para estar comparándonos, compitiendo, tratando de obtener cosas y reconocimiento, cuando al fin y al cabo durará muy muy poco, todas esas cosas son efímeras; cuando terminemos este viaje esas cosas dejarán de importar.

Vivamos, aprendamos, amemos mucho y odiemos poco, toleremos más y lloremos menos, siempre es mejor no pensar tanto en lo que hacen los otros sino en lo que hago yo y como lo hago, en cuanto colabora a mi libertad y felicidad lo que hago a cada instante.

Sólo hay una persona a la que vale totalmente la pena derrotar, con la que siempre será un gusto y un desafío competir: con cada uno de nosotros mismos, somos nuestro rival número uno, nuestro mayor enemigo, cargamos nuestras frustraciones y nuestras fortalezas, cada acción o inacción será determinante al segundo siguiente.

Cada uno de nosotros es la única persona con la que es posible e importante compararnos, sólo así vemos cuanto hemos avanzado, cuanto hemos dejado pasar y cuanto hemos aprovechado los exiguos años que vivimos. Sólo así veremos si de verdad es correcto nuestro camino  para lograr felicidad. Sólo vale competir con nosotros mismos, con nuestros miedos y nuestros sueños.

Y para vencernos debemos estar dispuestos a emplear toda nuestra energía y empeño a dar nuestra vida por ser felices, a emplear toda la disciplina y el tiempo que tenemos para no quedarnos amarrados; para poder terminar el viaje bien, tal vez con muchas cicatrices en el alma y en el cuerpo, pero con una sonrisa eterna de satisfacción.

 

 

Hasta la próxima.

Sin tiempo

Y entonces aquel día lluvioso el despertó con una certeza, que ya no podría morir y se sintió confundido. Al principio ya no le preocupaba tener que hacer las cosas dentro de un horario o en un tiempo determinado, puesto que él ya no sufriría aquel afán, dicho afán sólo los sufrían los demás, el tuvo comienzo, pero no tendría final.

Con el pasar del tiempo se dio cuenta; no era muy reconfortante aquello, todo cambiaba, la naturaleza, las cosas, las ideas, las personas, su familia, la mujer a la que amaba y que le amaba, sus tres hijos, que eran su vida, todo cambiaba; pero él no, y empezó a preocuparse.

Ya no moriría, pero con la posibilidad de morir se fueron  otras cosas también, el compartir un destino, una meta, el de un cambio radical acompañado de otros, el fin de un viaje y el comienzo de otro, se sentía extraño, como si ya no fuera humano, se sentía solo por su estado, por ese extraño privilegio.

Cuando su esposa se hizo vieja y enfermó pudo soportarlo, cuando ella murió se sintió extraviado, por fortuna tuvo todo el apoyo de sus hijos y de algunos amigos, luego estos fueron muriendo uno a uno, y sentía que iba perdiendo su humanidad poco a poco, como una gran roca que se desmorona poco a poco a causa de la inclemencia del tiempo y del ambiente.

Luego vio crecer y hacerse adultos a sus nietos, y los amaba, y se sentía feliz por esa enorme posibilidad, pero por otro lado se sentía vacío e indiferente: sus hijos se hacían viejos y enfermaban, compartirían el mismo fin de su esposa. Y esto a él le parecía poco lógico, veía deshacerse la juventud de sus hijos y él seguía intacto, sintió rabia y odio hacía si mismo, hacía su condición.

Cuando el último de sus hijos murió, sintió que ya poco tenía sentido, tenía mucha familia, pero ya no compartía mucho con ellos y de igual manera los veía envejecer, enfermar y morir; con esto, cada vez se sentía menos identificado con todos sus descendientes, se sentía un extraño, como una cosa para exhibir, un bicho raro al que todos miran y admiran por curioso, pero no por humano.

Pasado un lustro luego de la muerte de su último hijo, no lo pudo soportar más, fue entonces que decidió apartarse, viajar y aprender todo lo que pudiera; como no iba a morir, no tenía afán, no había angustia, esta aventura tendría un comienzo, se iría y en algún momento regresaría, tal vez cuando las cosas hubieran cambiado tanto que no sabría muy bien que paso.

Un día lluvioso partió, solo; a su familia les había dicho algunos días antes, les dijo que se iría, pero no les dijo como ni cuando; ellos lo tomaron como una consulta, como si estuviera haciendo un plan lejano, así que la atención que le prestaron fue poca. El día que partió era claro, era una lluvia tenue pero muy fría.

Y mientras se alejaba entonces lo notó, hacía muchos años que no sentía aquella incertidumbre: la de desconocer lo que pasaría mañana; luego de que murió su esposa, aquella emoción de compartir, de vivir, de estar y ser, se habían esfumado con ella, sus días luego de eso se convirtieron en monotonía, en una rutina insospechable que le consumían, que le recordaban que no iba a morir, que no tenía tiempo, porque para él ya no era necesario, el tiempo era una cosa irrelevante para él, casi como el aire que respiran todos para existir y no se dan cuenta.

Aquel día bajo la lluvia se sintió realmente vivo y sonrío bajo las gotas que le escurrían cansadamente por la nariz y las cejas, decidió empezar a conocer el lugar donde nació el fútbol, una de las pasiones que hacía muchos años tenía, pero la cual se había ido apagando poco a poco, tal vez por saturación, por sentir hastío del mismo fútbol.

Llego y al poco tiempo empezó a sentir otra vez aquella corriente circular por su cuerpo, aquella emoción de ver rodar el balón y sus caprichos sobre el césped y las penurias de veintidós hombres en el campo y miles de almas alrededor; aprendió mucho, compartio con mucha gente, volvió a sentirse vivo, a aquellas personas nunca les mencionó su condición, así que se sentía como todos.

Volvió a enamorarse, no de la misma forma que de su esposa, pero amo mucho a aquella mujer y tuvieron un hijo, así que se estableció y fue feliz. Pero luego de una década todos empezaron a sospechar, él no envejecía siempre lucía igual, alrededor de la treintena, pero el tiempo era demasiado benévolo con él; muchos se sentían recelosos de él, de lo que hacía para estar así; allí sólo su nueva esposa sabía la verdad, nadie más, ella lo amaba, tal vez no entendía todo aquello, pero lo amaba así como era, hasta veía una ventaja en ello: podría acompañar a su hijo siempre y eso la tranquilizaba.

Se mudó de casa, lo suficientemente lejos para cambiar de vecinos, de amigos y para ver una actitud diferente en la gente, se mudó cuando empezó a sentirse acosado y aislado, eran pocos los que aún le hablaban, y siempre estaban prevenidos y casi iracundos, pero nunca le preguntaban.

Varias veces ocurrió lo mismo, y mientras se mudaba de un lugar a otro y corrían rumores, su hijo creció, su esposa envejeció y el volvía a sentirse extraño. Amaba y era amado, su hijo conocía ya la verdad y para este era motivo de orgullo, pero para él era otra vez regresar a lo de antes, a la soledad de una condición extraña y al aislamiento por no ser igual a los otros.

Su esposa murió y de nuevo se sintió devastado, su hijo estuvo con él, pero se sentía solo y casi muerto, nuevamente moría la emoción para él. Vivió con su hijo hasta que este se casó y tuvo un nieto, quizá unos diez años luego del nacimiento de su nieto, habló con su hijo y partió, lloraron, se alejaba y eso le rompía el alma, ambos sufrían, pero su hijo entendía, al fin y al cabo este ya tenñia una vida estable y quedaba mucho futuro, su padre ya no, porque para un hombre que no moriría el futuro es un mal chiste, no hay futuro, sólo presente y luego recuerdos.

Pero él prefería eso, alejarse y no saber más por mucho tiempo de su hijo a ver morir otra vez aquellos por los que daría su vida sin poder darla. Nuevamente partió bajo la lluvia pero esta vez la niebla espesa le pesaba más que el morral que iba escurriendo en su espalda. Aquel día sintió nostalgia, dejaba el fútbol otra vez, aprendiendo muchas cosas, pero sin saber o conocer millones de cosas más, pero sobre todo se sentía triste por se esposa y su hijo, los amó mucho y los seguiría amando siempre.

Decidió ir al lugar donde la meditación y el Kung Fu eran algo importante, aquellas dos cosas le habían enseñado mucho de la vida, de disciplina y de paciencia, así que otra vez la emoción surgió brevemente en él. Fue un largo viaje, pero aquello le emocionaba, otra vez a aprender, a vivir y a soñar, otra vez la incertidumbre le hacía satisfecho.

En aquel sitio nuevamente compartió, conoció gente, y nuevamente volvió a amar a una mujer, pero estaba vez él sentía que no debía, que luego sufriría mucho, que nuevamente la soledad y la indiferencia se apoderarían de él. Aún así amo mucho a la nueva mujer y ella le amaba incondicionalmente. Ella quedó embarazada y cuando su hijita nació fue entonces que le contó todo a su esposa, ella no supo que decir, le amaba mucho, pero creía que la confianza se había roto, ella le daba demasiada importancia y él demasiada poca. Duraron un par de años distanciados, pero luego vivieron juntos, aunque ella nunca le perdonó él no haberle contado aquello antes, se sentía engañada y extraña; él lo sabía, y sufría por esto, pero quería estar con ella mientras lo dejara.

Cuando su hija, a quien adoraba muchísimo puesto que era su primera hija, tuvo la mayoría de edad y pudo hacerse cargo de ambas, él decidió partir, pero esta vez no le dijo a nadie, creía que el sufrimiento que él tendría era mucho más grande que el que él causaba largándose así sin más ni más.

Cuando su esposa se dio cuenta se entristeció mucho, sabía porque se había marchado y se lo hizo saber a su hija, pero luego de unos meses lo entendió y se sintió feliz. Su hija sintió toda la rabia del mundo, hacia ambos padres, pero sobre todo hacia él, se sentía excluida y sin amor por parte de su familia.

Ella se fue haciendo vieja y entendió y volvió a vivir con su madre felizmente hasta que ella murió, la rueda de la vida seguía para ellas y para mucha gente. Cuando su madre murió quiso que a donde fuera o estuviera su padre, lo supiera; y sabía que él sufriría y lloraría cuando se diera cuenta, sonrió y pensó en su padre debido a esto muchas veces, sentía que su padre les amaba a ambas y con esa certeza continuó su vida.

Aquella mañana en que él abandonaba su hogar, sin decir media palabra, era soleada, hermosa como pocas, esta vez había decidido irse a un lugar donde no hubiera otras personas, o por lo menos donde hubiera poquísimas, no quería tener demasiado contacto con ellas.

Al principio fue difícil, porque no encontraba lo que quería, así que se acomodaba en lugares pocos habitados y siempre alejado de todos y luego de un par de décadas, por mucho, se largaba si más, así estuvo mucho años, y luego su rastro se fue desvaneciendo con el pasar del tiempo.

El contacto con la gente le hizo sufrir y le hacia sufrir, así que lo evitaba; su familia era lo que tenía y lo que amaba, así deseaba recordarla. No tenía tiempo ni futuro, puesto que no moría no los necesitaba, lo más cercano a la muerte que pudo llegar fue perderse en el mundo sin que alguien pudiera dar razón de él, su rastro se fue perdiendo de la misma manera que se pierden las huellas en la arena con la acción de las holas del mar, poco a poco.

En los últimos días que paso en compañia de otras personas logro darse cuenta que la inmortalidad no era muy buena, porque al final te dejaba solo, casi sin rumbo y viviendo de recuerdos y de heridas, porque el tiempo era una maquina sin compasión que te lleva pero que no comparte contigo, porque las cosas sin cambio son despesperantes y asfixiantes, porque la emoción de vivir se va perdiendo con lo años y con la vida misma.

Nunca se supo más de él, seguirá vivo con seguridad, pero compartiendo poco y sufriendo mucho, siempre en silencio y solo.

Hasta la próxima.

Buscando ideas

Se tomaba la cabeza a dos manos, se rascaba, con desespero, pensaba que tal vez así de un momento a otro las ideas llegarían, que su mente se iluminaría como un anuncio publicitario con una magnífica idea.

Pero no pasaba, estaba atestado de ideas, de opiniones, de creencias y de juicios, rebosaba de inconformismos y de sentencias, pero aún no lograba estructurar algo bueno y coherente.

La cabeza llena pero inútil, así se sentía, llevaba ya un buen tiempo sin escribir, tenía muchas ganas pero no sentía la necesidad, parecía que cuando mejor escribía o surgían las cosas era cuando estaba en mal estado, o al menos cuando no estaba cómodo consigo mismo.

Ahora estaba tranquilo, tal vez no satisfecho, pero si tranquilo y a la espera, pero eso le afectaba, no dejaba que su cabeza trabajara como quería, paradójico pero cierto, necesitaba estar dañado para sacar algo bueno.

Pasaba largos intervalos de tiempo pensando, tratando de hilvanar algo, una historia, una anécdota, un juicio, algo, pero su cabeza y su intelecto le jugaban bromas, cuando parecía tener el material, al sentarse, todo se esfumaba, se enredaba y al empezar a escribir, hablaba de todo y de nada, saltaba de una cosa a otra sin concluir algo; su mente era como un ratón asustado, no sabía donde esconderse y vagaba afanada y sin rumbo.

 Mucho tiempo y esfuerzo y nada, luego de varias pruebas, intento otra cosa, buscar algún motivo para sentirse mal, roto, así tal vez brotaría lo que esperaba, pero ni aún así, no lograba sentirse tan mal como para sufrir, al contrario cada motivo lo estudiaba meticulosamente y se daba cuenta que no tenía razón para sentirse triste o acabado.

Estaba en un punto donde no se sentía totalmente feliz, pero no estaba triste, y cada cosa, cada situación la estudiaba, la diseccionaba con cuidado, analizaba todo y terminaba por concluir que no necesitaba estar mal ni bien, sólo necesitaba seguir analizando, pensando, así las cosas que él creía buenas cuando escribía no aparecieran.

Seguía pensando, miraba a través de la ventana de su casa mientras una suave llovizna dejaba grises y desiertas las calles, aún buscaba las ideas.

Hasta la próxima.