Ideas Fugaces (VI)

¿Dónde está su guardaespaldas, el salvavidas, su apoyo, su soporte?

Pues no está, resulta que la vida se sigue moviendo, los días se empujan unos a otros como personas desesperadas en la fila de un banco. Y el tiempo se va amontonando y los calendarios se van arrumando, y paulatinamente su soporte, su apoyo se va desvaneciendo, resulta que en algún momento se queda sólo, la espalda desnuda y llorando.

Usted sólo, va a sentir miedo, se lo aseguro, se tendrá que hacer cargo de su vida por valiosa o cochina que sea,  y tendrá más miedo que nunca, pero tendrá que aprender a soportarlo, porque si deja que se lo coma el miedo, estará perdido, muy perdido.

Lo importante es que de una u otra forma es lo que ando buscando, una utopía: que cada quien se agarre a si mismo, que cada quien sea su fuente y su sumidero de inspiración, su soporte y su base, una circularidad particular, empezar y terminar en usted mismo.

Al fin y al cabo si se analiza con detenimiento, en el universo vasto e intimidante, nunca podrá encontrar un punto de inicio, un origen, ni un fin, todos los puntos son iguales, usted puede avanzar en una dirección toda una vida y mirar atrás en algún momento y se dará cuenta que no puede ubicarse, está en el mismo sitio que al inicio de la historia.

Todo es circular, por eso es difícil encontrarse como fuente y fin de su alegría y de su desdicha, porque se vuelve una cosa cíclica, enredada y casi frustrante.

En fin, que cada quien tendrá que darse cuenta que su soporte desaparecerá y quedará sólo, putamente sólo y ahí es cuando o despierta o se lo traga el universo.

Hasta la próxima.

Cansancio

Aquella mañana helada, donde la niebla era como un mar de miel y no veías más que un par de metros más allá de donde estabas, ella estaba sentada sola, huesuda y pensativa, sola y cansada, muy pensativa.

Iba amaneciendo, ella llevaba varias horas allí, en la banca de un parque llena de rocío y viendo la niebla ceder perezosamente al poco calor de una mañana que prometía estar nublada.

La huesuda, la parca, la terrible, la inexorable, el final, la muerte; ella, que lleva milenios recibiendo a los viajeros al final del trayecto; ella estaba cansada.

Cansada, de milenios de trabajo, de milenios de encargos y millones y millones de personas asustadas cuando llegaban a su encuentro, estaba cansada y sola, casi siempre estaba sola, pobre muerte, pobre destino, triste su vida y su trabajo.

Llevaba allí alrededor de 5 horas, acababa de terminar la bienvenida a un anciano, casi sabio, que le dijo que era triste pensar en lo que ella hacia. Quedo estupefacta.

— Bienvenido señor M. R. ¿qué tal estuvo el viaje?

— Pues no estuvo mal, tuve momentos memorables y  también tuve momentos deplorables, en fin, supongo que como todos; en resumen fue una vida bien vivida o mal vivida, eso depende de quien pregunte o a quien se le pregunte.

— Tiene razón, lo importante es que lo haya disfrutado, porque si fue un viaje tortuoso, sería una pena.

— Si, siempre uno disfruta el viaje, porque va aprendiendo, sería uno muy ciego si no aprende, sino cambia y corrige, en fin. Se termino, y fue un buen viaje.

— Que bueno señor M. R. Yo estoy aquí para darle la bienvenida, para acompañarlo un tiempo mientras tanto.

— ¿Mientras tanto qué? 

— Mientras usted se va, mientras se desvanece de mi presencia inmaterial a otra cosa; tenga en cuenta que ya no es humano, ahora es sólo una presencia, puede ser en forma de energía, de ondas, no lo se, no lo puedo explicar con exactitud, una presencia que sólo yo puedo ver y muy muy pocos pueden sentir, durará aquí un tiempo y luego se desvanecerá.

— ¿Desvanecerme? ¿y qué me hago? ¿qué pasa conmigo después?

— No lo se, sólo se desvanece.

— ¿Y cuanto tiempo me va a acompañar usted?

— ¿Tiempo? Yo no tengo una medida concreta del tiempo, no como los humanos, para mi el tiempo es un largo hilo, una camino que puedo recorrer en un sólo sentido. No tengo una escala como ustedes, sólo es tiempo, es rato, son instantes amalgamados, momentos que se suceden continuamente, sin esos saltos que dan las agujas o los números de un reloj para ustedes. El tiempo es tiempo y ya.

— Curioso, ¿Y cuánto llevas así mi niña?

—  No lo se, mucho, no hay un punto de inicio, no como para ustedes, siempre he estado aquí desde que tengo conciencia, y siempre he tenido conciencia.

— Curioso, muy curioso.

— ¿Qué es curioso?

— Eso, precisamente; todo ese tiempo, sumado, todos esos minutos, todas esas personas que se desvanecen y sigues así, como si nada, cómoda, tranquila. Es curioso, llevas la existencia en estas, dando la bienvenida a todos los que no queremos llegar, a todas las personas que no quieren terminar el viaje.

Dando la bienvenida a millones de seres que te evitan a toda costa, a millones de almas que no quieren llegar a este encuentro, dando la bienvenida y acompañando a millones que te tienen miedo, que lloran y sufren todo el viaje pensando en ti, pensando en este momento y nadie sabe como es, nadie se lo imagina como es realmente.

— ¿Y cómo es para usted señor M. R.?

— Es diferente, yo me lo imagine de otra forma, traumático, frío, sólo, inexplicable, y a los humanos nunca nos gusta estar solos. Pero es diferente, es agradable, es nuevo, genera ansiedad.

— Ya veo.

— Y genera mucha curiosidad, sobre todo por ti.

— ¿Por mi? 

— Si, porque no pensé que existiera alguien aquí, al final del recorrido. Siempre creí que era sólo y frío y listo, pero estás aquí, y acompañas a los viajeros, siempre, a pesar del miedo que ellos tienen y a pesar de que hablan pestes de ti y te menosprecian y te temen, los acompañas.

Y me da un poco de pena pensar que ellos se desvanecen y tu sigues aquí, haciendo lo mismo, tu no vas a terminar un viaje y no existe alguien esperándote al final del viaje, eso me causa tristeza.

— Pero no estoy sola, ahora está usted señor M. R.

— Si, pero como tu misma dices, me desvaneceré, y luego estarás sola de nuevo.

— Pero es mi tarea, es mi trabajo, esta es mi vida.

— Y además nunca terminas este viaje, como me dijiste, es un camino de un solo sentido, peo no tiene fin, no tiene cambio.

¡Empiezo a desvanecerme!

— Es cierto señor M. R. hasta luego.

— ¿Puedo darte un abrazo mi niña?

— ¿Un abrazo a mi? ¿Por qué señor M. R.?

— Porque estás sola, y porque esta tarea es penosa y triste.

— Bueno, está bien señor M. R.

— Hasta luego mi niña solitaria.

— Hasta luego señor M. R.

  

Y en un abrazo se fundieron las dos presencias, luego de unos instantes, la huesuda quedo abrazando aire, el viejo semi sabio se había desvanecido. Luego, se miraba las manos, quedo consternada, en medio de aquella noche y desde ese momento, la invadió la tristeza y la soledad, y se olvido por completo de todas las otras bienvenidas que tenía que hacer aquella madrugada.

La corta conversación y la presencia del viejo M. R. la había pateado las certezas, le había trastornado su mundo, le había dejado todas sus ideas, toda su comodidad, toda su cordura patas arriba.

Esa conversación la había revolcado su vida, como dice el sabio poeta Sabina, aquella conversación fue para ella como un “viento que te arranca del aburrimiento y te deja abrazada a una duda en mitad de la calle y desnuda”.

Permaneció allí, sentada en la banca del parque desde casi la media noche hasta el amanecer, pensando, sola y llena de melancolía, consternada porque ella no tenía a alguien que la esperará al final del viaje, porque ella en si misma parecía ser un viaje, pero un viaje sin fin y sin cambios; ella estaba para recibir a todos, pero nadie la recibiría a ella.

Eso la dejo abrumada, le dejo la vida pendiendo de un suspiro, de una idea. Aquel viejo arrugado e impertinente le dejo una duda tan grande como la galaxia, le había desbaratado todos sus soportes, la dejo desubicada, como un barco sin brújula y en medio de la tormenta.

Cuando empezaba a asomar la luz del día, ella estaba sumida en extrañas cavilaciones, se puso de pie, camino hacía un bote de basura allí cerca y arrojo la lista de sus tareas, arrojo todo aquello que tenía que ver con su trabajo, con su existencia, se deshizo de todo eso, y con sus ropas raídas por todos los milenios y sus piel pegada a los huesos echo a andar, sin rumbo, pero con un objetivo.

¿Y el objetivo?

Se fue con ella caminando.

Hasta la próxima

Sin Título – Cuarta Parte

La primera vez, te vi, y pensé que podría dominarte, que te iba a conquistar, como si yo fuera un Marco Polo, un Napoleón.

¡Qué equivocado estaba! porque no se puede dominar algo que no conoces, y es imposible dominarte, porque eres como el océano, una fuerza de la naturaleza, una fuerza bella, una fuerza tremenda, nadie te domina, ni te dominará.

Así, la primera vez,  me di cuenta de mi error; sufrí varios embates, cuando me di cuenta, ya no tenía barco, ya no tenía ancla, ya no tenía remos, ya no tenía balsa, me quedaban los brazos, y luche por seguir adelante.

La primera vez, supe que no podré dominarte, que tu fuerza avasallante y tu belleza abrumadora, me trataban como un viejo trapo sobre las olas: estaba a merced de ambas.

La primera vez, terminé agotado y derrotado, un poco triste y ofuscado, por mi torpeza, por mis ínfulas, por mi orgullo.

La primera vez, acabé triste, porque no te conocí, porque no conocí el mar; sólo veía olas y olas y agua y la superficie dura que me golpeaba sin clemencia, por mi estupidez, por mi pedantería. Aprendí.

Así fue la primera vez.

La segunda vez, fue diferente, ya sabía, así que no quería dominarte, esta vez no trataría de conquistarte.

La segunda vez, me propuse ser tu compañero, como un pez pequeño y frágil en el océano, como un experto pescador en un botecito: me dejaría llevar, y sería dócil, y el viento y tu fuerza y tu belleza me mantendrían a flote.

Así, la segunda vez, logré ver paisajes hermosos, logré admirar y sentir el océano: tu belleza, tu fuerza.

La segunda vez, terminé exhausto y satisfecho, terriblemente agotado pero contento, porque  fue un viaje emocionante, porque la segunda vez, conocí un poquito de ti, la segunda vez conocí un poquito el mar, y el viaje fue mucho mejor, porque tu fuerza y tu belleza siguen intactas, pero esta vez me sonrieron, me trataron bien, y yo estuve feliz.

La segunda vez, aprendí mucho más; porque tu al igual que el océano, eres inconmensurable; así, un viaje no basta, sin embargo cada viaje es una novedad, es satisfactorio, cada viaje y cada encuentro será pleno, siempre habrá un rincón que recorrer, nuevos paisajes para ver, algo nuevo para conocer, siempre habrá un nuevo lugar para sumergirse, para aprender y sentir.

Y podrán ser diez mil viajes, diez mil encuentros, pero el océano no se conoce y no se aprende con diez mil viajes, tendré que ser paciente, tendré que estar dispuesto a emplear tiempo, disciplina y empeño en cada viaje.

Porque vale la pena conocerte a ti, vale la pena conocer el océano.

Hasta la próxima.

Viaje

Ana era una mujer vieja, sabia y silenciosa, tal vez con poca educación, pero con muchas cosas para enseñar, cosas que son realmente valiosas para la vida; de esas personas que enseñan más desde el silencio; bondadosa, con muchas anecdotas, muchos seres queridos y muchas situaciones que recordar y disfrutar; una mujer con millones de sueños dispuesta a sacrificarse para lograr algo de bienestar para toda familia; Ana era la abuela.

Ricardo era un joven de esos que abundan, con la cabeza hirviendo en ideas y poca acción, con tantas ideas y sueños que termina paralizado al tratar de hacer algo, con toda la vida por vivir y mucho por aprender, con ganas de sacrificar poco y disfrutar mucho, con la idea que vivir es disfrutar y pasarla bien; Ricardo era el nieto.

Ambos compartieron cientos de momentos, millones de instantes, de todo tipo, alegres, tristes, tensos, momentos de rabia, de ira, de felicidad y paz, de desasosiego e indiferencia, es lo que se tiene cuando se cuenta con una familia, es lo que se vive cuando decidimos compartir la vida con otras personas.

Como la vida es inevitable, la muerte también y Ana enfermo, gravemente, todos sabían que iba a morir, pero ella tal como era, sabia y bondadosa pacto una tregua con la muerte.

Ana ya es hora.

– Ya lo se, debo irme.


– Y entonces ¿por qué te resistes?

– Porque necesito despedirme de todos aquellos que me acompañaron alguna vez en este viaje, o por lo menos de aquellos que más tiempo  recorrieron el camino junto a mi. Por eso quiero hacer un trato, tu me dejas despedirme de todos los que quiero y luego dócilmente me iré contigo.

– Ana, pero eso puede tomar mucho tiempo.

– Ya lo se, pero es un trato justo, para ti y para mi.

– Esta bien, así lo haremos, dame la lista de todas esas personas. Yo les avisaré a todos ellos.

– Perfecto.

 Sentenció Ana esbozando una sonrisa de plena tranquilidad.

Uno a uno todos los familiares fueron acudiendo a Ana para despedirse, y luego de conversar con ella unos minutos, todos quedaban tranquilos, en paz con Ana y sobre todo consigo mismos. Sólo faltaba alguien, Ricardo.

A él lo tomó por sorpresa.

– Ricardo.

– Si, ¿qué pasa?, ¿quién eres y qué quieres?

– Soy la muerte, Ana va a morir y necesita hablar contigo, sólo faltas tu, necesita hablar contigo para que pueda morir en paz.

El silencio fue tan largo y denso que parecía que podía tocarse con las manos, el nudo en la garganta del muchacho no le permitía casi respirar.

– No se, yo no quisiera despedirme de ella, quiero que siga viviendo.

– Pero tarde o temprano vas a tener que hablar con ella, de todas formas ella ya decidió morir después de eso. De una u otra forma todo se llevará a cabo.

Otro largo silencio y luego con los ojos inundados, la voz quebrada, la mente y el alma en otro sitio pronunció:

– Está bien, mañana iré a despedirme.

Luego rompió en llanto, ese llanto de los niños sin consuelo, ese llanto de los hombres rotos, de las mujeres tristes, el llanto de las almas solas y destrozadas.

Ana estaba en su cama, se veía radiante, a pesar de que estaba enferma, estaba tranquila, solo esperaba al joven con paciencia, esa paciencia propia de los viejos, esa paciencia que sirve para construir imperios y deshacer odios, esa paciencia que crea vida y esquiva a la muerte.

Ricardo estaba desaliñado, había llorado mucho, pero ya estaba más tranquilo.

– Hola mijo.

– Hola Abuelita.

– Sumerce está acabado, ¿si ha comido bien?.

– Si señora. Estoy bien.

Luego sólo se miraron, durante mucho tiempo, como muchas otras veces, en silencio, sin hablar sabían muchas cosas uno del otro, en silencio sentían, se enseñaban y aprendían.

Ricardo hablo, pero le costo una vida, todo lo que había vivido y aprendido para reunir la poca valentía que tuvo para empezar un susurro.

– Abuelita ¿Por qué quieres morir?

 

– No mijito, no quiero morir

 

– ¿Y entonces?

– No me quiero morir, pero tengo que hacerlo, todos debemos hacerlo, en algún momento.

– ¿Es qué no eres feliz viviendo?

– Si, siempre lo fui, por eso es hermoso este viaje llamado vida, porque podemos ser felices.

 

 – No entiendo.

 

– Ya lo entenderás mijo, en algún instante.

La vida es un ratico, es un viaje, hay que disfrutarlo. Siempre disfrute este viaje, pero es la hora de terminarlo y de comenzar otro.

No se cuanto duré el otro, cuando termine, pero llegará ese momento, también tu terminarás éste viaje y seguirás con el siguiente y hasta de pronto nos encontremos otra vez en el próximo.

Es algo nuevo y me siento feliz y ansiosa por sentir y estar en el otro viaje, a pesar de que en este disfrute y disfruto mucho, a pesar de que tengo y dejo muchos amigos.

Por largo tiempo ambos callaron, ambos se miraban en silencio, miraban todo alrededor, como si siempre hubieran estado así, ambos estaban tranquilos, en paz, ya podían descansar, se comprendían y sabían que ambos se amaban.

– Abuelita, de todo lo que viviste en esta vida, ¿que fue lo que te hizo más feliz?

 

– Mijito, muchas cosas me hicieron feliz, mis hijas y mis hijos, mis nietos, sumerce, muchas cosas, verlos felices y tranquilos a todos me hacía muy feliz.

– Pero de todo eso, ¿qué fue lo que te hizo más feliz?

– Mijo, esto.

– ¿Que cosa?

– La posibilidad de elegir, de decidir, como ahora. Eso fue lo que me hizo más feliz, a veces me causó tristeza, pero siempre fui feliz por eso.

Poder decidir que hacer cada instante me hacía feliz, como ahora, poder elegir en que momento morir me hace feliz.

Eso es lo que permite la mayor felicidad de la vida, poder elegir.

Luego hubo silencio, largo, muy largo, pero tranquilo.

 

 

 

 

Ricardo tuvo que vivir y aprender y también se hizo viejo, ayudo a muchos y muchos le ayudaron; fue feliz y triste también, y tuvo que despedir a muchos amigos y amó a mucha gente y también odio a unos pocos, pero aquel breve momento quedo grabado en su memoria para siempre, de la misma manera que los ríos graban su historia en la piel del planeta.

Hasta la próxima.

Cada letra

Si viajar nos proporciona conocimiento de otras culturas, los libros nos brindan conocimientos de otras ideas, de otros sentimientos y emociones, cada letra es un viaje al interior del alma de quien lo escribe y a la vez al interior de nuestra alma, porque al final quien lee es quien protagoniza, quien interpreta.

Los libros me han dado algo que pocas cosas me han dado en esta vida: libertad, la libertad de elegir, de sentir, de pensar, de cuestionar, cuando el mundo a veces parece más terrible o aburrido, algún libro me ha ayudado.

Hasta la próxima.